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Cuba

Carlos Juan Finlay: una escuela en peligro en el Vedado

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Pese a la estridencia de los colores de la entrada, una parte importante de la escuela Carlos Juan Finlay está clausurada

A sus 49 años, Rosaura no puede olvidar su primer día de clases en la Carlos Juan Finlay. “Era muy imponente. Los edificios siempre parecían recién pintados, el patio estaba limpio y cuidado. El otro día pasé por allí; desde entonces, vivo preocupada por sus estudiantes”, relata.

Esta secundaria básica, uno de los colegios privados más influyentes del Vedado antes de 1959, se encuentra en un estado constructivo deplorable hace más de 15 años.

Yolanda fue directora de la institución por cinco años desde 2004. En esa fecha, solicitó el presupuesto para la reparación: “En la Dirección Provincial de Educación pedí se estudiara el caso a fondo, mas no tuve éxito ninguno. En 2009 ocurrió el desastre”.

La edificación de la izquierda, donde se impartían las clases a los alumnos de noveno grado, comenzó a desplomarse. “En medio de una clase, el piso del aula se abrió en diámetro de casi un metro. Inmediatamente tuvimos que evacuar”.

Por aquel entonces, solo el acceso a la planta superior fue clausurado. De esa manera, desapareció el local donde se entregaba la merienda escolar; cuando las condiciones empeoraron, fue necesario prescindir de casi todos los baños.

Los albañiles “repellaron, pintaron y se desaparecieron hasta el Sol de hoy”

Finalmente, la brigada de albañiles llegó en 2010. Aunque las expectativas fueron muy altas, la rehabilitación del edificio que estaba en peor estado no se llevó a cabo. “Empezaron por uno que, aunque lo necesitaba, podía aguantar un poco más. Según nos dijeron, era mejor esperar la entrada de un lote grande de materiales, y aprovechar esos pocos para una empresa menor. Así, repellaron, pintaron y se desaparecieron hasta el Sol de hoy”, declara Dulce, actual secretaria en la Carlos Juan Finlay.

Mientras tanto, los alumnos continuaban apiñados en solo dos espacios. “Se habilitaron locales en desuso, convertimos en aula un área importante de la biblioteca, fusionamos los grupos. Para ir al servicio, debíamos atravesar el enorme patio. Actualmente es igual: estamos hacinados”, cuenta el profesor de Historia de Cuba, José Luis.

Con la rápida adaptación a las nuevas condiciones, se fueron postergando las labores de restauración por parte de las autoridades competentes. Se instaló una soga con un cartel de NO PASE en las inmediaciones del edificio en peligro de derrumbe y este, simplemente, fue cayendo por trozos, ante la mirada de atónita de todos.

En este momento, los techos no existen, las columnas se muestran gravemente deterioradas y, lo más preocupante, el anuncio para mantener a los alumnos lejos fue retirado.

De acuerdo con los docentes, este es el problema más grave: “Cada día nos rotamos para cuidar el recreo, pues como esa ala está abandonada, los muchachos acuden en parejas y dan rienda suelta a sus hormonas. Si le pasa algo a uno –ni que Dios lo quiera- nosotros pagaremos las consecuencias”, finaliza el maestro.

Hoy, unos pocos materiales quedan cerca del edificio que espera. Los obreros no volvieron nunca, los desprendimientos son recurrentes y la preocupación de los profesores crece.

Texto y fotos: María Carla Prieto

 


 

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