El más famoso caníbal de la historia cumple pena bajo tierra

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El inglés Robert Maudsley, de 68 años, cumple una sentencia de por vida en los sótanos de la prisión de Wakefield desde hace cuatro décadas. Es un ser tan peligroso que la justicia británica trata de mantener alejado hasta del mismo Sol. Si hubiera cárceles en la Luna, Maudsley sería el prisionero que las inauguraría y nunca más vería el planeta Tierra.

Por el asesinato del pedófilo John Farrel, Maudsley entró al mundo carcelario a los 21 años de edad y nunca más ha salido de estos predios, donde terminó asesinando a tres personas más. La forma en que despachó en 1983 a la última de sus víctimas, Bill Roberts, que cumplía en Wakefield una pena de 7 años por violación de una mujer, lo hizo entrar en la historia…y en el cine.

Maudsley le clavó una cuchara en la oreja a Roberts y luego devoró parte de su cerebro. Su futuro se redujo a una jaula de cristal de 5.5 metros de largo por 4.5 metros de ancho, donde permanece 23 horas al día. Solo dispone de una mesa y una silla fabricadas de cartón comprimido. El inodoro y el lavabo están fijados herméticamente al suelo. La cama es de hormigón y la puerta de la jaula está fabricada de acero sólido. Las paredes son gruesos paneles acrílicos transparentes con una sola y pequeña abertura por donde los guardias le entregan la comida. Solo se le permite una hora de estancia solitaria en un patio, donde hace algún ejercicio vigilado por seis guardias de la prisión.

Nacieron entonces dos mitos: el suyo propio y el de Hannibal Lecter, Hannibal the Cannibal, personaje popularizado sobre todo por la película El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991), que consiguiera 5 de los principales premios Oscar de ese año, incluido uno para el inglés Anthony Hopskins, actor que se encargó de interpretar esta versión ficticia de Maudsley, rebautizado Hannibal Lecter, psiquiatra de coeficiente intelectual altísimo, gran refinamiento y partidario de la antropofagia.

Excepto la profesión, todas estas características las tomó del referente real. Maudley posee una inteligencia superdotada y es apasionado de la música clásica, la lectura, la pintura y la poesía, a la par de un trastorno de personalidad incurable que le fuera dictaminado por los psiquiatras tras su primer crimen, el asesinato de Farrel.

Entonces los expertos determinarían que el joven de 21 no era apto para ser juzgado pero que tampoco podría ser liberado nunca, pues seguiría asesinando una y otra vez. Fue recluido en el hospital psiquiátrico de alta seguridad de Broadmoor, donde en 1977 despachó a David Chesseman, otro pedófilo, luego de unas 9 horas de tortura brutal. Esto le ganó el boleto para Wakefield, conocida como la “mansión monstruosa”, donde se cobró sus otras dos víctimas: Salney Darwood, condenado por torturar a su pareja, y Bill Roberts, cuyo cerebro terminó “alimentando” a Maudsley. Finalmente, las profundidades solitarias de Wakefield fueron el destino escogido para proteger al mundo de este hombre, y quizás protegerlo de sí mismo. Durante los primeros 12 años en la jaula de cristal, ningún barbero del Reino Unido quiso cortarle el cabello por puro miedo a que algo le sucediera.

En 2003 pudo ofrecer declaraciones públicas, donde expresó que las “autoridades de la prisión me ven como un problema, y su solución ha sido ponerme en confinamiento solitario y tirar la llave, enterrarme vivo en un ataúd de concreto. No les importa si estoy enojado o mal. No saben la respuesta y no les importa siempre y cuando me mantengan fuera de la vista y de la mente. Me dejan estancar, vegetar y retroceder; afrontar mi solitario enfrentamiento con personas que tienen ojos pero no ven y que tienen oídos pero no oyen, tienen bocas pero no hablan. Mi vida en solitario es un largo período de depresión ininterrumpida”.

Maudsley culpa por sus crímenes a una terrible infancia en su natal Toxteh, población cercana a Liverpool, donde fue víctima de numerosas vejaciones, torturas y violaciones por sus padres.

“Si hubiera matado a mis padres en 1970 no habría muerto ninguna persona más”, aseveró a la prensa. “Ya no tengo esperanza por nada, no tengo nada que esperar. Ningún oficial se interesa por mí y sólo les preocupa que cuando abren la puerta regrese a mi celda cuanto antes. Creo que un oficial podría detenerse y hablar un poco, pero nunca lo hacen y es en estos pensamientos en los que paso la mayor parte del tiempo. Esto es como volver a mi infancia, a la habitación en la que estuve encerrado durante meses y eso me atormenta”.

Su madre era adicta a la cocaína y su padre era alcohólico. Aunque al nacer fue abandonado por sus progenitores, que en total procrearon a 11 hijos, fue “recuperado” por la pareja a los 8 años de edad del orfanato católico donde vivía con 3 de sus hermanos, para cobrar la ayuda social por la crianza de sus hijos. El padre abusó del niño con toda la violencia imaginable. Según testimonió Maudsley, “lo que más recuerdo de esos momentos eran las palizas. Una vez estuve encerrado en mi habitación por seis meses. Mi padre sólo abría la puerta para golpearme y violarme. Creo que lo hacía entre cuatro y seis veces por día. Una vez rompió un rifle de aire comprimido en mi espalda”.

A los 16 años fue recluido en un centro de menores, ante los temores de su padre que se vengara por las violencias a las que lo había sometido. Luego de tres intentos de suicidio, refería a los psicólogos que escuchaba voces en su cabeza que le decían un solo mensaje: “tienes que matar a tus padres”. Se volvió adicto a la marihuana y la cocaína, y entró en el mundo de la prostitución para sufragar este consumo. A los 21 años conoció así a su primera víctima.

De Maudsley solo existen unas seis fotografías. La última data de hace dos décadas. Su rostro transmite a la vez todo el dolor, el horror y toda la tristeza del mundo.

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