El mismo jueves en que la Unión Eléctrica programó apagones simultáneos para el 64% del país, el canciller Bruno Rodríguez se sentó frente a las cámaras de CNN para explicar que en Cuba no hay una crisis humanitaria. La población, a oscuras, no pudo verlo.
En entrevista con el periodista Juan Carlos López, de CNN en Español, en La Habana, el ministro de Relaciones Exteriores reconoció el deterioro pero le puso límites semánticos: «La situación es dolorosa. No la compararía con el período de la pandemia, que fue muy grave. Pero no puede decirse que haya hoy una crisis humanitaria en Cuba comparable a la situación pandémica».
Acto seguido, el propio Rodríguez admitió que «el pueblo cubano atraviesa sufrimientos, privaciones, angustias que son verdaderamente duras, y que dañan gravemente el bienestar de nuestra población». Como siempre, la culpa quedó fuera de la isla: el canciller atribuyó todo al «bloqueo energético» de la administración Trump, que desde la Orden Ejecutiva 14380 de enero impide la entrada de combustible.
La realidad que el canciller administra con eufemismos es medible. Cuba enfrenta apagones de hasta 22 horas diarias y un déficit de generación superior a los 2.000 megavatios en horario pico; el propio ministro de Energía, Vicente de la O Levy, admitió en mayo que el país carece de reservas de combustible, y la economía proyecta una contracción del 7,2% este año.
La ONU, que Rodríguez no citó, alertó el 15 de mayo que la crisis humanitaria en Cuba se agrava por la falta de electricidad, combustible y medicamentos, al punto de que la escasez limita hasta el funcionamiento de las ambulancias. El organismo ya movilizó más de 32 millones de dólares en ayuda y transportó 48 contenedores con suministros hacia las provincias orientales. Difícil enviar tanta asistencia a un país sin crisis.
La negación tiene calendario. La Habana prepara su ofensiva diplomática ante la Asamblea General de la ONU el 7 de julio, donde denunciará el «cerco energético» estadounidense. Admitir una crisis humanitaria interna debilitaría el libreto: el régimen necesita que el sufrimiento exista para culpar a Washington, pero no tanto como para que alguien pregunte por su propia gestión. En ese equilibrio imposible vive el discurso oficial, mientras los cubanos hacen la vida entre apagones que el canciller prefiere no nombrar.

















