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Cuba

Hijos de Oshún

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Por María Carla Prieto

El 12 de septiembre es en la religión yoruba el día de Oshún. ¿Cómo lo celebran sus hijos en Cuba?

La miel me desborda esta noche. Como cada uno de los devotos, estoy en vela. Hace un rato mi padre fue al Cerro a buscar un ramo de flores que había encargado. Lo ponemos de parte de todos. En una familia de hijos de Oshún es lo lógico.

Me gusta el ramo porque está bien surtido. Girasoles, rosas, azucenas. Se nota que no es del agro de la esquina. Bajamos la sopera de mi padre, que es el único en casa que ha coronado. Frente a ella pedimos todos.

Recuerdo que de niña iba a las fiestas de santo para ver a las hijas de la Caridad del Cobre. Tan zalameras. Cuando se montan siempre piden que les echen miel en un plato llano, y bailan sensuales, provocando a los hombres presentes, sabiéndose reinas, deseadas, poderosas. Todo lo que quería de niña era ser una de ellas.

De grande sigo extasiada. Me deleita la idea de cada ceremonia, de cada patakí. Pero sin duda, lo que más me gusta es verla sacar a Oggún del monte. La gracia y la femineidad que desprende cuando lo hace.

Él entra al bosque hecho una furia, como loco. Y ella sale detrás. Se mueve lentamente, regodeándose, como quien sabe que nadie más puede cumplir con esa misión. Luego de algunos minutos de espera, vuelve triunfante.

En ese momento pareciera que su vestido brilla más que nunca. Su corona está en el lugar correcto, no se ha movido ni un centímetro, en señal de que no fue mucho el esfuerzo que hizo. Viene sonriendo, para variar. Quiere que todos lo vean mansito, sin resistirse. Y es esa, en efecto, la sensación que da. Viene sereno. Ya no está ofuscado, por el contrario, su rostro de guerrero transmite una paz casi incomprensible. Ella, por el contrario, ríe; y todos sabemos que quien solo se ríe…

Nunca pensé que pudiera yo tener la gracia de ser una de sus elegidas. Siempre me bañé en el mar con la fe y la devoción con que una hija legítima de Yemayá lo hace. Siempre pagué los 7 centavos al entrar, nunca nadé más lejos de lo que debía, no jugaba de mano ni me permitía ensuciar las faldas de mi asumida madre.

Sin embargo, siempre tuve una conexión especial con el río. Como que me traía suerte, me quitaba penas, no sé, aun no puedo explicarlo.

Aquella tarde, luego de haber tomado el ñangareo y haber pedido firmeza y estabilidad a las puertas de Orula, me arrodillé pacientemente. Luego de esperar que pasara el turno de las otras tres personas que estaban recibiendo ese bien conmigo, el babalawo acercó su tablero por enésima vez.

“¿De quién crees ser hija?” Confiada pronuncié el nombre de la madre que había adoptado toda mi vida: “Yemayá”. Pero ella no quiso mi cabeza, ni Elegguá tampoco, y Obbatalá, aunque me dio su inteligencia, tampoco quiso hacerse cargo.

Mi madre sí lo supo –las madres siempre saben- y se apresuró a decir “Pregunta por Oshún”. Luego de varios segundos, ya estaba confirmado. Yo era otra apetebbí de Orula.

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