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Cuba

La historia de Sergio, el cartero de mi barrio

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Por María Carla Prieto

Sergio, el cartero de mi barrio: un cubano solitario que no espera nada. Trabaja y sobrevive refugiado en el recuerdo de un amor que ya no está

La suela de sus zapatos hace mucho que se quebró bajo sus pies. Él no lo ha advertido, como tampoco los otros lo ven. Sergio, el cartero de mi barrio, tiene certeza de pocas cosas. Saca su bicicleta, tan vieja como él, y se va al puesto. Recoge siempre periódicos, rara vez una carta,  y empieza su peregrinar.

Todo los días igual. Va de casa en casa, se detiene, coge un periódico sin mirar, lo enrolla con las dos manos, le amarra con un alambre para que no se suelte y lo deja caer a través de una cerca o en un portal. Su momento preferido es cuando tiene que lanzarlos, con la perfección de un pelotero cubano de los de antes, hasta un primer piso. En ese momento se para en firme, toma el impulso y justo encaja en el blanco. Se admira e inmediatamente vuelve a su andar pesaroso, cansado, hasta el próximo domicilio.

Muchos nunca notamos que estaba. Ese señor, de grandes espejuelos, que deja ver a sus setenta y pocos su atractivo de antaño, nos pareció el mismo siempre. Noté a Sergio una tarde cualquiera y le presté atención por primera vez a su aspecto, no a él.

Se veía desatendido. Su camisa de cuadros, que siempre se vio impecable, ahora tiene hoyos muy visibles y sus piernas, esbeltas en otro momento, ahora caían hacia dentro, doblegadas por el peso de los años.

Cerca de las siete de la noche ha terminado. Le gusta así. Quizás el trabajo no sea tan largo como él lo hace, pero es una buena excusa para no estar en casa recordando a Rosa.

“Rosa y yo nos conocimos muy jovencitos. Fue mi esposa y mi novia eterna. Me esperó siempre, aun cuando sabía que no estaba claro si volvería”, admite Sergio, el cartero de mi barrio.

Sergio viene del campo. Específicamente de Guasimal, en el fin de Cienfuegos. Su viaje más importante se dio en 1960, siendo un jovencito inexperto, cuando vino para ponerse al servicio de la Revolución. “Estuve en todo lo que pude: fui alfabetizador, luché en Playa Girón y cuando las cosas se tranquilizaron, volví  para contribuir en la construcción del socialismo. No sabes cuántas obras pasaron por estas manos. Círculos infantiles, casas, edificios, de todo. Luego fui maestro de secundaria, esa que está aquí cerca –Guido Fuentes- y ahora soy cartero”.

No tiene nada especial. Un apartamento pequeño, donde convive con la bicicleta de color azul. El resto, cosas viejas y sin uso, de gran valor sentimental, pero que no puede vender ni siquiera para adquirir calzado para el trabajo.

“Vivo al diario. Gano poco más de 200 pesos por ser cartero, y con la pensión me bandeo bien, soy solo yo. La luz y el agua son pocas, nunca estoy aquí. No tengo televisor ni ninguna de esas cosas. Solo leo, y duermo pronto, para que pasen rápido los días. No tengo familia, ni hijos, solo me quedan recuerdos. Por eso abro poco la puerta, para que no se me vayan”.

Solo le queda tiempo para amar a la Revolución, y me muestra sus medallas orgulloso. ¿Por qué sigue creyendo en algo que le falló, y continúa haciéndolo? “Siempre fui fiel a esto. No tuve lo que esperaba tener, ni siquiera puedo vanagloriarme de una vejez tranquila. Fidel fue mi líder y de ahí para atrás, todo el que venga que le siga las ideas, ya no puedo arrepentirme”.

*****

Hoy temprano lo he vuelto a ver. Me saludó, debo ser la única persona con quien lo hace desde que empezó a trabajar esta mañana. Cuando se aleja, pienso en este hombre, de naturaleza solitaria y conciencia comunista.

Le auguro un final triste. Seguro un día se ausenta del trabajo y van a buscarle, para comprobar que se ha reunido con Rosa, el amor de su vida. Así funciona la doctrina marxista en contexto cubano. El Estado no va a ayudarte, pero eventualmente, necesitará al trabajador, lo que uno pueda aportarle, por eso irán a su casa, y tal vez le reclamen si, contrario a los pronósticos, está vivo.

Matarse por esto para no ser nada. Irse sin que se note, no es justo. De repente sonrío. ¿Para qué pensar en eso? Sergio es feliz así, creyéndose útil, sin pensar en qué vendrá. Bendita ignorancia.

 


 

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