De la ficción a la realidad: cubanos que llegaron por Parole Humanitario quieren regresar a la isla

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Cuando en enero de este año circuló por las redes la noticia de Macario Martínez Maceo, un cubano de 57 años, que llegó a los EE.UU. patrocinado por su hermana y que había expresado su deseo de regresar a Cuba debido a desencantos con su experiencia en Miami, muchos no se percataron que la noticia era una sátira y otros tantos que no la creyeron, hasta juzgaron como casi imposible que, en medio de la severa crisis económico-financiera que atraviesa la isla, alguien beneficiado con el Parole Humanitario decidiera regresar al país donde un simple huevo cuesta ya 80 CUP.

Precisamente había sido el precio de los huevos – además del café – lo que hizo que el personaje de ficción Macario decidiese regresar a Cuba.

No estaba muy lejos la historia, en broma, de Macario, y su deseo de regresar a Cuba tras haber llegado a los EE.UU. gracias al Parole Humanitario. Ahora, de la mano de un abogado de inmigración y un periodista, residentes ambos en Miami, nos llega la historia, verdadera, esta sí, de varias personas, entre ellas una familia, que planean regresar a Cuba porque, la experiencia en Estados Unidos no les ha sido placentera.

Si bien en la historia de Macario, se resaltaba a manera de sátira, las dificultades de adaptación y las diferencias económicas que puede enfrentar un migrante en una nueva cultura, no es menos cierto que historias similares a esta, hemos escuchado más de una vez los cubanos. Al menos quien les escribe, conoce dos.

Diana C. regresó de Noruega, en el año 2007, cuando no se pudo adaptar al frío y «las malas costumbres» de la gente que la rodeaba.

Ana Silva, por su parte, regresó de los Estados Unidos con sus 87 años a cuesta cuando, en la casa que estaba sus hijos y nietos le daban constantemente órdenes y – asegura – la usaron como esclava doméstica para alimentar y criar a los bisnietos en una casa que – dijo – «no era la mía y yo tenía la mía en Cuba».

Desconocemos cuál es la historia sobre esta familia de cubanos que un internauta dijo regresaron a Cojímar, o de otros que quieren regresar a la isla, pero así se nos presentó «la historia«, expuesta por el periodista Mario J. Pentón junto al abogado de inmigración Ismael Labrador.

Labrador, durante la entrevista, explicó las posibles consecuencias a las que se enfrentan estos cubanos si vuelven a su país de origen.

«Importante saber que ella va a abandonar este parole, no lo va poder retomar una vez más,» dijo el abogado al referirse a un caso en específico, de una mujer, que quiere regresar a la isla.

«Si se arrepiente y quiere volver a entrar a Estados Unidos, este parole no sirve. Su autorización de viaje es inválida ya, porque es para un solo viaje. Ella no va a poder acogerse a ninguna ley aquí en Estados Unidos para obtener la residencia, a no ser que entre y haga un asilo», explicó el abogado.

Pentón aseguró que esa persona – o esas personas – que quieren regresar, están cometiendo el peor error de su vida y desaprovechando una oportunidad que miles de cubanos quisieran tener.

Si bien es cierto que en teoría, esta decisión no le acarrearía problemas inmediatos una vez retornada, lo cierto es que en un país con una inflación galopante, es difícil predecir que sucederá al cabo del tiempo. En todo caso, abandonar al Parole, de por sí, es una decisión compleja; retornar a Cuba, descabellada. O al menos eso concluyeron ambos, periodista y abogado, además de los oyentes que estuvieron al tanto de la entrevista.

En todo caso, cada persona sabe por qué toma decisiones y cuándo las toma. A saber cuáles son las circunstancias que afectan e involucran a toda esta familia, porque no se trata de «una mente» que quiere regresar; en este caso hay varios cerebros involucrados. Varias personas que no se sienten bien con su estancia en los Estados Unidos.

Tampoco se sentía bien Ana Silva, en el año 2000 cuando decidió regresar a Cuba definitivamente, luego de vivir 7 años en los EE.UU. y haberse hecho incluso ciudadana.

Regresó a la isla con 300 dólares en el bolsillo y dos maletas de ropa, entre prendas nuevas y de segunda mano para vender, y con eso sustentarse «al menos dos años», según había ella calculado.

Tres meses después, abordaba un charter de Havana Air con destino a Miami, y en EE.UU. murió, feliz y contenta.

«Al menos aquí tengo comida,» me dijo una de las últimas veces que hablamos.

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