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“No todos los que vivimos en Varadero tenemos dinero”, asegura un pescador

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Entre cinco y seis pescadores de Varadero se agrupan en un mismo barco para poder salir a pescar dos veces al mes. En total, cada viaje les cuesta cerca de 200 CUC

Angelito nació en Varadero cuando era solo una península delgadísima de 20 kilómetros de arena y mar. Cuando no había campos de golf, de tenis, ni marina, ni delfinario, ni restaurantes gourmet, ni boutiques, ni vendedores de artesanías cada dos portales, ni hoteles cinco estrellas. Cuando Varadero solo era un pueblo de hombres de mar. Su familia, conocida como la Rompe Olas, es la generación más antigua de pescadores de la zona. Él creció, como quien dice, arriba del barco.

“Todo el mundo piensa que el que vive aquí tiene mucho dinero. Pero el dinero lo tienen los gerentes, los cantineros, los camareros: la gente que trabaja con el turismo. Nosotros no tenemos nada”.

En Varadero hay un refrán que dice: “Enero, febrero y marzo, pescador descalzo”.

Entre cinco y seis pescadores se agrupan en un mismo barco y salen a pescar dos veces al mes, generalmente por cuestiones de suministros. La escasez de petróleo es lo que más les afecta. El viaje requiere de 100 a 150 litros. Perderse siete días en el mar implica comprar carnadas –porque en la playa está prohibido capturarlas–, hielo para mantener el agua, comida: pan, mayonesa, galletas. “Y ron para matar el aburrimiento”. En total, cada viaje cuesta cerca de 200 CUC.

La abundancia de pescados depende de la temporada. La mejor es en mayo, junio y julio. Abundan pargos, cuberas, rabirrubias, cojinúas. El resto del tiempo se pesca lo que se puede.

A Angelito el trabajo le alcanza para mantener estable a su familia y echar a andar su pequeño navío. Explica que ahora hay más gastos que años atrás. “Este es uno de los principales destinos para el turismo extranjero, entonces se encarecen los productos de cualquier tipo, tanto para ellos como para nosotros los cubanos”.

De lo que captura, Angelito le entrega un porciento al Estado. El resto es para él, pero su parte siempre es menor: el convenio está firmado así. Además tiene que sobreponerse a los problemas con el pago, pues el gobierno demora mucho en saldarle. La Empresa Pesquera de Matanzas (PESCAMAT) es la intermediaria que se encarga de vender pescado a los hoteles, pero a veces pasan meses entre la entrega y el pago.

“El Estado ha llegado a deberme 30 000 pesos cubanos de la cantidad de pescado que he cogido yo solo. Y me lo pagan casi un año después. ¿De qué vivo el resto del tiempo?”

Tampoco hay una tienda donde los pescadores puedan comprar sus instrumentos de trabajo. Los consiguen en la calle, a través de gente que viaja y los importa. Caros. Solo una vez en diez años PESCAMAT le entregó dos cajas de anzuelos. Pintar el barco, por ejemplo, implica comprar dos galones de esmalte que cuestan, cada uno, 25 CUC. Se supone que Angelito lo haga dos veces al año. Solo lo puede hacer una.

Durante el Tercer Período Ordinario de Sesiones de la IX Legislatura de la Asamblea Nacional de Poder Popular se aprobó el proyecto de Ley de Pesca para “establecer las regulaciones para el adecuado ordenamiento, administración y control de la pesca, en función de la conservación y el aprovechamiento racional de los recursos hidrobiológicos en las aguas marítimas, fluviales y lacustres de la República de Cuba, con el objetivo de contribuir a la soberanía alimentario de la nación”, según explica su artículo número uno.

En este se declara además que la actividad se practica de manera libre por las personas naturales, nacionales o extranjeras, desde el litoral u orillas nacionales mediante varas o carretes, cordeles y anzuelo, sin el auxilio de medios flotantes. No se permite esta práctica sin previa autorización en las zonas declaradas como zonas de alta significación ambiental e importancia histórico-cultural.

Varadero tiene la reserva ecológica Varahicacos donde pulula el hicaco, planta característica del territorio, aves acuáticas, migratorias y especies endémicas como tortugas, iguanas, peces de colores y habita además, un cactus de más de 600 años de antigüedad.

Sin embargo, en la playa, territorio libre, a él como a otros pescadores les prohíben pescar.

−Ni buscar carnadas nos dejan. He tenido varios encuentros con la policía. Les digo: esto es una zona soberana, solo estoy realizando mi actividad en el litoral norte. Contestan que ahí mandan ellos.

Varios pescadores han reclamado a la empresa que hablen con los inspectores de la playa, asegura. Porque tienen carnet profesional y licencias por las cuales pagan: de pesca a pita, submarina, en barco. “Solo voy a la playa a coger sardinas. Casi siempre al amanecer cuando hay menos bañistas, para no molestar a nadie”.

Cuenta que hace poco se le acercó un extranjero y le dijo: ‘Llevo una semana aquí y no he podido comer pescado de mar. En el hotel me han dado solo de río. Ese no lo quiero. Es increíble que una isla no tenga pescado”.

Angelito, que tiene una respuesta sensata para todo lo relacionado con el mar, aquella tarde no supo qué contestarle al turista.

Texto y foto: María Carla Prieto

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