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Cuba

Entre exportar claria e importar jurel: el pescado que no comemos

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Pescado en Cuba

En la isla de Cuba, el pescado es para muchos una delicatessen. El jurel chileno se importa y luego se vende carísimo. Y entonces algunos vecinos esperan por los pescadores, que traen piezas frescas

Nuestros mares son totalmente estériles, o de eso quieren convencernos. A pesar de vivir en una isla, el pescado en la cocina cubana es una delicatessen, solo al alcance de algunos bolsillos.

Cuando el Ministerio de Comercio Interior anunció la distribución normada del jurel, de calidad relativamente ínfima pero que recordaría a los cubanos el sabor marino –olvidado por el recurrente pollo sustituto- los nativos vimos los cielos abiertos.

La materialización de la medida nos los cerró del tirón. Además de tener un precio excesivo, las condiciones impuestas por la administración eran ridículas: “Tenías que comprar, de acuerdo a lo estipulado, un pescado por cada tres personas. A esto súmale el precio -los veinte pesos, posteriormente rebajados a quince- de la libra. El peso de las unidades variaba mucho en dependencia de la cantidad de hielo o de las manos del carnicero”, recuerda Mirella.

Empezamos entonces a hacerle rechazo. Muchos lo compraron  una vez para darse el lujo, los menos siguieron llevándolo a sus hogares pero, de manera general, el producto chileno se estancó en la carnicerías normadas.

No obstante, el fósforo no le falta a nuestra mente, ni esa proteína en la mesa. ¿De dónde sale? ¿Cómo es posible que, si el Estado no puede abastecernos, debido a la no existencia, los paladares más pobres puedan tenerlos, al menos, una vez al mes?

La respuesta es sencilla: nuestros mares no son tan improductivos como los pintan. Si paseas por el Malecón de noche, encontrarás un buen número de hombres en la orilla, con su material de pesca, esperando que pique algo bueno.

“Si de verdad no hubiese peces, nosotros no estuviéramos aquí. Hay días mejores pero, durante la peor jornada, hasta los novatos se van con una buena pieza: un parguete, una aguja pequeña”, explica Daniel, pescador asiduo del área del Vedado.

Según su experiencia, “cada día, los vecinos me esperan para comprar. Mis pescados son de mar, por eso no debo moverme a venderlos, unas horas después de llegar a la casa no tengo. Cuando son grandes los ofrezco por separado, a 5 CUC o más cada uno, dependiendo de la calidad, claro. De lo contrario, armo una ensarta de siete pequeños y las comercializo a igual precio”, acota.

Entre quienes lo esperan está Georgina. La jubilada destina, cada mes, 120 pesos. “No me puede faltar. Además de gustarme, es muy beneficioso para la mente a mi edad y trato de comerlo una vez por semana”.

Al vivir sola, resuelve con poco. Yusiel, padre de una familia de cuatro integrantes, no lo tiene tan fácil: “Me encantaría poder ponerle a mis hijos un plato regularmente, pero mi sueldo no me da para tanto”. Mecánico en una piquera estatal, debe esperar porque caiga algún trabajito extra para “comprar uno de los grandes y hacerlo al horno, un domingo, como si fuese un día festivo”.

https://www.cuballama.com/envios/categorias/alimentos/combos

En otros lugares del país, sobre todo en los pueblos del interior, la escasez está suplida por un personaje ya perdido en la capital: las minutas. Los puestos de este alimento, ofertado con pan la mayoría de las ocasiones, son un buen suplente.

“Es una opción económica y viable. Por seis pesos en moneda nacional, te comes un filete pequeño, empanado, de pescado de mar. Igualmente, hay quien lo vende crudo por las casas. Cuando eso pasa el precio es menor, pero vuelan al momento”, manifiesta Yessica, natural de Remedios.

Zenaida, a pesar de vivir hace 20 años en La Habana, se niega a pagar el precio del pescado. Ella recibe, cada mes, un lote de tilapias desde su Ciego de Ávila natal: “Una ensarta puede costar unos cincuenta en moneda nacional. Mi padre me las compra allá y las envía en una caja a cargo de cualquier chofer proveniente de la provincia”.

Sin embargo, a su felicidad le queda cada vez menos. En medio de la crisis de alimentos, al parecer sin fin, funcionarios del grupo empresarial de la Industria Alimentaria anunciaron las labores de exportación de clarias, tilapias y langostas.

Luego de recordar estas especies, de total desconocimiento para las nuevas generaciones, muchos no dejaron de mostrar su descontento. Hace meses atrás, el país empezó a vender angulas, muy cotizadas en el mercado internacional e invisibles en el quehacer culinario de la isla.

“Supuestamente, los bichos largos esos cuestan millones, que no veo cómo se reinvierten aquí, si no hay nada. Pero no estoy dispuesta a vender lo necesario, sobre todo por lo estúpido de la transacción”, aclara Xiomara, vecina del municipio Regla.

Su cuestión versa la lógica más sencilla: ¿Cómo vamos a importar jurel y a venderlo caro, cuando podemos comercializar internamente y a precios más competitivos el producto nacional?

Aun cuando a muchos les disguste la claria por el color parduzco de su carne, no están dispuestos a prescindir de ella tan fácilmente. De acuerdo con un sondeo realizado a pie de calle por nuestro medio, los ciudadanos la prefieren al encarecido pescado chileno.

“Ahora tratarán de endulzarnos con los beneficios. ¡Total! Uno nunca los ve. Por el contrario, sí somos testigos del desbalance en nuestra alimentación, de los altos costos de la comida y de que, para el cubano de abajo, la cosa no mejora”. Es la queja de Pepe, vendedor de periódicos.

María Carla Prieto


 

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