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Cuba

El viacrucis de la gastronomía estatal cubana

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Recorremos locales en la Esquina de Tejas, Ayestarán y 19 de mayo, o el Ten Cent de la calle Obispo. Todos son de la gastronomía estatal y esto es lo que encontramos

Caminar La Habana para buscar algo de comer en negocios manejados por el Estado es casi una utopía. La poquísima variedad, la exigua limpieza, los sitios bien derruidos, se unen a las pocas ganas de trabajar de los empleados que devengan tristes salarios por “mal servir” a la población en estos locales de gastronomía estatal.

En un leve recorrido por las principales calles y avenidas de la capital, se nos devela una realidad triste en ese sentido, pero que muchas veces llega a ser la única opción para quienes el bolsillo no les alcanza para pagar los altos precios de las iniciativas particulares.

En la legendaria Esquina de Tejas, una cafetería-restaurante administrada con capital estatal exhibe una cara bien triste. En el mostrador dos cajas de panes con perros calientes y croquetas, más unos dulces puestos a merced de las moscas y el polvo, están a disposición de los clientes. A lo lejos, en una repisa, una lata de dulce de coco parece que también está a la venta.

Nevera en local de gastronomía estatal de la Esquina de Tejas

Una nevera vacía, sin siquiera un poco de agua para ofertar, muestra la decadencia de este establecimiento de gastronomía estatal que pudiera llegar a ser bien movido en cuanto a ventas, teniendo en cuenta lo céntrico que se encuentra.

Nadie atiende. No hay un solo dependiente cerca, solo algunas moscas que pululan el pegajoso mostrador y se aproximan sobre los dulces que, al acercarme, bien podrían ser buñuelos o los llamados cangrejitos. Cinco minutos en el lugar y nadie sale. Tampoco existe una tablilla con los precios, no sabemos cuánto cuestan los panes ni las golosinas en este local de gastronomía estatal… Salgo del lugar sin saber nada. Un señor mayor entra y decide esperar.

Chiqui Jay

La historia se repite en el establecimiento Chiqui Jai en Ayestarán y 19 de mayo, en el Cerro capitalino. El refresco dispensado y el pan con croquetas son opciones que han distinguido a ese establecimiento por años. Un abuelito de alrededor de 70 años degusta de ambas cosas. Le pregunto si está bueno y me responde con un ladeo dudoso de cabeza.

Con la empleada, una muchacha joven, indago sobre las croquetas. “¿De qué son?”, indago. “Creo que de pescado. Las traen hechas. Acá solo las freímos”, me aclara mientras me señala una cocina bien sucia y que muestra un aceite negro delator de semanas de uso ininterrumpido. Mientras, ella calienta los panes en una especie de tostadora grande.

No me animo con las frituras, pero decido pedir un refresco que sirve en un vaso ámbar que creo es una botella de las de refresco antiguas, cortadas por el medio. Azúcar no tiene, sabor a naranja tampoco, gas bastante, tanto que quema la garganta. “¿Pero por un peso que más vamos a pedir? Me dice el mismo señor que ya casi termina su pan y va por el segundo ¿refresco?

Dependienta de Chiqui Jay

Un panorama tan desolador se muestra en otro establecimiento de la gastronomía estatal situado unas cuadras más abajo, en la esquina de Ayestarán y Pedro Pérez. Ron y cigarros populares es lo único que hay en oferta. Una señora mayor mira angustiada el panorama y lamenta que solo para el vicio queden propuestas.

Local estatal de Ayestarán y Pedro Pérez

Es curioso, casi ninguno de estos establecimientos ya vende los tan codiciados cigarros Criollos. El dependiente  me asegura que cuando los sacan, los revendedores acaparan y se acaban en menos de una hora.

Ya fuera del municipio Cerro, en La Habana Vieja el Ten Cent de la calle Obispo, recientemente remodelado y reinaugurado coincidiendo con el aniversario 500 de La Habana, tiene un poco más de variedad en sus ofertas, pero la desolación, la suciedad y la falta de iniciativa de los trabajadores, sigue dejando sin deseos de probar nada.

La tablilla dice que venden arroz salteado a 8 pesos, pollo frito a 20, y refresco embotellado a 5, además de ensalada y vianda hervida. Pero son pasadas las 12 del día y algunas personas preguntan por la comida, pues es la hora indicada para almorzar. Todo se ve vacío y solo un dependiente sentado en la esquina de la barra con la cabeza baja se anima a decir que “todo se demora, no hay casi gas”… Los interesados le miran con desdén y se regresan por donde mismo vinieron.

Opciones estatales vs opciones particulares

En 2014 el gobierno decidió ofrecer al sector particular restaurantes y cafeterías —algunos emblemáticos—. Al inicio la idea era vender casi 9 mil de estos lugares en un proceso gradual hasta desentenderse de la gestión, pero manteniendo la propiedad de los inmuebles.

Tal es el caso de los espacios que ocupan la concurrida esquina de 23 y G, en el Vedado. De un lado el reconocido Restaurant Castillo de Jagua, arreglado y reabierto hace pocos meses, cuenta con una oferta de comida cubana a precios que van desde 50 pesos hasta más de 100, todo en MN. Cerdo, congrí, vianda hervida y ensalada a costos bastante normales, pero está totalmente vacío y en la total desatención.

Diagonal al Castillo de Jagua, la antigua Casa del Té es ahora una de las llamadas “cooperativas”. Se venden dulces y comidas ligeras, además de bebidas. El sitio, acogedor y con una música discreta, permanece lleno siempre desde el mediodía y hasta la noche. Los precios no son nada competitivos con respecto a su vecino, pero las opciones, el ambiente y la calidez de los trabajadores, invitan a pasar y sentarse.

En la propia Avenida 23, El Cochinito y la pizzería Buona Sera se ven bastante arreglados, pero igual en total desamparo. El segundo permanecía cerrado el pasado fin de semana porque no había que vender, solo cigarros… y Populares.

Este panorama no ha cambiado mucho en Cuba en los últimos 20 o 25 años. Siempre la gastronomía ha sido como uno de los principales “agujeros negros” de la gestión estatal cubana. Recientemente el gobernante Miguel Díaz- Canel reconocía durante el balance anual de la gestión del Ministerio de Comercio Interior, que “no hacemos nada con reanimar un establecimiento si las ofertas no logran mantenerse en el tiempo”.

Hablaba del llamado “fijador” del que se carece en este país y no solo en ese sector, sino en cada uno de los espacios de la vida del cubano. No hay nada hoy por estos lares que se no se esté “cayendo a pedazos”. Lo peor es dónde y cómo vamos a recoger los escombros…

Texto y fotos: Flavia Viamontes

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