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Cuba

La Sierra del Rosario: crónica en imágenes de un viaje sanador

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Texto y fotos: Fernando Vargas

La vida del cubano de ciudad es cada vez es más agitada. Entre la casa, el trabajo y los malabares para llevar un plato a la mesa es difícil encontrar tiempo para uno mismo. Sin embargo, una invitación inesperada puede cambiar tu semana.

Cuando un grupo de amigos, tan cansados como tú del trajín cotidiano, te proponen dejarlo todo atrás por tres días y estar juntos en la Sierra del Rosario, no puedes decirles que no.

En Cuba, para hacer un buen viaje la clave está en llevar poco, pero ser conciso y acertado. Si estás bien acompañado, con dos mudas de ropa, una lata de sardinas, un paquete de espaguetis, dos pepinos, aliños y un poco de aceite será suficiente para pasarla bien y recargar las pilas para seguir  “en la lucha”.

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Nos juntamos en 100 y Boyeros, casi en las afueras de La Habana. Después de una espera, un camión con destino a Pinar del Río nos llevó hasta el puente de San Cristóbal. Allí recorrimos otro tramo hasta un peculiar pueblo artemiseño llamado Cinco Pesos, aunque, paradójicamente, para llegar a él tuvimos que pagar 5 cuc al chofer de un Plymouth de los 50. Por el camino el taxista nos habló de las maravillas de la zona y de cuánto necesitábamos para ir al monte “los habaneros”, siempre tan cargados de ruidos y multitudes. Yo, camagüeyano de ciudad, pero amante del mar y la montaña, me reía por dentro y asentía todo el tiempo.

La Sierra del Rosario y sus lomas

El camino a Cinco Pesos se hace por una carretera muy empinada. Hay que recorrerla a velocidad media. Con la subida, los paisajes se tornan cada vez más llamativos, la vegetación más exuberante y el verde más intenso. A lo lejos veíamos la Sierra y sus lomas, desafiándonos a alcanzarlas a cada kilómetro.

Llegados al pueblo hicimos un breve receso en la última cafetería que veríamos en días: un punto de venta particularmente bien surtido donde merendamos y también nos despedimos de toda señal de cobertura celular. Me tomé una foto y la subí a Facebook:  adiós a redes sociales, correos, mensajes… La verdadera aventura comienza ahora.

A la Sierra del Rosario se puede subir, por Artemisa, de muchas maneras. Luego de un tramo por carretera, nos internamos en los primeros trillos y caminos de piedras para llegar a una finca ubicada en el mismo corazón del lomerío.

En el recorrido nos topamos con la casa de Carlos, un guajiro muy cercano a nuestros amigos. Desde que nos recibió en su bohío, me recordó la hospitalidad del campesino cubano. Con extrema diligencia, juntó en su pequeña sala todos sus taburetes para que nos sentásemos y descargáramos nuestras mochilas. Nos animó con consejos para seguir el viaje y nos preparó un café bien cargado para coger fuerzas.

De casa de Carlos a la finca nos tomó solo media hora. El camino se hizo más empinado. Los sonidos de agua corriendo cerca nos avisaron de la cercanía de un río que marcaba nuestra meta. Divisamos la casa y su sola imagen, recortada contra la Sierra, nos confirmó lo que veníamos buscando desde tan lejos: un tiempo de paz y esparcimiento.

De solo entrar en la vivienda tuve un Déjà vu . La leña apilada bajo el fogón, las paredes llenas de calderos, el piso de tierra apisonada y un olor inconfundible a bohío de madera y guano trajeron a mi mente trozos de mi infancia en casa de guajiros amigos de mi padre en Camagüey. El único elemento “anacrónico” era un par de paneles solares que, gracias a una donación de Alemania, son la principal fuente de electricidad en esta parte del lomerío.

Anocheció muy pronto y nos aventuramos a bañarnos en una poceta del río. Ya de regreso a la casa nos sorprendió una rana toro tan grande como nunca había visto. “Especial para comerse las ancas” —soltó uno de mis compañeros de viaje y, como si lo oyera, con miedo a ser devorado, el animal huyó saltando al agua lejos de nosotros. Esa noche caímos rendidos luego de compartir una primera comida de panes con perros calientes y queso.

Amanecer en la Sierra del Rosario

Hacía años no amanecía en el campo, pero si algo lo distingue, es ese olor tan típico a hierba mojada y rocío. Distribuimos tareas: unos se encargaron de la cocina —seleccionar la leña más seca, avivar el fuego y mantenerlo— otros prepararon los bocaditos de desayuno.

Yo, por primera vez en mi vida, tosté, molí y colé café “original”, no el de la bodega, más chícharo que otra cosa. El humo del tueste, el olor y los sonidos de la molida crearon una atmósfera mágica. Pocas cosas hay tan cubanas como un grupo de seres queridos esperando para saborear una buena taza de café.

Repuestas las fuerzas, nuestra meta era adentrarnos en el río para llegar hasta un ojo de agua: el nacimiento de un manantial que buscamos por horas. Entre piedras y lajas, en un rincón inhóspito, descubrimos una cascada en la confluencia de dos grandes rocas. Nos bañamos por horas en la poceta formada por el salto de agua. No importó la temperatura fría ni el tiempo. Solo disfrutar ver aquella cortina natural cayendo, rodeada de rocas y del monte que nos abrazaba como amigo fraternal.

Regresamos muy tarde a casa. En un recodo nos detenemos para escuchar los sonidos de la noche: cantos de grillos, el graznido de algunas aves, el viento meciendo los juncos a las orillas del río, los árboles crujiendo como si se movieran en la oscuridad, el agua fluyendo con fuerza y el cielo lleno de estrellas, como no soñaríamos verlo en la ciudad. Bajo el hechizo de la noche serrana llegamos al bohío, nos bañamos y cocinamos una espaguetada con todo lo que se nos ocurrió —menos tomate que fue imposible conseguir.

Despedirse de la Sierra del Rosario

Nuestro último día pasó muy rápido. Se nos fue la mañana durmiendo a pierna suelta, conversando y cocinando juntos, recibiendo a una nueva tropa de amigos que llegaban para quedarse más días que nosotros. Entre ellos vino la dueña de la finca, quien enseguida notó “cuánto le habíamos cuidado la casa” y puso orden, como buena madre cubana, a nuestro anárquico, pero divertido, modo de dividirnos las tareas. En la noche nos tiramos en la explanada frente al bohío, encendimos una fogata y nos pusimos a hacer cuentos mientras nos íbamos quedando dormimos, arropados una vez más por los sonidos montunos de la noche en la Sierra y las estrellas.

El día del retorno llegó. Luego de recoger cada cual sus pertenencias, nos sumamos al chapeo del café de la finca en ayuda de la dueña y los nuevos inquilinos. Una labor ardua porque la planta crece en laderas, y por tanto, el desbroce incluye cortar matojos, enredaderas y otras malezas que la impiden crecer como debiera antes de la cosecha veraniega.

Esta fue nuestra última tarea antes del momento de la despedida. Algunos regresábamos a La Habana para volver al trabajo y nuestros compromisos. Otros se quedaban en la finca para continuar la experiencia. Mochilas al hombro partimos por los mismos trillos, caminos de piedras y cursos de arroyos que nos condujeron de vuelta a Cinco Pesos bajo una llovizna pertinaz. En el trayecto dimos con Carlos, quien montado en su mula cargó nuestros bultos en el lomo del animal. Nos aligeró el peso hasta su casa y allí volvió a acogernos para descansar un rato. Al arribar al pueblo, y su única y bendita cafetería, dimos al rato con el dueño de otro Plymouth que, por esas coincidencias que uno tanto agradece, no solo pasaba por San Cristóbal, sino iba directo a La Habana.

Hicimos el viaje de vuelta a la ciudad conversando, ya extrañando el bohío y el monte. Dormidos en el asiento de atrás de esta reliquia ambulante, cabeceando y disfrutando del aire con olor a lluvia y lomerío. Y cuando menos lo esperábamos ya estábamos entrando a La Habana. De nuevo los ruidos y las multitudes. Nuestros celulares volvieron a tener cobertura y empezaron a sonar avisándonos de los mensajes acumulados de amigos, colegas y familiares. Atrás quedaba la Sierra del Rosario y sus misterios, el río y su murmullo inquieto, el bohío lleno de aroma a café recién colado y a leña.

Cada uno trajo un recuerdo de la experiencia: un par de plátanos, un mamey… Yo vine con un pozuelo cargado de un polvo negro y aromático que no he parado de colar desde entonces. El viaje había llegado a su fin, pero quedamos marcados por los deseos —tan adictivos como el café mismo— de volver a aquel bohío, ese punto invisible entre lomas donde aún humea una cocina y la Luna arropa a otros amigos cómplices.

 


 

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