La antigua antesala de Cuba

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En épocas colonias, La Habana recibía a los visitantes que llegaban por mar en la Plaza San Francisco de Asís, uno de los más famosos y fotogénicos rincones de La Habana Vieja, un destino obligado para conocer la antigua entrada al Nuevo Mundo.

En efecto, frente a esta explanada que los habaneros también llaman la Plaza de las Palomas radicaba antaño el muelle por donde arribaron a Cuba millones de emigrantes y viajeros. Ahí está aún el viejo edificio de la Aduana, hoy Terminal de Cruceros, entre múltiples atractivos arquitectónicos, como la Iglesia y el Convento de San Francisco de Asís, la Lonja del Comercio, cafetines y galerías, y un sinfín de destinos…

Este fue el primer pedazo de tierra cubana que pisaron muchos emigrantes venidos desde Europa y Asia para “hacer la América”. En tiempos de la Colonia española, esta plaza tan cercana al puerto era un hervidero de carretas, sacos con mercancías, marinos y viajeros que rápidamente se refugiaban en los cafés circundantes para huir del calor tropical, o refrescaban la frente y el gaznate en la fuente que aún permanece en la plaza.

A mediados del siglo XVI fue edificado el mencionado convento franciscano, junto a la explanada que ya para entonces era harto famosa por su mercado público, sus juegos y diversiones poco santas. Los monjes protestaron, hastiados de bullicio y pecado, y el mercado fue reubicado.

Cuentan los cronistas de la época que el lugar era llenado de mesas de juego de azar durante las llamadas “Ferias de San Francisco”. De hecho, el cercano Café León de Oro tuvo la primera ruleta de Cuba, de paradero desconocido.

Los alrededores se fueron poblando de mansiones y casonas y edificios públicos. Con los años el sitio cayó en una especie de letargo, pero con el Siglo XXI experimentó un renacer, sobre todo en lo musical. De hecho, los amantes de la música de cámara visitan frecuentemente la Basílica Menor del convento franciscano, reconvertida en sala de conciertos.

Una escultura que da suerte

Frente a la Galería Carmen Montilla, a las puertas de la Basílica Menor, un sujeto de bronce quedó eternizado en su andar. Es una escultura a tamaño real del Caballero de París, un entrañable loco que desandaba las calles habaneras. Como todos los paseantes y turistas, también me tomé una foto con el personaje, y para cumplir el ritual, le froté el dedo índice, porque aquí dicen que llama la suerte…

Por cierto, el campanario del templo hace las veces de mirador. La vista desde su altura bien recompensa subir esa especie de escaleras al cielo que nacen en la Basílica, y que en lo alto abre ante tus ojos una espectacular panorámica que abarca toda la bahía, las colinas de Regla, el Morro y la Cabaña y las mayores edificaciones de la vieja Habana. En su momento fue el punto más alto de la ciudad.

Sin el esplendor de antaño, igual la plaza de San Francisco sigue siendo un referente para los habaneros, y uno de los destinos que más enamoraban a los turistas en la capital de todos los cubanos.

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