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Cuba

A Yemayá hay que celebrarla

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“A Yemayá se le pone quimbombó con bolas de plátano verde y palanquetas de gofio. Ya compré piñas, naranjas y un melón de agua”, cuenta Caridad

-¡Aggó! -dice mientras mueve cada una de las soperas para hacerle un espacio. Desde temprano ha estado caminando por los alrededores de Neptuno, buscando unas flores bonitas –y económicas- que pueda ofrendarle. Llega al pequeño cuarto cerca de las 12 del día. Corta con cuidado el tallo de cada una de las flores. La tijera, aparentemente nueva, pierde el cabo. Maldice. En parte está molesto por las flores. Tuvo que conformarse con algunos botones de girasoles, gladiolos descoloridos y varios mazos de albahaca. No hay flores rojas, ni violetas, mucho menos nomeolvides.

Selecciona un pomo de cristal en su pequeña cocina, hará las veces de búcaro. Corta una vela larga. No tiene más. Selecciona la sopera azul de entre otras tantas, la coloca en el suelo y le presenta las flores. Enciende las velas, toma la maraca en la mano y pide. Boca abajo, los ojos cerrados y un ritmo constante. ¡Yemayá, arranca lo malo de mi camino!

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Caridad lleva varios días volviéndose loca. Aunque a su cabeza fue Obbatalá, Yemayá es su madre y la de su hijo pequeño. Por si fuera poco, hoy cumple 15 años de santo. Ha buscado por todos los medios un violinista. Esa sería la opción más barata puesto que un mariachi cuesta 150 CUC. Es para ricos.

Su padrino llegó desde temprano. Le dio coco a sus santos y la ayudó a preparar  los alimentos para ofrendar. “A Yemayá se le pone quimbombó con bolas de plátano verde y palanquetas de gofio. Ya compré piñas, naranjas y un melón de agua”.

A las 4 de la tarde comienza el violín. Todos los vecinos del solar llegan a la casa. Se brinda aguardiente, vino, ron y cerveza. Finalmente, Caridad no tuvo más remedio que contratar el mariachi, -media hora, 80 CUC- aunque los doce músicos apenas caben en el cuarto de solar.

Las canciones mexicanas se suceden. La bebida se cuela por cada rincón del solar, la caldosa vendrá dentro de un rato, cuando la gente esté algo borracha, pa´ bajar los humos. Se comenta por todos lados que “Cari esta vez se la gastó”.

Se termina la media hora y suena Van Van. El lugar se alborota. Las parejas invaden el pasillo de la ciudadela. Una de las parejas choca contra la puerta contigua. La dueña, una señora de escasos 70 años, se para en el umbral por primera vez en el día. Vuelve a entrar y tranca la puerta.

Ella también coronó a Yemayá en su cabeza, más no puede permitirse un gran jolgorio. El 6 de octubre será el primer aniversario de muerte de su esposo, que por añadidura cumpliría hoy 74 años. Su madre no entiende de penas.

Bruna seca sus lágrimas y vuelve a encender las velas. El viento del pasillo las apagó, ¿o será el calor que desprende la gente? El solar continúa de fiesta. Ella mira la corona de metal encima de su sopera, la corona de reina de su madre. Quiere llorar, pero no puede; no debe. Hoy es un día para estar alegres. Aleja el luto de su mente.

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A Yemayá hay que celebrarla.

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