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Una cubana asegura que lo que le dan a ella en la bodega le alcanza y la pregunta lógica, ahora, es esta: ¿Será ella una especie en extinción?

Una tunera aseguró a un periodista de Tiempo21 en Las Tunas que se puede vivir con lo viene a la bodega porque a ella, “le alcanza”.

“Por lo menos a mí no me ha hecho falta nada, gracias a Dios. Compro mis mandados en mi bodega, con eso me siento suficiente porque me alcanzan. Aparte de eso, la vianda que adquiero por ahí al precio que sea hay que comprarla, nunca la he sentido tan cara como para pasar esa necesidad”, expuso la mujer.

Momentos antes dijo que no veía mala la alimentación en el país dado “el momento que estamos viviendo”.

“Uno se adapta a las dificultades y vive como debe vivir”, reconoció la mujer que luego aclaró:

“No es que tenga dinero, pero, bueno, nunca he sentido lo que se dice que esto aquí está malo y que allá no. Yo compro mis cositas y voy pasando”, añadió la mujer.

No está claro de qué manera el medio oficialista permitió “colar” en el reportaje el criterio de esta mujer que tal parece una “especie en extinción” dentro de la isla. Lo que sí está claro es que es “su” criterio, y lo dio, pero no es representativo.

Bodega Cuba Libreta de Abastecimiento

Foto: Cubadebate

Y es “peligroso”, además, porque tiende a crear falsas expectativas o creencias; sobre todo en esa gente que ha sido durante años bombardeada por la propaganda eficaz del gobierno cubano que ha hecho creer a miles de extranjeros -muchos de los cuales pudieran ver este reportaje- que en Cuba todo se distribuye equitativamente y que creen que la bodegas son una maravilla del mundo moderno.

Quien momentos antes escuchó decir a otra mujer, en el mismo reportaje, que la situación está “bien difícil” con los cárnicos, que compra en la calle “lo que hay” o esos otros entrevistados que aseguran que “las viandas y el arroz están perdidos, yo creo que eso es de otra galaxia” y que “lo que aparece es el plátano burro, que son 15 pesos un racimo y eso no saca a nadie de ningún apuro; o que “lo otro que hay es harina de maíz que a veces traen, pero solo a determinadas tiendas”, pueden llegar a la conclusión que es una situación coyuntural impulsada por la covid-19 y no una situación que se viene repitiendo desde hace decenas de años en todo el país.

Las libretas de abastecimiento y las bodegas y los productos que en ella se despachan, se conoce de sobra que no alcanzan; pero al precio en que se vende, que el Estado se encarga de aclarar que es subsidiado, aunque no hay nada más “subsidiado” que el salario que un trabajador cubano deja de devengar, confunden al extranjero que, por ejemplo calcula el precio de una libra de arroz en la bodega con la tasa informal del dólar.

Al menos esa era una bronca eterna que muchos italianos sostenían cuando uno, cubano, más curtido en la batalla, les intentaba explicar que ese “producto subsidiado” ni era tan subsidiado, y tan solo alcanzaba por unos días. Esa cuenta ya está sacada una y mil veces.

El testimonio de esta tunera que ha hecho ver la bodega como una felicidad, más que como un tormento o pesadilla que es lo que realmente es, me ha recordado a la ya difunta hermana de mi abuela, Teresa Rodríguez, residente en la Calle Armas, en la barriada de Lawton en el municipio de Diez de Octubre, cuya rara condición genética le permitía desayunar a las 8:0 am y no comer nada en todo el día hasta las 6:00 pm, hora en la que comía un poquitico de arroz -cuatro o cinco cucharadas, no más-, y que a cada rato repetía la misma frase:

“Chico, a mí me alcanza lo que me dan en la bodega”.

por Roberto A. 

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