¿Quién no conoce a Manolito del Vedado? La historia de un personaje real que fue llevado a una telenovela

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La única razón para no conocer a Loquímbiri, o Manolito del Vedado, probablemente sea residir fuera de La Habana o visitar muy poco la ciudad. La estampa pintoresca de quien se sabe cantante, locutor y presentador de radio en algún mundo donde habita su mente es imposible que pase desapercibida.

Lo mismo en la esquina de 23 y 12, o en las rutas del P9 o alguna otra guagua, la mayoría tiene que voltear a verlo y reír con sus ocurrencias. Puede cantar un éxito musical del ayer, doblar las voces de un artista famoso, soltar un chiste o narrar una competición deportiva. Él mismo emite los sonidos de la radio, se sintoniza en sus adentros y conecta con el canal que mejor le parezca para la ocasión. Pero nunca, jamás, se ha metido con nadie, simplemente es un loco bueno.

Manolito Pérez Roque tiene problemas mentales y hace más de 30 años es una figura popular en La Habana. Su fama no decrece, ni tampoco el cariño y la lástima que silenciosamente les hace sentir a quienes lo conocen o nada más se topan con él en algún instante. Es tanto lo que representa la figura de este “loco” habanero que su personaje fue caracterizado en la novela cubana de turno, otorgándole la relevancia popular de otros deambulantes legendarios como el inolvidable Caballero de Paris.

Detrás de su figura y de los problemas psiquiátricos que le son evidentes, Loquímbiri guarda una historia muy triste, de abandono familiar. Su propia madre lo dejó siendo apenas un niño con retraso mental moderado para irse a vivir a los Estados Unidos. Él se quedó con sus hermanos y algún otro familiar que aparentemente velaba por su apariencia y cuidado, pero no logró evitar que siendo un adolescente comenzara a vagar por las calles.

Así lo recuerda Ramón Lezcano, un usuario de Facebook que además destaca los atributos materiales que le son más representativos: el reproductor de música sin cable, los audífonos y su gorra sin visera. Dicen los que lo conocen que por más gorras nuevas que le regalen todas terminan igual.

“Siempre lo acompañó su gusto por la música, por imitar sonidos de diferentes animales, sirenas de carros patrulleros, por simular que hablaba en otro idiomas  y cuando cantaba imitaba el sonido de la radio cuando mueves el dial para sintonizar otra emisora. Eso me daba muchísima gracia, por la originalidad e inocencia casi infantil. Su mejor frase: ¡Manténgase en sintonía con Mazorra!”.

Esas mismas palabras reprodujo el actor cubano Denis Ramos en su interpretación de Loquímbiri para la novela cubana Tan cerca y tan lejos. La aparición del actor en su personaje inmediatamente conectó a los televidentes con Manolito y quien sabe a cuántos no les haya sacado una lágrima. Manolito se contagió de Covid-19 durante el momento más duro de la pandemia y así lo contó la novela.

La magnífica caracterización del actor, junto con el cariño de todos los que han visto a Manolito del Vedado en alguna ocasión, hicieron de la secuencia televisiva un instante épico. En las redes sociales, las imágenes de Denis junto a Manolito, quien afortunadamente logró superar al virus, se volvieron virales y de algún modo aliviaron los corazones de muchos habaneros que todavía esperan verlo en la esquina de 23 y 12 o la parte trasera del P9, despidiendo o recibiendo a los pasajeros y poniéndole música al conductor.

“Todos deberíamos cuidar un poco de él, ayudarlo en lo que podamos. Él siempre agradece compartir con la gente, los que están habituados a verlo le compran un café, un refrigerio, y él a cambio te regala una de sus actuaciones. No permitamos que sea objeto de burlas o maltratos, a fin de cuentas, Manolito, al igual que el Vedado es un pedacito nuestro también”, escribió una persona en Facebook.

Loquímbiri o Manolito es una persona humilde, pero no pide limosnas. Tampoco lo necesita, porque su presencia en el espacio público ha sido tan fuerte que ya es más que una celebridad, los vecinos del Vedado lo tienen como un familiar cercano y casi todos comparten algo con él.  Ahora más que nunca, su rostro probablemente sea la imagen más real de un país sumido en el desamparo y la carencia, donde la cordura y el desequilibrio están separadas por una delgada línea y donde hacen falta más que nunca el amor y la esperanza.

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