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Cubano se queja: su apartamento de microbrigada es una porquería

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apartamento de microbrigada

Una vez más vuelve un cubano a la prensa nacional para denunciar un viejo problema; doloroso, triste y lamentable como un naufragio: el apartamento de microbrigada que le dieron es una porquería.

Tal vez sea “repetitivo” contar algo como esto pero, la chapucería en la que incurren muchísimas microbrigadas en el país a la hora de “entregar dentro del plan” las viviendas es notoria. Está documentada, y no pocas familias han vivido durante años en sus nuevas moradas sufriendo filtraciones de aguas albañales del apartamento superior, puertas “pandeadas”, tupiciones, humedad en las paredes y hasta “pases de corriente” cuando llueve. Las viviendas entregadas a la carrera son un mal endémico no sé de dónde, pero en el socialismo cubano es una Pi constante.

Mientras leía la denuncia que hiciera Luciano Curbelo Pérez en el diario oficialista Juventud Rebelde recordé el apartamento que le fue dado, en el distrito petrolero de Cienfuegos, detrás de la Facultad de Ciencias Médicas, a un colega de estudios preuniversitarios que se hizo médico y colaborante. ¡Un verdadero desastre!

Me contaba él que cuando se entregaron “los segundos edificios” se hicieron tan a la carrera que, como había que inaugurarlos en tiempo, y las tazas de inodoro y lavamanos no alcanzaban para todos los apartamentos, a algunos “les desaparecieron” las llaves, temerosos los responsables de la obra de que las autoridades entraran a uno de esos apartamentos sin terminar.

Cuando los inauguraron y entregaron, nadie se dio cuenta, pero había como un 30% de los apartamentos que no estaban terminados. Por supuesto, la prensa del territorio lo reflejó con todo bombo y platillo.

Uno de esos apartamentos entregados “en homenaje” a tal fecha, hubiese sido el de Luciano Curbelo Pérez. De hecho, a él también, aunque residente en la capital, le ha tocado vivir en carne propia lo que vivió mi amigo Gilberto hasta que se mudó -previo pago de 2000 CUC- de su apartamento en el primer piso.

Curbelo Pérez vive en un apartamento, “o más bien incómodamente vive, en uno de los edificios de la comunidad El Roble, específicamente en la calle 28, entre 8va. y Máximo Gómez, en el municipio capitalino de Guanabacoa”, relata el Juventud Rebelde en carta publicada en la sección Acuse de Recibo en la que se expone una vez más, la mediocridad, falta de rigor, y la chapucería en obras constructivas.

Su caso se complica porque además de los daños económicos en su vivienda, ubicada en una comunidad que fue fundada en 2014, a partir del llamado Proyecto de Construcción de Viviendas Económicas, no es la única, en su edificio, que tiene problemas. De hecho, todo el edificio tiene problemas.

Relata el doliente que, bajo ese plan, se erigieron con urgencia “edificios sin terminación, carentes de pintura interior ni puertas ni closet en los cuartos, y con material de baja calidad en puertas, ventanas, llaves, sistema eléctrico, piso mal pulido. Y sin enchape en baño y cocina”.

“Un verdadero caos, sin valor de uso”, así lo califica en su carta este hombre que desenmascara la os culpables: empresas constructoras de Villa Clara, Matanzas, Mayabeque y Sancti Spíritus. Al menos los inmediatos.

Sí, porque una vez consumado el daño, lo que menos uno esperaría es que las autoridades del gobierno también les hicieran la pala. Ya tenemos bastante con los periodistas que callan y los que son censurados.

Dice Luciano que él fue uno de los beneficiarios de esos apartamentos en 2014, pero “se moja por el baño, cocina, terraza y comedor, las paredes cogen pase de corriente y hemos tenido que cambiar en tres ocasiones el sistema de alumbrado de la vivienda”.

Luciano señala que el Gobierno municipal es sabedor de esos problemas pues “eran planteamientos recurrentes en las asambleas de rendición de cuentas del delegado”.

Expresa que “después de muchas discusiones con funcionarios y directivos, a partir de una carta enviada por él al Comité Provincial del Partido en La Habana, se acordó la revisión de las edificaciones con cada empresa constructora”.

“Se hicieron listas de remate que jamás se concluyeron, lo cual generó altercados con los directivos de las empresas constructoras”, expresa en su misiva.

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Visto lo visto, al gobierno, al país, a Liborio, no le quedó más remedio que erogar dinero del presupuesto nacional. Se aprobaron en el 2017, sí, tres años después de completadas las viviendas, 80 subsidios “para la ejecución del enchape por esfuerzo propio”.

Es decir, los propios ocupantes de las viviendas tenían que enchapar los inmuebles.

Esta acción nunca se concluyó, “por la incorrecta proyección de los funcionarios, así como por las inadecuadas acciones de control que nunca existieron, a pesar de que nunca perdí oportunidad de denunciarlo en la Vicepresidencia de Economía del Gobierno”, señala Luciano en su misiva.

Dos años más tarde, luego de sendas cartas enviadas al Consejo de Estado y las Asambleas Nacional y Provincial del Poder Popular, se personaron en el edificio Villa Clara 8, edificación colindante con la de Luciano, y con iguales problemas constructivos, la Intendente y la Vicepresidenta para la Construcción en el municipio,  además del inversionista de la Vivienda en Guanabacoa. Allí, delante de los vecinos, se acordó iniciar labores de recuperación de esa edificación, y posteriormente pasar al edificio de Luciano, por la envergadura del problema que presenta.

“El 26 de agosto -o sea, hace dos días -, se personaron en la comunidad funcionarios del sistema de Gobierno y Vivienda, por quejas de los moradores de los edificios Villa Clara 6 y 7.

“Para sorpresa nuestra, dice Luciano, la Vicepresidenta del Gobierno para la Construcción alegó que debimos haber proclamado nuestra inconformidad con la vivienda en los primeros nueve meses de entregadas las mismas”.

El descontrol administrativo del departamento de Obras Nuevas de la Dirección Municipal de la Vivienda le jugó una mala pasada a este hombre que no sabe si, por culpa de la incompetencia de estos, él tendrá que volver al albergue donde se encontraba.

por Ariel P.

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