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Cuba

El gas licuado, otra agonía en las cocinas cubanas

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Desde agosto último aparecieron nuevas regulaciones con respecto a la entrega de gas a la población. Ahora en las cocinas cubanas hay doble reto: buscar qué cocinar y cómo hacerlo

Por Lucía Jerez

En Cuba no solo es un problema encontrar qué cocinar, debido a las carencias perennes. Hallar la manera de elaborar los alimentos es otra odisea. La ausencia del gas licuado preocupa a muchas familias, las cuales no paran de buscar soluciones.

“Además de estar tenso porque no aparece la comida, luego de que la consigues, con sacrificio, no tienes cómo prepararla. La situación es terrible. Con las balitas que nos asignaban nunca era suficiente, pero, al menos, las pagábamos por la izquierda; ahora, ni eso”, afirma Clara Mercedes, residente del municipio Güines en Mayabeque.

Si bien el dilema es bastante generalizado, se agudiza en las territorios apartados del centro de la capital. En determinadas zonas aún el gas llega directamente por tuberías a los fogones.

Durante el pasado agosto y ante los conflictos con el combustible que ya venía arrastrando el país, se crearon nuevas regulaciones con respecto a la entrega de gas a la población. Si anterior a esta fecha conseguirlo era difícil, posterior a ella se ha vuelto un martirio.

“Según lo establecido, las personas normadas, o sea, aquellas que lo reciben por cuota no podían adquirir el liberado y el Estado solo otorga dos recipientes al año, dependiendo de la composición del núcleo familiar. Ahora, quienes no entran en este grupo y deben obtenerlo por la libre están autorizados a comprar un cilindro cada dos meses”, explicó Orquídea Fuentes, trabajadora de CUPET en La Habana.

“Yo pertenezco a los regulados y como no me alcanzaba, lo cogía en el mercado negro. Daba 200 pesos por balón, pero estaba tranquilo. Tenía mi reserva. Ya esa vía tampoco es posible”, comenta Evelio, barbero en Luyanó.

“Lo que te da el gobierno es insuficiente y por la izquierda ya no se consigue, porque depende de varios factores. Primero que haya, y segundo, que aparezca un vehículo en que transportarlo hacia la casa. Claro, todo eso si posees el dinero para asumirlo”, refiere Vilma.

Las hornillas y medios de inducción “facilitados” por las  instancias gubernamentales resolverían si no fueran electrodomésticos que consumen tanta energía.

“Lo digo sinceramente. No he visto nada que gaste tanta corriente como esas hornillas, sobre todo las antiguas. Tengo prohibido conectarla, salvo una eventualidad. Muy pocos pueden permitirse depender de ellas a diario”, dice Miriam, trabajadora en una bodega de San José de las Lajas.

“Tengo un niño pequeño y me aterra pensar que gasté el gas de reserva. He escuchado sobre la posibilidad de que escuelas y centros de trabajo comiencen a usar leña en los comedores obreros y lo creo muy probable. Si en un hogar pequeño resulta un caos, imagínate donde se sirve a decenas de comensales”, sostiene Carla Miranda.

“Cuando comenzaron los rumores compré un saquito de carbón muy pequeño. Me costó 70 pesos. Lo tengo guardado para las emergencias que se aproximan”, admite Carmen.

Ninguna de las alternativas que barajan hoy los cubanos sobre este tema les devuelve un respiro. Inclinarse a los ineficientes dispositivos eléctricos supone, dada la cantidad de watts, el gasto que más de uno renuncia a enfrentar. Por otro lado, afiliarse a la leña, el carbón o el “luz brillante”, representa un retroceso y una inversión que no todos podrán costear.

“Lo he dicho y no va en broma. Hemos tenido que lidiar con innumerables cosas. Siento miedo que tengamos que privarnos, incluso, de comer”, expresó Belkis.

 


 

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