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Cuba

Los edificios de microbrigadas: historias del antes y el después

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Los edificios de microbrigadas fueron por mucho tiempo la solución de algunos cubanos para poder tener una casa

Las microbrigadas son, sin duda alguna, otro ejemplo de la lucha del cubano por una meta simple. Ángela parece la abuela de su edificio: en sus labores de vigilia nocturna busca que no entren personas a orinar en la noche o se preste la soledad para otro avieso fin. ¿El motivo? Nadie siente su casa como ella.

“Muchas de las familias residentes llegaron después, por comprar la casa, una permuta algo así. Yo levanté con estas manos cada una de las paredes”, relata.

El proceso, según quienes lo vivieron, no era para nada sencillo. Luego de pasar 23 años ligado a la construcción, esto antes de tener un hogar listo, Eddy conoce cada uno de los vericuetos: “Debías mantener una conducta intachable en el puesto de trabajo para que fueras elegible para el programa; el resto era mantenerse, más difícil aún”.

De acuerdo con su testimonio, cuando ya estabas dentro del programa, continuabas formando parte de tu empresa, pero tu labor era la construcción. “Los horarios eran interminables. Debías estar en la microbrigada a las siete de la mañana, hasta las seis de la tarde. Rara vez nos íbamos a esa hora”, admite.

La llegada de un camión de materiales u otra tarea cualquiera –casi siempre fuera del tiempo pactado- hacían que las jornadas laborales se extendieran muchas veces hasta altas horas de la noche. “Este edificio necesitó cerca de 20 años para entregarse; si no trabajamos tiempo extra, aún estuviésemos subiendo la mezcla en un cubito”.

Sandra recuerda a la perfección la imagen de su padre en este tiempo, su amor por los futuros vecinos y las reticencias para con los recién llegados. “Según me contaba, la gente se hacía familia porque todos ayudaban a solucionar un problema común. Los problemas de convivencia se limaban a pie de obra y los amigos que se hacían eran para toda la vida”.

En su edificio, es su familia la única de aquellos primeros: “Papi trabajaba en Educación, pero en aquel entonces las casas te las daban como estímulo por realizar posgrados o por otros méritos. Sin embargo, pipo quiso contribuir en la construcción y venía cuando salía del trabajo, para ver en qué podía ser útil”, finaliza.

Las casas de microbrigadas en su mayoría no están hoy en propiedad de sus verdaderos dueños. “En aquel tiempo era ilegal la venta de casas, pero había quien se arriesgaba y lo hacía, solapándolo con una permuta. Entre los domicilios que se entregaban como estímulo del centro de trabajo, le dieron casa a personas que simplemente no las necesitaban y, luego de unos meses en ella, se mudaban o traían a otros”, explica Cecilia.

Ella misma llegó a su apartamento, en 1ra y 4, en el Vedado, de esa forma. “Luego de servir varios años en la residencia del Embajador de Líbano en La Habana, me fui con él a su misión en Canadá. Cuando nos trasladaron a México, mi hijo se puso enfermo de repente y yo pedí volver. El señor se portó muy bien conmigo y me dio una buena suma de dinero, con ella compré este apartamento. A los efectos legales, me lo dieron por ser caso social”, culmina.

Doralis, por su parte, lleva más de 30 años viviendo en el mismo espacio, en Regla. Aunque su marido no cumplía todos los requisitos para formar parte de una cuadrilla de microbrigadistas, terminó comandándola: “Yo estaba embarazada de la niña y no teníamos dónde vivir, por eso nos asignaron la vivienda. Nadie piense que gratuitamente, después de eso, mi esposo debió colaborar en la construcción de varias edificaciones más”.

Aunque fueron años muy sacrificados, la mujer continúa encontrando atractivo ese programa: “Al menos las personas teníamos una garantía. Nos matábamos trabajando, pero la casa estaba ahí. Hubo quien no la disfrutó pues quedó en el camino, pero la legó a su familia”.

Texto y fotos: María Carla Prieto

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