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Cuba

Viajar a provincia en Cuba: los sollozos de la “coyuntura”

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Texto y fotos: Lucía Jerez

La nueva “coyuntura” que enfrenta Cuba ante la ausencia de  combustible, ha dado al transporte una estocada difícil. Viajar a provincia es toda una odisea

Cualquiera que haya visto la fila de carros viejos, mínima, si se compara con la de las personas que esperan, pudiera decir que, tras el muro de la Coubre, en La Habana Vieja está, en todo su esplendor, la “ciudad derruida” a la que se refirió una vez Guillermo Cabrera Infante.

Justo en la calle Arsenal, esquina Factoría, frente a la antigua Casa de los Vinos que luce sin pudor su destrucción abismal, está el lugar donde aparcan los vehículos que transportan pasajeros hacia todos los municipios de la provincia Mayabeque.

El sitio caracterizado por el repugnante olor a orine, mugre y contenedores de basura desbordante, y en el que aguardan niños, ancianos, enfermos que regresan de sus turnos médicos  y jóvenes universitarios, entre otros transeúntes, conserva intacto su ambiente deplorable, solo que ahora le faltan carros.

Si bien el petróleo ha experimentado otros períodos de inestabilidad, propensos para que los choferes particulares disparen las tarifas del pasaje, la nueva “coyuntura” que enfrenta el país ante la ausencia de varios combustibles, entre ellos el diésel, ha dado al transporte una estocada difícil de rebasar, y si la situación se vuelve insostenible para moverse dentro de la capital u otras ciudades, viajar fuera de ella resulta casi imposible.

A diario, en este lugar amanecen decenas de personas que intentan trasladarse hacia provincia. Los pocos autos que continúan trabajando, y no han aparcado en sus casas hasta que pase la “coyuntura”, tratan de hacer los viajes más cortos, o sea, llevar pasajeros hasta los municipios mayabequenses más cercanos a La Habana, pues requiere menos cantidad de combustible, asunto que se vuelve muy complejo para quienes se dirigen a los territorios de mayor lejanía como Madruga, San Nicolás de Bari, o Nueva Paz, ubicado a 72 km de la capital.

“Te voy a ser sincero, a mí no me es negocio botear hasta allá porque en primer lugar no tengo petróleo y el dueño del carro me advirtió que no lo hiciera, y, en segundo, porque no puedo cobrar más caro el viaje, por la nueva resolución que nos puso un máximo de 50 CUP hasta el lugar más lejano; si me coge un inspector, me parte. Y así no se puede”, me comentó un chofer residente en San José de las Lajas, capital de la provincia Mayabeque”.

 

Por estos días no sorprende allí que una persona pase más de cinco o seis horas de pie esperando un vehículo dispuesto a conducirla hasta el destino requerido. Incluso, muchas veces, puede que no llegue ninguno. “¿Tú crees que no?, cuenta una señora desde una de las viviendas cercanas al estacionamiento, “aquí hay gente que debe haber tenido que regresar por donde vino, dormir en un parque o irse a pie, porque esto se ha puesto feo y se pondrá peor”.

Los ómnibus que anteriormente salían desde las terminales locales de cada uno de los municipios -aunque no con total regularidad- ahora no están viajando y si lo hacen es una vez al día, lo cual no cumple, ni la mitad, con la demanda de pasajeros.

“Ya no puedo más”, dice recostada al muro de la Coubre y con la mirada perdida una mujer delgada, que minutos antes le gritaba “silencio” a su hijo mayor, quien paseaba a la niña más pequeña en un coche rosado por el pavimento grasoso e insalubre del lugar. “Estoy aquí desde las siete de la mañana, van a ser las doce y esto está peor, llega gente, gente y más gente y no hay carros”, expresa mientras con un granizado de naranja intenta calmar los sollozos de su hija menor.

El sitio no tiene nombre, más conocido como “piquera” o “terminal”, se ha convertido también en un espacio para vendedores ambulantes de comida, bebidas o confituras, negocio en el que han incursionado quienes viven en las casas más próximas y ofertan desde panes y refrescos hasta pomos rellenados con agua del grifo. Una señora se ha convertido en caso curioso por alquilar el baño de su propia casa a los choferes y viajeros.

“Mira, te voy a hacer un cuento”, habla un señor de mediana edad, mientras se limpia las gotas de la frente con una toalla amarilla. “El otro día, como a las cinco y pico de la tarde, esa hora en la que cualquiera que esté aquí se desespera, llegó un carro y el chofer pidió 125 CUP por persona hasta Güines, y, además, anotó el nombre de todos en una hoja con el número de carnet al lado, porque, según él, si un inspector lo llamaba a contar, él averiguaría de dónde salió la denuncia y ajustaría cuentas. Por supuesto, se montaron los que pudieron pagar. Porque siempre es así, niña. ¿Quiénes se salvan? ¿Quiénes se joden?, los mismos siempre”.

 


 

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