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Desde Cuba: “Como enlatados, verduras y de vuelta y vuelta”

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Desde Cuba, un amigo entrañable asegura que gracias “a haber cambiado su modo de vida”, hoy por hoy no le preocupa tanto el llamado “tarifazo eléctrico”.

Su caso, sin embargo, dista mucho de ser “lo normal” en Cuba en la actualidad.

Jesús -uno de esos amigos entrañables de la época universitaria en Cuba- me dice vía telefónica que hace ya algunos años, fecha en la que dejó el alcohol tras perder su matrimonio a causa de la bebida -lo que desencadenó diversos episodios de violencia doméstica y abusos-, cambió su modo de alimentarse. Perdió no solo 20 kilos, que le vino muy bien, aunque asegura que, visto desde ahora, él cree que se debió más que nada al stress.

No solo perdió su matrimonio, sino que estuvo literalmente “a punto” de ser expulsado de su trabajo, y desde entonces se acostumbró a comer casi sin grasa; o nula.

“Si frío algo, es de vuelta y vuelta”, argumenta y explica que, en el vuelta y vuelta, caen los bistecs -finos, pues él aprendió desde pequeño a picarlos- el pescado que en ocasiones pesca en su natal Santa Fe, y hasta algunos enlatados como el spam o la jamonada.

Desde esa época – año 2008 – cambió el arroz por las verduras. Rábanos, remolacha, zanahoria, pepino y lechuga, sustituyeron al arroz y dice que visto en perspectiva, se convirtió en un “visionario”. Los “adereza” con un poquito de aceite, sal y agua.

“En mi casa no se gasta casi corriente en la cocina“, afirma categórico desde La Habana.

Jesús apenas ve la televisión, pues entre el trabajo, la pesca y “la lucha”, consume su tiempo del día; así que el subidón de la tarifa eléctrica no le preocupa a la hora de poner en marcha los calderos.

En “su casita” de la calle B, solo se queda encendido el refrigerador durante el día. Regresa a eso de las 6 pm. Se tira un baño ligero, sale a pescar, regresa, se baña, come y se acuesta.

“Si acaso enciendo tres lámparas; voy apagando una y encendiendo la otra. La única que se queda encendida es la de la sala, que es de 20W”.

Todavía no le ha llegado el recibo, pero afirma que difícilmente suba de 120 kilowatts.

Piensa, sin embargo, en los que sí cocinan en Cuba, que son los que tienen cocina y hasta hierven pañales.

Piensa también en los que viven en apartamentos porque “es distinto el que tiene patio”, que en una emergencia agarra cuatro palos y hace una fogata, pero en los edificios no se puede.

“Ya yo pasé por eso”, cuenta, y al hacerlo recuerda la época del Período Especial, cuando no se podía cocinar, él vivía en un apartamento y en una zona “exclusiva” de Nuevo Vedado.

“Yo no podía cocinar en la calle, era imposible, el único “reventado” en esa cuadra era yo, y un humito que se le colara por la ventana de la casa a uno de esos generales y me levantaban en peso; así que sí, he pasado por la experiencia de inventarla en la cocina, y cuando aquello, éramos tres”.

Las anécdotas pueden servir de alivio. Que un amigo entrañable te asegure desde el otro lado de la línea, en Cuba, que “no te preocupes” y que te diga “no me hace falta nada”, puede ser gratificante, pero no dejas de pensar tú en “los otros”.

No tanto cuando, resignado, te habla de que ya tiene 60 años, que está a punto de jubilarse y que a lo único que tme es a tener un dolor y no tener nadie que le auxilie.

Escuchar que “tengo comida, salud, tengo trabajo y buen salario; no gasto corriente, así que estáte tranquilo”, puede salvarte sin embargo el día a ti, que a 90 millas no tienes ni la sombra de esas preocupaciones.

Eso, si logras dejar de pensar en “los otros”.

Ariel P.

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