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Por Fernando Vargas

La Habana tiene un ritmo propio que la hace diferente a cualquier otra ciudad. Mientras se erigen modernos hoteles, se salvan algunos inmuebles de la erosión del tiempo y del abandono de las instituciones, a pocos pasos, otros no han sido tocados por la “varita mágica” de las acciones planificadas por el 500 aniversario o la inversión extranjera, y piden a gritos atención.

En este contexto, hay jóvenes que asaltan las calles con sus brochas, sprays o plumones e imponen, cual estilistas caprichosos, un inusitado “colorete” a inmuebles cuarteados como la piel de una anciana que nunca ha podido acceder a cremas hidratantes para compensar la sentencia implacable del dios Cronos.

Me da la gana, tú no me pariste

Abraham Echeverría (MrSaD26), joven estudiante de Historia en la Universidad de La Habana, empezó a pintar en las calles de Bauta, su pueblo natal. La acción no tuvo buenos resultados y confinó su vocación artística a las paredes de su cuarto. En la capital conoció a otros aficionados al grafiti y se le abrió un nuevo mundo: “Suelo buscar lugares visibles y que estén deteriorados, donde lo que voy a decir tenga un sentido y la locación ayude. Los diseños van llegando solos y según lo que voy sintiendo, los voy haciendo”, le revela a Cuballama el artista underground.

Para él, lo más importante es dejar un mensaje y que la gente reflexione al verlo. Por eso prefiere las paradas de ómnibus, donde los cubanos pasan buena parte del día. Sus trabajos recorren todos los estratos de la sociedad, con frases populares cargadas de fuerza como “No hay cráneo” o “Me da la gana, tú no me pariste” y otras más metafóricas o reflexivas: “Este es el corazón de la isla”—extraída de una obra representada por Teatro El Público—, “Deja que las lágrimas te mojen la cara” o “Solo el amor basta”.

Cortesía del artista

Las mujeres también tienen con qué

Gabriela Padrón (Azul) es una de las muchachas que, rompiendo con los estereotipos de género, se aventuran a colorear la ciudad. A diferencia de Abraham, prefiere darle protagonismo a una muñequita desnuda cuyos marcados pechos atraen —o escandalizan— a los caminantes. Aunque la joven grafitera confiesa que al inicio no tenía un discurso feminista articulado, su personaje, de cierta forma, muestra puntos de contacto con su vida y reivindica un estado de plenitud y libertad: “Azul viene por mi pelo y mis amistades que siempre me llamaban así. La muñeca tiene unos rasgos básicos pero cambia en dependencia del lugar. Va desnuda porque es una forma de demostrar la necesidad de estar bien con una misma.”

Cortesía del artista

Azul ha sido muy fecunda. Gracias a ella, su amiga Carmen Barrueco (Fulana), profesora de inglés, se inició recientemente en este mundo. Su tag le viene “como anillo al dedo” para jugar al anonimato en sus creaciones gráficas, y actualmente experimenta con distintas palabras y tipografías, mientras va perfeccionando a una figura humanoide iracunda que “anda verde” y amenaza con “ponerse fula”.

Cortesía del artista

Aunque ambas son de las pocas mujeres que se están haciendo visibles en los muros capitalinos, reconocen que la comunidad de hombres grafiteros, hasta ahora, nunca les ha sido hostil. Achacan la poca presencia de muchachas a lo riesgoso del pasatiempo, pues, por lo general, las cubanas prefieren hacer “cosas más seguras y menos problemáticas”.

Seorek por todas partes

Amparado en las sombras de la noche, Seorek ha desarrollado una habilidad impresionante para dejar su huella en infinidad de lugares visibles de La Habana. Muros viejos, ómnibus, paneles de zinc, postes eléctricos, puertas de bodegas… Prefiere no dar su nombre real, pues ya ha tenido varios altercados con la policía, por eso evita que su cara sea identificable. Nadie sabe quién es, pero todo el mundo lo ha visto.

Empezó a pintar con un amigo francés y ver su firma por la ciudad le genera un placer adictivo. Aunque ha hecho algunos trabajos autorizados, prefiere la adrenalina de lo prohibido: “Es mucho más divertido pintar el grafiti que puede ser ilegal, pues es lo que sientes en ese momento. Cuando haces una pieza para un festival, un gran dibujo más cercano al arte, está bien, pero no se siente lo mismo.”

Cortesía del artista

¿Arte o vandalismo?

Si el grafiti es arte o vandalismo es una de las grandes discusiones desde que resurgió como corriente urbana en los Estados Unidos de los años 60 del siglo pasado. En Cuba la situación resulta compleja. No hay ninguna ley en concreto contra esta práctica, pero el código penal en su libro II, capítulo II: “Delitos contra la seguridad interior del Estado”, sección sexta, condena el sabotaje: “ARTÍCULO 104.1.- Incurre en sanción de privación de libertad de dos a diez años el que, con el propósito de impedir u obstaculizar su normal uso o funcionamiento, o a sabiendas de que puede producirse este resultado, destruya, altere, dañe o perjudique en cualquier forma los medios, recursos, edificaciones, instalaciones o unidades socio-económicas o militares siguientes […]”.

Los grafiteros entrevistados coinciden en que la aplicación es “a suerte”, en dependencia de si alguien hace una denuncia y de las medidas que el policía de turno quiera tomar. Generalmente todo se queda en una multa, una carta de advertencia o unas horas de detención. Según Seorek: “El máximo que he pasado en el calabozo es 18 horas. Cuando entras en la estación depende de lo que ellos decidan. No es lo mismo si te cogen de noche pintando en una guagua que si lo haces de día en un muro abandonado. Los grafiteros y la policía siempre tendrán sus problemas en todo el mundo; a veces es injusto, pero uno tiene que aguantarse y ya”.

Abraham, por su parte, declara que, más allá de lo legal, es muy relativo definir si colorear los espacios públicos es vandalismo o no, y las acciones represivas muchas veces están condicionadas a lo que hagas, lo que pongas y quién te vea o denuncie:

“La mayoría de los grafiteros pintamos de día, a plena luz, pedimos permiso y generalmente la gente accede porque estamos haciendo bien. Creo que tiene que ver con la situación estética de La Habana. Conozco la experiencia de un amigo que lo llevaron preso porque una persona llamó a la policía diciendo que no estaba autorizado. En la perseguidora entabló una conversación tan agradable que terminaron dejándolo ir. El vandalismo es de cierta forma un consenso, y si para la gente el grafiti es bueno, deja de estar calificado así”.

Azul casi siempre pinta con su conciencia tranquila. Elige bien sus muros para no molestar a nadie con su arte: “Nunca escojo casas, ni instituciones. Solo lugares que el Estado ha dejado degradarse e intervengo porque creo que no le hago daño a nadie. Mi trabajo es súper sano. Siempre vas a lidiar con que la gente de afuera lo vea mal, pero es lo que me gusta”.

Un regalo fugaz

La principal diferencia del grafiti con la pintura mural es su carácter efímero y público, que lo convierte en una manifestación difícil de rentabilizar. En Cuba la pintura tiene altos costos y muchas veces los propios artistas deben condicionar sus dibujos al material disponible.

Creadores de renombre mundial, como Bansky, han logrado hacerse ricos gracias a la venta de sus obras, ya sea trasladándolas a una galería o mediante sus diseños. Entre nosotros algunos grafiteros como Mr. Myl y 2+2=5 se han dado a conocer en espacios como la Galería Taller Gorría, en San Isidro, con estrategias comerciales similares, u ofreciendo servicios de decoración en negocios privados.

El tema de la comercialización de este arte underground tampoco ha estado exento de polémicas, y algunos detractores alegan que pierde su esencia cuando entra en la complicada amalgama del mercado. Varios de nuestros entrevistados también “incursionan” en la plástica y el mural, aunque reconocen que es importante separar ambos trabajos, cuyos objetivos son diferentes. Sobre ello Abraham reflexiona: “El grafiti es esencialmente público, un pedazo de ti que regalas, pueden pintarlo, tumbarlo o cuidarlo: ya no es tuyo. El grafitero puede buscarse la vida vendiendo otros diseños, pero hacer grafiti es una necesidad social y para mí debe ser solo eso”.

Habrá quien vea en esta manifestación una expresión estética más; otros, una agresión al ornato público. A estos artistas noveles poco les importan las valoraciones a posteriori; tampoco se detienen si una brigada de mantenimiento tapa sus creaciones o un competidor pinta sobre ellas para “marcar terreno”. Al menos por ahora siguen empecinados en la misión de darle colorete a esta vieja coqueta que no se resigna a sus 500 años, porque nació para ser eternamente joven.

(Intentamos contactar con los grafiteros Luis Casas (Mr.Myl) y Fabián López, pero, por diversas razones, prefirieron no participar en el reportaje).

 


 

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