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Cuba

¿Cómo consiguen los padres cubanos matricular a sus hijos en el círculo infantil?

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cuba casos coronavirus

Por Vladia Rosa García

Actualmente el primer requisito para que un niño cubano pueda ser matriculado en el círculo infantil es que debe saber caminar

En otros lugares del mundo son conocidos como guarderías, en Cuba se les llama círculos infantiles. Dicen los más viejos que antes los niños entraban apenas aprendían a gatear. Seis meses después del parto, las madres podían retomar sus trabajos y dejar a sus hijos “en buenas manos”. Pero con los años este “derecho” ha sufrido transformaciones que en nada favorecen a las familias cubanas.

El tiempo de licencia de maternidad en la isla se otorga por un año, período durante el cual se realiza la solicitud para que el pequeño se incorpore al círculo. Lo correcto es que se otorgue un centro cerca de la casa, que el trámite sea un proceso corto y que se priorice a las madres trabajadoras. Pero proceder bien no es lo habitual.

El primer requisito, o más bien traba, es que el menor debe saber caminar. La hija de Ada y Ernesto tiene 22 años. “Cuando Erika entró al círculo infantil, a finales de los 80, solo gateaba. Recuerdo que la seño la ponía en el corral con otros niños para que mirara y se relacionara. Nosotros somos de Villa Clara y en La Habana no teníamos a nadie, así que teníamos que trabajar para poder mantenernos”, recuerda la señora.

Ahora, a la niña de Erika le negaron la solicitud porque aún no ha dado sus primeros pasos. “Mi hija es sola y no tiene con quien dejar a la pequeña”, explica Ada. “Ni su padre ni yo podemos pedir licencia porque después cómo sacamos la casa adelante”. La solución fue recurrir a un negocio particular que, a diferencia de los del Estado, no limita los ingresos.

Otra dificultad frecuente es la lejanía de estas instituciones, pues en caso de que no haya cupo en el barrio, al menor se le matricula en otro. Muchas veces, estos lugares se encuentran en municipios diferentes al de residencia, lo cual complica mucho los horarios, sobre todo por lo difícil que se hace trasladarse en estos tiempos.

“Con lo malo que está el transporte llego tarde al trabajo todos los días. Yo vivo en Lawton, tengo que ir hasta San Miguel del Padrón para dejar al niño, y luego regresar. Y por las tardes lo mismo”, comenta Jesús Noel. Añade que a medida que esperaban, su esposa y él perdían la confianza. “Pasábamos a diario por el círculo que nos queda a dos cuadras de la casa, preguntábamos y nada”. A Laura, su compañera de vida, se le terminó la licencia. “Ahí sí nos desesperamos, pero al final nada”. Tuvieron que conformarse con un centro que les queda a kilómetros de donde viven.

Para Mariela todo fue más difícil. En un inicio le fue asignado un círculo pero luego le llegó una negativa: “A pocos días de septiembre el proceso viró para atrás: ‘Urge darle la plaza de tu niño a fulana de tal porque sus servicios son indispensables para el país’, fue lo único que me dijeron. Tuve que esperar ocho meses hasta una nueva vacante”, cuenta.

 


 

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