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Celebridades

Una crónica a Farah María, ahora que te has ido

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Farah María cantante cubana

Farah María fue la musa de toda una generación. La Gacela de Cuba se ha ido, y así la recuerdo yo, sentada a mi lado, con su hermosa sonrisa.

Muchas veces me he preguntado que tenía Greta Garbo de diferente. ¿Su glamour? ¿Acaso una imagen tan sensual que desbordara pasiones incontrolables? ¿Un look “fuera de serie”? ¿Un cuerpo de Diosa? ¿Aliento cautivador? ¿Mirada de vampiresa e hipnotizadora sueca? ¿Y la Elizabeth Taylor? ¿Qué tenía Liz –aparte de sus ojos– que hacía que los hombres se rindiesen a sus pies como moscas; que provocara tantos pedidos de autógrafos, saludos de manos, roces a su abrigo de visón, al chal…?

¿Qué tenía la Monroe? ¿Un pelo rubio platinado semejante a un Sol bajado a la Tierra? ¿Unas caderas naturales que al menearse les sacaban los cheques del bolsillo a los políticos, hacían fallar tres “suines” seguidos al mejor pelotero o escribir una descomunal pieza teatral?

¿Qué tenían todas ellas que no tuviera mi Farah María? Nada, absolutamente nada. Por el contrario, para quienes nacimos en esta isla llamada Cuba, era más fácil, mucho más fácil, ser fan de Farah María que de cualquier otra mujer, lejana geográficamente e inaccesible como los picos altos del Kilimanjaro. Farah María era incluso más cercana “culturalmente” al estereotipo del cubano. Una “criollita de Wilson” que cantaba, bailaba, actuaba… una Diosa, que Zeus nos mandó al Caribe insular.

Moría de rabia cuando Héctor Téllez la abrazaba, cuando le susurraba al oído. Cuando ella se recostaba a su hombro quería entrarle a mandarriazos a mi televisor Electrón. Me gustaba escuchar a Héctor Téllez, pero no le perdonaba su atrevimiento. Y yo solo tenía 5 años.

Así crecí, entre el Recuerdo de aquel largo viaje y su versión del tango Adiós muchachos. Imaginando que a mí se dirigía cuando interpretaba aquello de Ámame y no pienses mal –lo cual me reafirmaba que no, que el Téllez y ella eran sólo amigos-; creyendo que la conocería pronto cuando “me decía” El día feliz está llegando; y yo, sin experiencia y con niñez, cándidamente soñaba con ella, y cuando iba a la escuela, En mi lento caminar también soñaba. Farah María era mi Canción de todos los días. Su picardía al cantar aquello del Tiburón y el Malecón me provocaba viajar hasta La Habana, algo que no podía hacer siendo tan pequeño.

Sí, la amaba.

En una época en que el racismo me molestaba, con ocho años, me ofendía y mucho, cuando mi hermana, tres años mayor que yo, para provocar mi llanto, me decía que Farah María era mulata, mientras yo me empeñaba en verla bella y deliciosamente mía. Así me la forjé en mi mente, así nunca, mientras fui chico, quise cambiarla.

Falté a su memoria, lo reconozco, cuando conocí a su hija años después. No recuerdo siquiera su nombre, pero fue a mi escuela como integrante de la escuadra juvenil de volleybal del equipo Ciudad Habana. No era regular en aquel equipo la hija de Farah, y aunque Magalys Carvajal daba aquellos brincos y clavaba la pelota en la zona 2 de cualquier equipo, mi mirada concupiscente se detenía a menudo en el banco del equipo C.Habana y admiraba con denuedo incontrolable el rostro de la hija de mi musa adorada. Tenía casi su mismo rostro, casi sus mismas piernas, pero no era su madre.

A pesar de eso, “era lo máximo” mirar a la hija de Farah y mis compañeros y yo le gritábamos al entrenador: “Farah, Farah, Farah” para que la pusiera a jugar. En verdad no despegaba mucho del suelo y su técnica no era la más adecuada. A menudo le tapaban el balón y caía al suelo, provocando el Oooooohhhhhh en las gradas. Pero no era mi Farah. Mi Farah era su madre.

Pensé que la había olvidado, su recuerdo se opacó entre mi admiración por Madonna, Cindy Lauper, Tina Turner e Irene Cara… Años después, casualidades del destino pusieron a mi abuelita y a su madre, en camas contiguas en el hospital de la ciudad de Cienfuegos.

Mi abuela me la presentó diciendo: “¿Sabes quién es ella? La mamá de Farah María. No te vayas que ella está al llegar”.

Allí me quedé, y me hubiese quedado cien horas de ser preciso, pero mi Diva de la niñez no demoró mucho en aparecerse; agitada, asustada, despeinada tras la contingencia, pero bella, extremadamente bella, perfumada, vestida con una blusa escotada, ligera. Agradeció a todos en la sala, enfermeras y doctores. Agradeció especialmente a mi abuela, quien sin desparpajo alguno, le soltó un: “Mira, este es mi nieto; se sabe todas tus canciones”.

Farah depositó su mano sobre mi cabeza, me dio un beso, mintió cuando dijo “Ay que lindo” y provocó que me sentara a su lado, y ella, mi Farah, me atrajo hacia sí, mientras conversaba y me pasaba la mano por la cabeza y yo sudaba frío, temblaba. Ella no se percataba o acaso no le importaba o molestaba. Me dijo algunas palabras. No pude responderle… no recuerdo, y si lo hice, sé que fue con monosílabos.

Así viví días, posiblemente semanas, con ese recuerdo, y sin querer lavarme la cabeza.

A regañadientes logré bañarme días después. Mi abuela había anotado la dirección de su casa en una agenda “por si algún día van a la Habana” y allí estuvo, anotada, sabe Dios que tiempo; a cada rato miraba la hoja. No sé si alguna vez ellas se encontraron, se llamaron. No sé qué se hizo de su señora madre, y confieso que enterré la anécdota en un rincón de mi materia gris.

Acaba de fallecer en Cuba, a la edad de 76 años, mi criolla olvidada.

No me interesa que hayan muerto antes Greta Garbo, ni Elizabeth Taylor. Todos los amores platónicos son así. Inmensurables, infinitos. Cada estrella tiene un nombre. La mía tiene diez letras: Farah María.

Roberto A.

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