Grandes de Cuba: Antolín el Pichón

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Quien llega y se pasa de los cuarenta años en Cuba, recuerda la aparición en la televisión nacional, a inicios de los años noventa, a un singular dúo que desafiaba la prevalencia casi absoluta de humoristas capitalinos en la pequeña pantalla: se nombraban Los Píos, y uno de ellos encarnaba con frecuencia a uno de los primeros personajes transformistas que fueron permitidos: La Pía.

Era Ángel García, nacido en Manacas en 1953, quien abrió paso a posteriores caracteres de esta índole, como la también inolvidable Margot que interpreta Osvaldo Doimeadiós.

Soldador y tractorista de oficio, García inició su carrera en el cabaret Cubanacán de la ciudad de Santa Clara, donde recibió la ayuda del inmortal Chaflán, que le enseñó más de un truco de los que ocultaba en su clásico sombrero. Y en 1991 decide emigrar para La Habana con Marcos, su compañero de elenco en Los Píos.

Pese a la simpatía y solidez de su Pía, que continuó interpretando, el personaje de Antolín el Pichón es el que lo consolida dentro de la palestra humorística nacional. Concebido por Alberto Luberta, otro imprescindible de la risa nacional, este primer guajiro natural no lleva al cielo a García, pero sí a la azotea del popular programa Sabadazo, una de las cumbres televisuales cubanas, conducido por Carlos Otero, con quien puede decirse que formó una suerte de dúo informal, dadas sus reiteradas interacciones.

Junto al Gustavito de Geonel Martín, el Boncó Quiñongo de Conrado Coglé, el Matute de Ulises Toirac, la Margot de Doimeadiós, la Maritrini de Edith Massola, la Teresa Prieto de Carmen Ruiz, y otros personajes más ocasionales, animó durante años las noches sabatinas cubanas de una manera aun inolvidable, en parte porque la Televisión Cubana no ha podido gestar otra producción que se equipare, y este espacio tan estelar jamás ha vuelto a ser el mismo. Después de Sabadazo, solo hay sábados corrientes en los televisores.

Antolín el Pichón, el guajiro de Manacas, atrajo desde el principio por la mitología tan singular y completa que lo respaldaba y le permitía largar andanadas de chistes y ocurrencias basadas en la comparación de situaciones que vivía en La Habana con circunstancia de su vida campestre en su Manacas natal. Muchos de los personajes que mencionaba los tomaba directo de sus experiencias de vida.

Sus llamadas telefónicas a los familiares que dejó en el campo, narrándole sus experiencias capitalinas con su manera ingenua y a la vez ingeniosa, lograban muchos de los momentos más hilarantes de las emisiones de Sabadazo. Junto al infantil y berrinchoso Gustavito, conseguía sacar de quicio a Carlos Otero, provocándoles numerosas risas irreprimibles a este, más allá de lo planificado. La Pía también fue una presencia habitual en la azotea, y sacó su porción de carcajadas y colores a Otero.

La fuerza escénica y la potencia de su torrente verbal sobrepoblado de chistes, colocaron al guajiro Antolín en la cúspide de la preferencia de los públicos de la isla durante más de dos décadas.

Luego de varias visitas a Miami, donde reencontró con parte del elenco de Sabadazo, terminó siendo en 2016 una presencia habitual en el show TN3 que conducía Otero junto a la venezolana Mónica Pasqualotto para américa TeVé. Por una “desafortunada coincidencia”, dejó de aparecer en la televisión de Cuba, bajo el pretexto de que una encuesta popular había revelado que no gustaba ya y se le consideraba de mal gusto. Así lo comentó durante una entrevista en el programa Esto no tiene nombre. Decidió residir definitivamente en Miami, donde ha continuado su carrera, al borde ya de los 70 años de edad.

Decir “Antolín el Pichón, el guajiro de Manacas” remite enseguida a una tonada que interpretó durante un tiempo como tema identificativo, y es casi imposible no tararearla todavía. Verlo provoca además la remembranza de épocas gloriosas para la risa televisiva cubana, cuando en medio de los apagones del período especial de los noventa, la azotea sabatina siempre estaba encendida, llena de música y humor, para, con lágrimas de risa, hacernos olvidar un poco las lágrimas de tristeza y necesidad.

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