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Cuba

“Ganarse la vida”: Buzos en La Habana

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Texto y fotos: Vladia Rosa García

Tiene 56 años y se gana la vida buceando en la basura de La Habana. Ramón limpia y clasifica las pertenencias que encuentra, según la calidad

Ramón vive solo, no tuvo hijos y la última pareja que se le conoce fue hace más de cinco años. Su cuarto es el tercero del solar. En una pequeña barbacoa, la cama, el ventilador que traslada del cuarto a la sala en dependencia de donde vaya a pasar el tiempo, y el televisor que se topó en algún día de trabajo por las calles.

De vez en cuando, hace guardia en la Clínica Estomatológica de la esquina de su casa. Otras veces, se dedica a recolectar objetos. Algunos lo llaman buzo. Después de las nueve de noche revisa la basura para recoger artículos que pueda utilizar después o vender. “A veces me da pena, por eso espero bien tarde para salir”,  dice Mongui, como lo conocen sus amistades.

Tiene 56 años y asegura que comenzó por un amigo del barrio. Limpia y clasifica las pertenencias que halla según la calidad. “Aquí puede encontrarte cosas en muy buen estado pero en ocasiones no sirven para nada”, comenta. Dedica varias horas a seleccionar minuciosamente lo localizado. Elige lo que le gusta y a lo demás “le da camino”.

Mongui le pone precio a todo.  El costo en su mayoría es mínimo pero de peso en peso gana para comer en la paladar de Anita, cerca de Lawton, comprarse los Criollos y rellenar la caneca del bolsillo. Toma desde joven. Para el vicio guarda debajo de la figurita de porcelana, ubicada encima de la meseta, un ahorrito para invitar el fin de semana a “los socios”.

Entre sus zapatos hay unos de marca Puma aparentemente nuevos, pero con la suela cosida. También unos Adidas negros de cordones diferentes y un poco desteñidos por tanto uso. Ambos aparecieron al lado de un cesto de basura. “Me los llevé sin decir nada porque andaba con otro colega, y me han salido buenísimos. Yeyo, un amigo, después me los quería comprar”.

Cuando no comercia en la esquina asegura que es porque “la cosa se puso caliente”. Entre sus habilidades está la de esquivar a la policía. “Varias veces me han advertido y tengo como tres multas que nunca he pagado”. La actividad que Mongui realiza es ilegal. Oficialmente en el país solo manipulan los desechos la Empresa de Comunales. Pero, “estoy acostumbrado a todo tipo de ajetreo”.

Si en la cuadra hay mucha vigilancia se queda conversando en la bodega o en el parque mientras se despeja el ambiente.  De lo contrario, vuelve a las guardias. “¿Dormir?, ya descansaré en el cementerio; mientras me busco la vida”.

La estantería de exhibición es el suelo, un pedazo de la acera frente a la puerta de un salón donde brindan cursos de gastronomía lunes y miércoles. Candados, bolsos, pantalones de mujer, un pedazo de espejo y una tostadora que pasó arreglando toda la madrugada para ganar más dinero. Esta es la oferta de hoy.

Aunque pasa tiempo entre escombros y desperdicios, Mongui huele bien. Su vecina vende pomitos de extracto que liga con alcohol y hace perfume. Todos los domingos  le compra dos o más en dependencia de la ganancia obtenida. “No soy un andrajoso, me gusta presumir. En el vecindario todo el mundo me conoce. Siempre tengo un piropo para cada mujer que pase por el lado”.

Hace poco le hablaron de un sitio nuevo para buscar. Entonces al oscurecer se pondrá su pantalón verde olivo, el pullover azul de letras blancas y la gorra más viejita del closet. Al hombro la mochila sin zíper que cambió por dos cintos hace un mes, y saldrá a “ganarse la vida”. “Así no hago daño a nadie”, concluye.

 


 

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