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Cuba

Ulises Toirac y Athanai están sin cigarros

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La escasez de cigarros en La Habana afecta hasta los "Influencers"

Parece extraño pero sí. En La Habana los cigarros están perdidos y entre las primeras víctimas de tal situación -o víctimas “notorias”- están los conocidos Athanai (músico) y Ulises Toirac (humorista).

En realidad la situación no es nueva en la isla. Ya el pasado mes de marzo los cigarros se encontraban bien perdidos dentro de la capital. Sandra, colaboradora de nuestro blog, así lo comunicó vía chat de Whatsapp.

Ahora, una amiga desde La Habana lo confirma: “Los fumadores están locos; no hay en ningún lugar. No hay ninguno”.

Ella, que no fuma, habla de la ansiedad que siente entre aquellos que sí, que para calmarse y relajarse, le echan humo a sus pulmones.

“Cuba primer territorio de América libre de humo!! Desaparecieron los cigarros! Una Victoria más!!!,” dijo a modo de broma Athanai, en Facebook.

Ulises, por su parte, ironizó sobre la escasez y afirmó también en Facebook que “todos los cigarros del país” fueron robados.

“Ya seguro mañana sacan en el NTV el caso del robo de todos los cigarros del país. ¡Qué nervios!”, comentó el actor en su muro de la red social.

De inmediato no pocos le siguieron la cuerda al humorista, y entre algunos comentarios destacados están el  de un dentista que dijo que “es una política del MINSAP para cuidar la salud”.

“Salió en los Lineamientos desde el 2011”, añadió.

Otro cubano considera que esa misma es la explicación.

“Vamos, que nuestro gobierno lo que hace es velar por nuestra salud. El cigarro es dañino, las grasas también, la carne de res da la gota, el azúcar diabetes”.

El asunto es serio. Los cigarros están perdidos en la red de comercio, aunque hay en moneda libremente convertible. Para comprarlos se precisa tener una tarjeta de MLC.

“Todo el cigarro en MLC. Esto es el abuso y la burla más grande del mundo”, admitió una joven residente en la provincia de Pinar del Río; mientras que otro dijo que “a partir del 1 de junio el cigarro es en USD, excepto el criollo”.

La amiga refiere que “ni siquiera en divisas ella ha visto”.

“No hay ninguno. Tengo un amigo, que está desquiciado. Él fuma unos “especiales”, o sea, americanos, y no hay. La gente anda como loca, a punto de quitarse la vida, porque a un fumador tú le quitas los cigarros… Antes, cuando aparecían, aparecían supercaros, pero ahora no hay ninguno”, señaló.

El asunto ni siquiera es “exclusivo” de La Habana. En Sancti Spíritus, la escasez de cigarros viene desde el 2019. Y en Holguín, la semana pasada, la situación era tan agobiante que un video subido a Facebook mostraba a decenas de fumadores empujándose unos a otros, queriendo entrar a una tienda, no para comprar alimentos sino cigarros.

“Esto fue hoy en mi barrio para comprar cigarros. ¿Qué creen de esto? Por Dios”, comentó el usuario que subió el video a Facebook.

Otro músico cubano, Dagoberto Pedraja, aborda así el asunto.

Humoristas sin cigarros

Ya en enero, Ulises Toirac se había visto en igual situación.

El eterno humorista dijo entonces que se trataba de “un maravilloso plan de salud pública”.

“¡Cero cigarros en venta en la capital! ¡Queremos una población sana!”, escribió en Facebook.

No puedo dejar de recalcar que esta escasez de cigarros y el modo en que los humoristas cubanos suelen abordarla, nos lleva irremediablemente a la lectura de un texto trascendental dentro del humorismo cubano, el cual les dejó aquí a modo de diversión, pues la situación con los cigarros en Cuba es bien seria.

LA CAJA DE CIGARROS

Hector Zumbado

-Suena el timbre del teléfono en la redacción. Ring! Ring! Descuelgo:

-¿Dígame. Oigo. Aló. Sí. Quiubu. Anjá. Bueno. No se oye. No se oye nada.

-¿Cómo me va a oír si no me deja hablar? ¿Es la redacción de Riflexiones?

-Sí, respondo y me ha cogido aquí de casualidad porque ahora iba a comprar cigarros.

-De eso mismo se trata. Mire, yo soy un ciudadano de Altahabana.

-Y yo de Almendares, mucho gusto. ¿En qué puedo servirlo? ¿Quiere permutar?

-Déjeme explicarle. Yo estaba en mi casa, a la altura de un cuarto piso y a la altura de las diez de la noche del domingo pasado, cuando noté, de pronto, que me había quedado sin cigarros. ¿Se ha quedado alguna vez usted un domingo por la noche en Altahabana sin cigarros?

-No  – le digo – no he pasado por esa experiencia.

-Es interesante – me contesta – porque así se descubren los más insospechados, inusitados y desconocidos rincones de la casa en la búsqueda nocturna y frenética de cabos de cigarros. Entonces, para que no me sucediera eso, corrí desde mi casa – escaleras incluidas – los 400 metros que distan hasta la pizzería de 100 y Boyeros que es el único – el único lugar racional a la redonda – donde venden cigarros a esa hora de la noche y que, por cierto, cierra a las 10:15 en punto.

-¿Y qué tiempo hizo de su casa a la pizzería? – le pregunto con curiosidad de cronista deportivo.

-Bueno, salí exactamente a las 10 horas, 9 minutos, 23 segundos y 88 centésimas y llegué a las 10:10 flat.

-¡Excelente tiempo! – le contesto admirado -, 46.12 en los 400. Se acercó bastante al récord olímpico. Y ¿qué pasó entonces?

-Bueno, cuando llegué me dijeron que el establecimiento estaba CERRADO.

-¿Y estaba cerrado?

-No, estaba abierto, pero con todas intenciones de ciérrate sésamo. Entonces expliqué que mi intención no era comerme una pizza, sino solamente comprar cigarros.

-Ya veo, usted imploró el ábrete sésamo. Y ¿funcionó?

-Bueno, después de una discusión sobre el horario – en definitiva nadie tenía las 10:15 – una empleada fue a consultar con el administrador.

-Le dio sentimiento con usted. Esa fue una buena acción de la compañera. ¿Y?

-Entonces el administrador consintió en que me vendieran la caja de cigarros.

-¿Y usted sintió como si lo hubieran tocado con la varita mágica? La felicidad total, ¿no?

-No exactamente, porque después de todo, no era un favor lo que yo estaba pidiendo. Por eso me decidí a hablar con el administrador para explicarle que este tipo de cosas tiende a irritar a los usuarios.

-Usted tiene temple. Porque eso, a veces, es jugársela a lo cortico. ¿Y qué pasó?

-Nada, terminamos ahí en una discusión de horarios y de usuarios y no llegamos a nada.

-Usted fue incomprendido. Eso ocurre en ocasiones. Y por fin ¿qué? ¿Compró su caja de cigarros y se marchó, no?

-No del todo. Porque cuando fui a comprar la caja de…

-¿Qué pasó?

-Que cuando fui a comprar la caja de cigarros…

-Sí, le escucho. ¿Por qué se le corta la respiración?

-Que cuando fui a comprar la caja de cigarros…

-Pero acabe de decirme.

-Me dijeron – el cajero me dijo – el cajero me dijo, que acababa de vender la última!

-No me haga llorar, compadre.

-Así mismo como se lo cuento. Por eso lo llamo. ¿Usted cree que se pueda hacer unas riflexiones simpáticas sobre esto?

-Cuando termine de llorar, voy a intentarlo.

FIN.

Ariel P.

 

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