Despiden a Alexis Díaz de Villegas con canciones en la Casona de Línea

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Artistas y amigos ofrecieron su último adiós en el centro cultural La Casona de Línea, en el Vedado habanero, al actor y director de teatro cubano Alexis Díaz de Villegas, fallecido a los 56 años de edad, en plena efervescencia artística al frente de su grupo Impulso Teatro.

Sus cenizas reposaron junto a memorias gráficas de su excepcional vida escénica, que marcó hitos en el ámbito teatral cubano en las últimas tres décadas, desde sus inicios con La cuarta pared de Víctor Varela, hasta su última y aún muy reciente presentación con su grupo Impulso Teatro, hasta los planes de nuevas puestas que quedaron pendientes.

Sentados en el piso de la Casona, cantando, representando, los que quisieron a Alexis “descargaron” y brindaron en su nombre y en su memoria, con alegría bohemia, con el desenfado inherente a los artistas. Pues el luto no significa obligatoriamente lágrimas, vestiduras oscuras, silencio.

Alexis Díaz de Villegas no era un ser del silencio, todo lo contrario, era un ser del alarido, de la explosión, y su tránsito hacia otras esferas de la existencia no merecía pasar entre tinieblas sordas, sino en ronda cariñosa y melódica.

La Casona de Línea fue un espacio habitual para el arte de Díaz de Villegas desde los años noventa, cuando junto a Vicente Revuelta montara un collage de obras del alemán Bertolt Brecht hasta que más recientemente acogiera sus puestas con Impulso Teatro, que se presentaron en su sala “Llauradó”, a partir de 2015, con el estreno de Balada del pobre B.B.

La Casona era uno de los hogares de Alexis, como todo teatro es la verdadera casa de los teatristas. En a este se deben, en este sueñan, padecen, trabajan, aman y retozan. La vida del teatro es una vida de escenas y presentaciones. Lo demás va rezagándose hacia los planos secundarios. Un actor es él sobre todo cuando actúa, mientras que su existencia personal se vuelve una suerte de trama secundaria.

Quedan las huellas sobre los escenarios, que permanecen imborrables, incluso cuando el escenario desaparece físicamente, siguiendo a los actores que sobre él vivieron. Pero queda, no se esfuma. Los detalles de las vidas privadas van olvidándose, tergiversándose, sumiéndose en la bruma, pero las obras teatrales lucen más nuevas en los recuerdos a medida que pasa el tiempo. Trascienden la desmemoria. Y eso merece una fiesta, una tristeza alegre, como la que le regalaron a Díaz de Villega en la Casona de Línea.

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