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Cuba

Denuncian cartel sexista, que incita al acoso y voyerismo en 1ra y 70

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Dixie Edith, periodista cubana y profesora de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana acudió al parecer en días pasados junto con su esposo, el oficialista Ariel Terrero, al nuevo espacio recreativo recién inaugurado en la intersección de las calles 1ra y 70, en el municipio capitalino de Playa, el mismo que se denunció recientemente que cobra por acceder a él, y corroboraron que una imagen encontrada en uno de los baños hace unos días por estudiantes de la FCOM, merece no solo una repulsa nacional, sino también una condena más firme.

Merece además, y lamentablemente Edith no lo dice en su texto por las claras, que si de verdad el país y su clase dirigente, junto a jóvenes y funcionarios están decididos a pensar como país, más valor tiene ahora mismo dejar a un lado un poco las consignas y hashtags en Twitter, el #VamosPorMas el #SomosContinuidad etc. y etc., y comenzar a articular todas las estructuras y mecanismos para dotarle a la población cubana del civismo que un día tuvo, porque, duele decirlo, la rueda nos está moliendo lenta y dolorosamente.

Y es que no se trata solo de un cartel – ya hablaremos de él -; en la Cuba de hoy se están dando fenómenos muy dolorosos y el país, su gente, poseen las herramientas para enfrentarlo, pero el anquilosamiento, el paño tibio, el “partidismo”, la verticalidad en la toma de decisiones – si sabrá de eso Terrero – tienen desde hace años frenadas las iniciativas personales, si estas no son valoradas, analizadas, estudiadas y aprobadas por una Comisión que estará compuesta a no dudarlo, por un miembro del PCC que juzgará la propuesta no desde su utilidad y aptitud, sino desde el recelo y la militancia.

Piense, por ejemplo, ¿cómo es posible que el movimiento de protectores de animales ha logrado en tan poco tiempo sumar tantas almas y voces al protectorado? Lo ha hecho sin recursos, sin apoyo institucional, sin acceso a los medios de comunicación. Lo han logrado estructurando “corazones y conciencia” y usando las redes sociales. El país, el Estado, sin embargo, les ha devuelto nada. Tiene el Estado, eso sí, la vieja manía de pensar y juzgar los fenómenos actuales, igual al modo en que lo hacía hace ya más de 60 años. El país, el Estado tiene setecientas organizaciones, con 1400 cuadros directivos, y otros 2800 que creen tener algún poder, y no ha hecho nada por apoyar una iniciativa que sin dudas busca rescatar lo mejor del ser humano: el amor. Ese que parece haberse perdido en Cuba; ese que le falta a quien empuja a una anciana para subir él primero a la guagua.

No juzguen este reclamo como algo “político”. Antes de hacerlo, busquen a Rosalía Arnaez, y pregúntenle por los gatos de su edificio, a los cuales ella cuidaba, alimentaba y mimaba como madre.

Con gran sentimiento informo que un ser inmundo y despiadado envenenó a los gatos del parqueo del edificio de Ave 47…

Posted by Rosalia Arnaez on Wednesday, January 15, 2020

Volviendo al cartel… es lo mismo.

Solo se concibe que un cartel así haya sido elaborado, puesto, que haya estado un mes ahí, a la vista de todos, y que solo ahora haya salido a la luz pública una denuncia. Solo una mente muy poco “educada” pudo concebirlo, pero se requirieron miles de mentes muy poco educadas para verlo y no haberlo arrancado de su sitio. O como mínimo, haberlo denunciado.

Es decir: ¿qué ganamos con juzgar un elemento puntual dentro de todo un fenómeno social que genera, propicia, permite situaciones de este tipo y que no hace nada por educar a su gente? Nada.

Pasa igual con la Violencia de Género y con el Racismo que está entronizado por doquier. Por suerte, hemos ganado espacios contra la Homofobia.

Leo la denuncia de Dixie – quien no sé porqué no firmó la reciente propuesta de Ley contra la Violencia de Género en Cuba y sin embargo escribe ahora este texto; recuerdo que ayer vimos un negocio de la capital que pedía “chicas de buena presencia física“; rememoro aquel anuncio en Revolico que pedía chicas dependientas que no fueran negras; miro los gatos asesinados de Rosalía Arnáez, y solo me queda preguntarme, ¿es esto pensar como país? Me parece que no.

Del texto en sí, asaltan también no pocas dudas y recelos.

Dixie entrevista a dos juristas y les pide su opinión sobre el cartel de marras. ¿Estaba buscando la periodista que las juristas dijeran que en Cuba, en su código penal están tipificadas estas conductas como “delitos” y que pueden ser juzgables? ¿Le hace Edith, contrajuego a la propuesta de Ley contra la Violencia de Género que ella misma decidió no firmar?

por Roberto A.

texto de Dixie Edith en Cubadebate

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Del chiste pesado al sexismo no hay más que un paso. Evidencias abundan; basta con revisar, incluso a vuelo de pájaro, espacios de comunicación diversos, en cualquier formato. ¿Pero qué ocurre cuando el dudoso intento de gracia, por si fuera poco, naturaliza un delito?

La interrogante no es banal ni exagerada. Hace pocos días, un grupo de estudiantes de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, recién concluido su semestre de estudios sobre género, debatían vía WhatsApp sobre la foto que acompaña a este texto. “¿Pero, qué cosa es esto?”, se preguntaban algunos. “¿Nadie se da cuenta de este disparate?”, interpelaban otras.

La llevada y traída fotografía captó los pictogramas que señalizan un baño público ubicado en el nuevo espacio recreativo del litoral costero capitalino, en la intersección de las calles 1ra y 70, en el municipio de Playa. Las figuras muestran a un hombre mirando a hurtadillas a una mujer, por encima de lo que parece la pared que divide ambos servicios. Y aquí, el frustrado intento de “broma” llegó y paró.

Ya no estamos hablando de sombreros antiguos: de copa para ellos y bien llenos de flores o encajes para ellas; o de estereotipados personajes de cine que muestran al galán y la doncella, la flamenca y el torero. Ni siquiera de esos otros intentos de “creatividad” que apelan a símbolos fálicos, tacones o corbatas, o cualquier otro tópico teñido de sexismo, por obra y gracia de la tradición machista que nos persigue.

Ahora estamos asistiendo, además, a la incitación de un acto penado en nuestras leyes. Y que, por si fuera poco, no solo posiciona una vez más a la mujer como sujeto –víctima “natural”- de la masculinidad hegemónica, sino que coloca a todos los hombres en posición de violadores de la ley, de victimarios. Eso se llama violencia simbólica.

A juicio de Yamila González Ferrer, jurista y experta en temas de género y de familia, “cuando ocurre lo que esa imagen está demostrando estamos ante un delito de acoso, previsto en el Artículo 303 del Código Penal, que se refiere al ultraje sexual”. Pero, para ella, lo más grave en este caso concreto es que “ese tipo de simbología se utilice en un lugar público”.

Tres incisos tiene el referido Artículo 303, que propone sanciones de hasta “tres meses de privación de libertad” o “multa de cien a trescientas cuotas” a quienes acosen a otras personas “con requerimientos sexuales”; ofendan “el pudor o las buenas costumbres con exhibiciones o actos obscenos”, o produzcan o pongan en circulación “publicaciones, grabados, cintas cinematográficas o magnetofónicas, grabaciones, fotografías u otros objetos que resulten obscenos, tendentes a pervertir o degradar las costumbres”.

“Si yo hiciera una interpretación dinámica o evolutiva del derecho –apunta Yamila- el inciso c de ese delito de ultraje sexual se lo puedo aplicar perfectamente a ese caso”.

Con ella coincide otra jurista, la doctora Arlín Pérez Duarte, en este caso penalista experimentada. A su juicio, ese último acápite aplica en el caso que nos ocupa a partir de lo que llama una “interpretación analógica” de la ley, pues “apela a los efectos provocados”. La especialista considera que, en este asunto, “desde el tema de los derechos hay mucha tela por donde cortar”.

Por ejemplo, podrían buscarse implicaciones delictivas a partir del llamado voyeurismo o, en buen gracejo criollo, rascabucheo, lo que ante los ojos de la ley se considera una modalidad de ultraje o un delito contra el honor. Aunque tradicionalmente este tipo de infracción en Cuba no se sanciona como delito, sino más como contravención, en opinión de la penalista, en este caso “tiene un alcance mayor, pues está en una institución que brinda un servicio público”. O sea, va más allá de la afectación a una persona individual.

El mundo de la señalética para rotular puertas de aseos y baños públicos no sólo sirve como adelanto de lo que encontraremos dentro, sino que es un ajiaco donde se cuecen múltiples propuestas de diseño que se mueven entre las peliagudas aguas del buen y el mal gusto; de lo vulgar y lo realmente creativo. En este lamentable caso criollo, para poner más sazón al caldo, la dichosa señalización también viola el artículo 40 de la recién aprobada Constitución de la República, que defiende la dignidad humana; el 43, que condena la violencia de género en todas sus formas y el 48, que defiende el derecho a la intimidad. Y podríamos seguir buscando.

Actualmente, muchos debates públicos alrededor del mundo andan ocupados en cómo lograr señaléticas y espacios urbanos más inclusivos, que no reproduzcan esos estereotipos que nuestras sociedades patriarcales han colgado a mujeres y hombres. Se habla, por ejemplo, de aseos unisex, que sirvan igual para ellos y ellas, lo cual ayudaría también a no humillar o discriminar a otras personas que tienen diferentes orientaciones sexuales e identidades de género.

Si por acá nos encontramos aún señales como la de la foto de marras, resulta evidente que estamos aún muy lejos de esas otras polémicas. Lo lamentable es que el caso no es único. Los mismos estudiantes que cuestionaban y polemizaban sobre la señal de 1ra y 70, también aseguraban que han visto pictogramas similares en otros establecimientos, sobre todo del sector cuentapropista.

Al igual que ocurre con la publicidad, el diseño urbano, con o sin intención, ayuda a perpetuar ideas mediante códigos gráficos y guiños creativos. Y como el machismo está tan naturalizado en nuestras vidas, a menudo nos cuesta identificar que tras esos aparentemente inocentes chistes se esconde un mensaje profundamente violento, amenazante que, al decir de García Márquez, podría convertirse en la crónica anunciada de un delito de acoso.


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