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Pueblo Nuevo: cómo vivir con dos cubetas de agua al día

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Toda una odisea lo del agua en Pueblo Nuevo, la parte de Centro Habana comprendida entre las avenidas Zanja y Carlos III

Los vecinos de la calle Jesús Peregrino, entre Oquendo y Soledad, en el municipio habanero de Centro Habana, celebraron ayer el agua saliendo de sus pilas, por primera vez en este 2020. En Pueblo Nuevo suelen vivir con dos cubetas de agua al día.

Desde el año pasado, muchas de las tuberías de Pueblo Nuevo –nombre con el que se conoce a la parte de Centro Habana comprendida entre las avenidas Zanja y Carlos III- las tuberías de cinco cuadras a la redonda permanecían secas.

“Nosotros tenemos la entrada de agua en la esquina, pero las conexiones están viejas. Yo misma he ido a quejarme incontables veces a la dirección municipal de Aguas de La Habana. Ahora dicen que no pueden romper la calle, pues no hay asfalto para sellarla”, explica Amanda.

La joven madre de tres niños se bandea para criarlos con dos cubetas de agua. Con tan escasa cantidad, debe cocinar, mantener la loza limpia y garantizar un baño diario para cada miembro de la familia. “A la niña pequeña tuve que enviarla a vivir con el padre, a Guanabacoa. Me cogió una sarna terrible y, con el problema del agua, no podía mantenerle una higiene adecuada, además de que podía contagiarme a los dos pequeños”, afirma.

Los vecinos han aprendido a sobrevivir con dos cubetas de agua. Rodney, vecino del 231 en la misma calle, cuenta que en esa cuadra de Pueblo Nuevo nunca tuvieron problemas graves con el abasto. Mas desde mayo pasado “las irregularidades con el servicio se empezaron a suceder”.

“Actualmente se ha vuelto una locura conseguir un poco de agua. Yo, como vivo solo con mi madre enferma, intento guardar para sus necesidades la mayor cantidad de agua posible”, concluye.

Las autoridades no han dado una respuesta concreta al respecto. De acuerdo con el testimonio de los vecinos, “más o menos en junio de año pasado rompieron la entrada de agua de la calle contigua, con la promesa de reemplazar las instalaciones. Puedes ir a la esquina y ver el hueco abierto; como siempre vinieron a trabajar unos muchachos, pero a la semana nadie más los había vuelto a ver”, relata Marta, vecina de Pueblo Nuevo.

Tampoco es que las visitas de autoridades fueran muchas. Lourdes, quien vive en la cuadra hace más de 20 años, cuenta que solo el delegado de la circunscripción ha dado la cara. “La gente de aquí es muy revoltosa, por eso no nos duran ni los jefes de sector. Sin embargo, el delegado sí ha venido repetidas veces hasta aquí; la última, se escabulló ante la molestia de los vecinos”.

Vendedores de agua y piperos en Pueblo Nuevo

De acuerdo al testimonio de esta señora que reside en Pueblo Nuevo, “fue con la llegada de la pipa que la cosa se puso mala. Ahora, los camiones cisterna tienen prohibido usar las mangueras, por lo cual los vecinos debemos hacer la cola con las vasijas en la calle. Cuando llevas más de una semana sin agua, la cosa se pone fea”.

Quienes no quieren formar parte de tan lastimoso circo, compran el agua a 60 pesos cubanos. En un país donde el salario mínimo es de 400 MN, prácticamente te dejas el sueldo en agua. Es por esta razón que, en Pueblo Nuevo, proliferan los vendedores de agua.

La mayoría de estos negociantes son jóvenes de las cuadras contiguas. Equipados con carretillas o cualquier otro medio para transportar buenas cantidades en poco tiempo, se mueven por las zonas donde saben constante el suministro de agua, y desde allí la cargan.

Andrés es uno de los que vende agua en Pueblo Nuevo. “Es un trabajo pesado. En los mejores casos, basta cruzar la avenida –Carlos III- para traerla, pero en otras tienes que caminar mucho más. Lo que uno siempre evita es buscar en Cayo Hueso, porque desgasta mucho subir la loma, te atrasas y vendes menos”.

A él, como a varios de sus amigos que también están en el negocio, les conviene esta situación. Diariamente pueden hacer hasta 200 pesos abasteciendo de agua a los vecinos de Pueblo Nuevo.

Esta labor la cumplían, antes, las pipas de agua. Dada la coyuntura, los piperos han desaparecido. Comprar una de estas cuesta, en buenos tiempos, 10 CUC, aunque “si saben que en esa zona escasea o se pone mala la cosa, como ahora, no te vas a encontrar ninguna por menos de 15 ó 20”, explica Mercedes.

En condición de anonimato, un pipero decidió hablar en exclusiva con Cubacomenta. “Uno siempre hace sus cambalaches. En la mañana, cuando vas a llenar al Pontón, recibes una hoja de ruta que tratas de matar con la menos cantidad posible. En dependencia de cómo veas el ambiente, le dices a los vecinos que no puedes vaciar completo, les explicas tu deber de compartir el tanque. Así matas lo del día, y el resto de los llenados te los metes en el bolsillo”.

“Se hacían hasta 60, 80 pesos en el día, eso en los lugares más apretados. Ahora, con el tema del combustible, nos recortaron muchísimo las salidas y los inspectores son muy estrictos con los recorridos. En mi caso, he tenido la patrulla parqueada detrás a pocos minutos de abastecer un lugar, solo para verificar si estoy donde me toca”.

Al estar jugándose el pellejo, los encargados de los camiones cisterna tienen una excusa para subir el precio. “Conmigo, ahora mismo, son 20 CUC o nada. No me importa si es una ponina o tengo que llenar una piscina particular, si tienes el dinero yo lo hago. Con esa nueva tarifa, me monto y busco un poco más. No me puedo estar arriesgando por gusto que, como se está el tema del agua en estos momentos, si me cogen voy completo”, concluye.

Mientras tanto, en Pueblo Nuevo prefieren vivir al día. Cuando a las siete de la noche el agua no ha llegado, sacan pomos y cubetas con los cuales recorren algunas cuadras y piden –o compran- algunos litros.

“Yo no protesto más. Me he cansado de decirle a los vecinos que si solo dos personas manifestamos la inconformidad, no se resuelve nada; pero nadie quiere perder tiempo frente a la oficina de recursos hidráulicos. Últimamente, si tengo los sesenta pesos compro el tanque, si no, consigo dos cubetas y espero al otro día”, finaliza Amanda.

Por ahora, toca celebrar la abundancia de un día con agua en la pila, sin saber cuánto durará. Algunos lavan la ropa, limpian o se dan baños interminables, sin pensar en la escasez que vendrá pues, según Lourdes, “mientras no se arregle el problema de la entrada en el barrio, todo seguirá igual”.

En la esquina corre, tranquilo, un salidero de aguas albañales.

Texto y fotos: María Carla Prieto

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