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Cuba

En Cuba la “bolita” es un secreto a voces 

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Texto y fotos: Flavia Viamontes

-“¿Qué salió?”. Le pregunta una vecina a la otra a viva voz y en medio de la calle.

-“23, 18, 96”. O vapor, pescado chiquito y zapato.  O tal vez monja, sapo y tiñosa. Cualquiera de las variantes las informa con el mismo alarido y sin ningún pudor.

La escena es cotidiana en cualquier barrio cubano, en un taller de mecánica, entre los albañiles de una brigada de constructores o en un hospital. Lo mismo en la capital que en las provincias, y se refieren a los resultados del juego de la “bolita” que “salieron” la  noche anterior o los del mediodía.

Un juego supuestamente “prohibido” pero que en Cuba a estas alturas todo el mundo conoce y juega ya casi sin miedo. Un mundo que un día fue perseguido, pero que hoy, a pesar de que no se permite legalmente, subyace entre banqueros, apuntadores y jugadores que se guían por los sorteos que se realizan en Miami, principalmente.

Jugar unos numeritos de la “bolita”

Todas las mañanas Marina se sienta en el piso del portal de su roída casa de madera. Tiene un file lleno de papeles con tablas y números; saca cuentas y responde adivinanzas que, hipotéticamente, darán con los números que serán premiados hoy. A pesar  de vivir en condiciones precarias, siempre guarda el dinerito para “jugar unos numeritos” cada día.

¿Y te sacas?, indago. “A veces, solo a veces. Es más lo que gasto que lo que se recupera. Pero algún día tendré la suerte de mi lado”, me responde con total seguridad.

Marina “le apunta” a Agustín o a Sara. El primero es un señor que dice tener 76 años y que cada mediodía recorre buena parte del Cerro, bajo sol o lluvia, recogiendo los números que escogen sus clientes.

“Esta es la mejor forma de ganar dinero que he tenido”, cuenta a Cuballama. Desde que era un niño y cuando el juego era muy popular en la isla, ya vendía billetes de lotería con su padre.

Cuando triunfó la revolución y todo se volvió “ilegal”, el juego se quedó ahí. Pero luego, ya viejo y jubilado, su pensión mensual de 207 pesos (alrededor de ocho dólares), no le alcanzó para nada.

Justo ahí descubrió que “recogiendo apuestas para la bolita me busco todos los días el doble de ese dinero”, me aclara mientras anota en una libreta escolar la jugada que le da Marina.

Quiero saber sobre algunos otros clientes y con recelo me señala a lo más variopinto del barrio: el dueño de la cafetería de la esquina, el administrador del almacén estatal que está frente al parque, o el bodeguero. “Ya todo el mundo juega”, asegura.

Agustín, ¿y a donde usted lleva los números y el dinero cada día?, le consulto. “Eso no se dice, es secreto”, exclama a rajatabla.

La figura del banquero casi siempre es un misterio. Según rumores, siempre es alguien que tiene mucho dinero. Por eso su identidad la mantiene oculta.

En tanto Sara, la otra apuntadora del barrio,  no sale de su casa. Hasta su pasillo llegan dos veces al día los vecinos para probar suerte. “No tengo salud para salir a buscar clientes. Como llevo años en esto ya tengo fama y la gente me respeta. Aquí vienen lo más bajito y marginal del barrio, pero nunca he tenido problema”, me garantiza.

Sara, añade, respeta mucho el dinero de la gente para que le respeten el suyo. Tiene fama porque nunca pagó un número ganador fuera de tiempo.

Ni Agustín ni Sara quisieron descubrirme cuánto cobran exactamente por este trabajo. Pero Marina, que todo lo sabe, me sostiene que obtienen un 10 por ciento por cada número que se ganen sus clientes. Además, de entre cinco y siete CUC diarios.

Una “bolita” que desaparece y resurge entre penurias 

En Cuba el juego ha pasado por varias etapas hasta llegar al punto donde se encuentra hoy. La Lotería Nacional se creó durante la época colonial y existió hasta 1959.

Cuando la revolución llegó al poder se cancelaron los casinos y se suspendió la Renta de la Lotería Nacional para crear en su lugar el Instituto Nacional de Ahorro y Viviendas (INAV).

El viejo Agustín conoce bien como ha sido la historia y me comenta que a partir de entonces,  solo pensar en el hecho de jugar la “bolita” se consideraba extremadamente grave e ilegal.

Hasta los años 90, clandestinamente, se siguió jugando en los sectores más marginales de los barrios y los practicantes, boliteros, listeros y banqueros, eran rechazados por algunos sectores de la sociedad.

Con llegada del llamado período especial y la necesidad de los cubanos de tener un entretenimiento que les hiciera olvidar tanta penuria, resurge la “bolita” y poco a poco es más aceptada, sobre todo en los barrios más pobres y populares de las ciudades. Esta es la misma época en la que comienzan a crecer los «burles»: una especie de casinos caseros donde proliferan otros juegos, también por dinero.

Poco a poco el juego se hizo más popular y la gente se volvió ingeniosa para comunicar lo “que había salido”. Hablaban de números de teléfonos, direcciones de calles, carreras de un juego de pelota. Cualquier recurso era perfecto para pasarse la información entre jugadores. “Pero ya la gente no se mide. Hasta los más destacados del barrio juegan a diario”, acota Marina, la apuntadora. “De unos años para acá, ya es como ir a buscar el pan a la bodega. Se ha vuelto el comentario de cada esquina a cualquier hora del día”, agrega.

El mundo de la “bolita”, si bien ilegal, complejo y hasta vicioso, en el fondo atrapa por todo el misticismo que gira sobre las personas y sus creencias a la hora de elegir la próxima jugada.

Mucho dinero en juego en la “bolita”

La manera de jugar y las reglas no han cambiado en todos estos años. Hoy se juega igual que cuando se hizo popular la “bolita” o la charada en tiempos coloniales.

A Agustín le pido me explique bien la manera de jugar y con total conocimiento me ilustra: ”Son tres números, uno fijo y dos corridos. El fijo es el más importante, o al menos para los que juegan en esta modalidad, ya que por él se paga 75 veces la cantidad de dinero que se puso en la jugada; y por cada uno de los corridos, 25.

Además existen otras dos formas: el “Parlé”, que consiste en acertar dos de los números ganadores del tiro y se cobra por ello 800 veces lo que se apostó; y si lograste un “Candado”, significa que adivinaste los tres números ganadores. Toda una suertuda hazaña por la que puedes cobrar 800 pesos cubanos por cada uno de los números,  más su multiplicación por lo apostado. O sea: 3 x 800 x el dinero invertido en esa jugada.

Pero lo que se gane depende de algunos factores como el banquero y la localidad. Hay dueños de bancos que pagan hasta 900, y en algunas provincias entre 650 y 700 pesos cubanos.

Antes la “bolita” de Cuba se guiaba por las de Táchira y Zulia, en Venezuela, pero a partir del siglo XXI se empezó a regir por el Ca$h3 y el Play4 de Miami, dos veces al día. Los resultados se saben enseguida y se los pasan entre boliteros y clientes a través de mensajes de texto, o de boca en boca.

El viejo Agustín tiene prisa para seguir y continuar su trabajo. Solo me queda tiempo para curiosear acerca de si nunca ha tenido problemas con la policía. Respira y solo me replica: “Mira, la bolita mueve mucho, demasiado dinero, y está arraigada en el alma del cubano. Piensa en eso”.

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