No es país para viejos: tres historias de ancianos cubanos que sobreviven a  la crisis

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Un gran por ciento de los ancianos cubanos está sufriendo la grave situación económica en Cuba sin tener posibilidades de buscar maneras de paliar la crisis como podrían hacerlo otro sector de la sociedad.  

Los ancianos son extremadamente vulnerables a la gravedad de la situación y ya se ven con frecuencia a  personas mayores haciendo interminables colas para adquirir algún alimento o, en el peor de los casos, durmiendo en los portales o hurgando en la basura.

La situación también se complica con la tecnología y las nuevas medidas de la llamada bancarización. Muchos no dominan el manejo de programas como Transfermóvil ni las distintas modalidades de pago por tarjeta. 

“Yo no entiendo bien cómo pagar con el móvil. Y me dicen que mi a mi móvil no se le pueden instalar esos programas porque es muy viejo. Yo no tengo dinero ni familia en el exterior que me mande un nuevo celular”, dice a Cuballama Ermidio, de 75 años,  en una cola para acceder al cajero en Centro Habana.

El panorama de los ancianos que se han quedado solos o no tienen familia fuera de la isla que los ayude ha empeorado con la acentuación de la crisis económica. 

Alberto, de 74 años prefiere que lo llamen “El capitán”, así, a secas. El apodo lo trajo de la guerra de Angola donde estuvo sirviendo durante finales de los años 70. Hoy vive en una casa en peligro de derrumbe en el Cerro y no tiene hijos. Solo le quedaba una hermana que murió recientemente y un sobrino que vivía con él antes de irse del país.

“He pensado lo peor pero me queda la ayuda de los vecinos. Mi chequera no me sirve ni para empezar y hago una comida al día. A veces me regalan algunos alimentos pero lamento decirte que por lo general paso hambre. Nunca pensé que me vería en esta situación, que todo mi esfuerzo haya sido por gusto”; dice sentado en una silla de madera fijada a unas losas de cemento en lo que llama el portal de su casa.

“Si quieres pasa y mira las condiciones para que veas que no miento”, dice mientras abre una puerta que da a la sala con una mesa, un viejo refrigerador y dos tres pulóver colocados sobre un mueble agrietado. En el salón reina el olor a humedad y al final, sobre una pared, está colocado el uniforme militar que vistió en Angola. Se desplaza hacia el fondo para abrir el refrigerador dominado por botellas de agua y un paquete de filete de claria que le donó una vecina.

Para los cubanos la familia siempre ha estado en primer lugar. Cuando emigran envían lo que puedan a sus padres, hijos o abuelos en Cuba para que vivan lo mejor posible dentro de las miles de carencias. Pero en ocasiones, que no son las más usuales, los migrantes se desentienden de sus familias o no les envían remesas u otras ayudas por motivos económicos o políticos, entre otras causas.

“Mi hijo se fue hace como cinco años. En los dos primeros todos los meses me enviaba algún dinerito y alimentos. Pero hace como un año dejó de mandarme. Apenas me escribe y me dice que está sin trabajo, que ahora no puede ayudarme. Yo gano unos 1400 pesos de jubilación y solo me alcanza para pagar  la corriente, el agua y lo que viene a la cuota que cada vez reducen más”, señala Alfonso, un hombre de unos 80 años que durante el Periodo Especial, recuerda, alimentó a su familia con un huerto que creó en un terreno cercano a su casa.

La vida en Cuba para los ancianos es cada vez más difícil. El Estado no tiene políticas para ayudar de forma satisfactoria a este sector de la población que parece sometido al abandono según se percibe en las imágenes de las calles habaneras.

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