Machismo en Cuba: Cómo las redes sociales cubanas convierten a las víctimas mujeres en acusadas

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La muerte de una joven cubana conocida como «Yixi» conmovió a sus seres queridos, que la despidieron en redes sociales con el dolor genuino de quienes pierden a alguien demasiado pronto y sin explicación. Sin embargo, lo más llamativo del post publicado por alguien cercano no fue el luto sino lo que ocurrió en los comentarios que se acumularon debajo de la foto: un desfile de especulaciones sin fundamento, juicios construidos sobre la nada y términos despectivos que, leídos en conjunto, retratan con una precisión incómoda el deterioro moral de una generación que creció sin los códigos básicos del respeto, la empatía y la elemental decencia de guardar silencio cuando no se sabe nada.

Sí, y puede que moleste decirlo, que algunos se molesten, pero hay una enorme cantidad de cubanos en las redes sociales que no tienen absolutamente dos dedos de frente.

YIXI

Nadie sabía qué había pasado cuando comenzaron los comentarios. La familia no había dado detalles, no había ninguna causa de muerte confirmada, no había parte médico ni investigación pública ni ninguna fuente que respaldara ninguna versión de los hechos. Y aun así, en pocas horas, esos comentarios ya habían construido su propio relato, cerrado el caso y archivado el expediente.

Alguien escribió «el kimiko no es fácil» con la misma naturalidad con que se comenta cualquier cosa trivial, sin una sola prueba que respaldara esa afirmación, convirtiendo una sospecha en un veredicto público sobre una joven que acababa de morir y que no podía estar ahí para defenderse de quienes la estaban juzgando.

Otro comentarista dijo haber visto a «esa blanquita» la noche anterior en un bar, usando un término racialmente cargado que en el contexto cubano no funciona como diminutivo afectuoso sino como una forma de clasificar y rebajar, de ubicar a esa muchacha en una categoría social que lleva implícita una conducta, y esa conducta implícita una explicación, y esa explicación una conclusión: que lo que le pasó tenía algo que ver con lo que ella era o con lo que andaba haciendo, y que por lo tanto no era del todo inesperado.

Condenar es más fácil que llorar

Hay algo muy revelador en la velocidad con que esos comentarios aparecieron, porque no hubo un momento de silencio, ni siquiera el tiempo mínimo que cualquier cultura elemental de duelo exige antes de que comience el análisis, la especulación o el juicio.

La madre de Yixi publicó la noticia y casi de inmediato comenzó el tribunal, porque en las redes sociales cubanas de hoy el morbo viaja más rápido que la compasión y la condena llega antes que la pregunta, antes que el dato, antes que el más mínimo gesto de considerar que del otro lado de esa foto hay una familia que está sufriendo y que no merece que el espacio donde despide a su hija se convierta en un foro de rumores. Lo más triste de todo es que los comentarios no provienen solo de hombres. Hay decenas de mujeres que terminan juzgándose a sí mismas. Gente que probablemente haga lo mismo que critican en una víctima que no puede defenderse.

Esto no ocurre en el vacío ni es un fenómeno que pueda explicarse simplemente con la maldad de personas concretas, porque lo que muestran esos comentarios no es maldad individual sino el resultado acumulado de años en que Cuba ha estado produciendo, sin proponérselo o quizás sin querer reconocerlo, una generación que creció en medio de una crisis sin fin visible, que vio a sus familias fragmentarse por la emigración masiva, que convive con la violencia cotidiana de la escasez, los apagones y la desesperanza permanente, y que encontró en las redes sociales su primer espacio real de expresión pública sin que nadie, ninguna institución, ningún maestro, ningún medio de comunicación honesto, le enseñara a usarlo con la responsabilidad mínima que ese espacio exige. El resultado es una forma de comunicarse que ya no distingue entre la opinión y el dato, entre la sospecha y la verdad, entre el comentario y la acusación.

El comentario de «esa blanquita» merece un análisis propio porque no es un detalle a apartar a un lado ni un exceso aislado dentro de un hilo que por lo demás fuera razonable, sino que concentra en tres palabras todo el mecanismo que hace posible ese tipo de juicio público.

En Cuba, el uso de marcadores raciales o de clase para referirse a alguien no es neutro ni inocente, y menos cuando esa persona acaba de morir y lo que se está haciendo con esas palabras es convertirla de persona en categoría, despojarla de su nombre, de su historia y de su familia para transformarla en un tipo social al que resulta más fácil atribuirle conductas, circunstancias y responsabilidades sin que eso duela demasiado a quien lo escribe ni a quien lo lee. Que nadie en ese hilo cuestionara ese término, que pasara sin que una sola voz lo señalara como lo que es, dice más sobre el estado de esa conversación y sobre los valores de quienes participaron en ella que cualquier otro comentario del hilo, incluidos los más explícitamente ofensivos.

Rosy también fue juzgada. Después de muerta.

El caso de Yixi no es el único que en los últimos días ha expuesto esta fractura. El Observatorio de Género Alas Tensas (OGAT) verificó el feminicidio de Rosaidis Donatien, conocida como Rosy, de 23 años, ocurrido en la noche del 8 de junio en su hogar del reparto Nito Ortega, en Palma Soriano, Santiago de Cuba, supuestamente a manos de su esposo, quien se encuentra hospitalizado de gravedad tras autolesionarse. Es el feminicidio número 32 reconocido por el observatorio. El quinto ocurrido en menos de una semana.

Una mujer joven, muerta en su propia casa, en lo que debería haber sido el lugar más seguro del mundo para ella. Y lo que generó esa muerte en las redes sociales cubanas no fue indignación sino debate donde se expuso el caso: el debate sobre si ella le había sido infiel, sobre si el hombre que viajó desde Estados Unidos tenía razones para hacer lo que hizo, sobre si Rosy, en alguna medida que los comentaristas se sentían con autoridad para calcular, se lo había buscado.

«Ella se lo buscó.» «Quien le mandó a serle infiel.» Esas frases, escritas debajo de la noticia del asesinato de una mujer de 23 años, no son simplemente comentarios desafortunados de personas mal educadas: son el síntoma de una concepción profundamente enferma sobre el valor de la vida de las mujeres, una concepción que establece que la conducta de la víctima es una variable relevante para determinar si su muerte merece o no condena, y que el crimen cometido por un hombre puede atenuarse, justificarse o incluso explicarse satisfactoriamente si la mujer hizo algo que él consideró imperdonable.

El propio OGAT tuvo que salir a pedir explícitamente a la ciudadanía que dejara de juzgar sobre supuestas infidelidades y de cosificar a las mujeres, lo que habla de la magnitud del problema: una organización que documenta feminicidios se vio obligada a dedicar parte de su comunicado no a exigir justicia sino a pedirle a la gente que tuviera la decencia mínima de no culpar a la muerta.

La víctima como acusada: un hábito que se repite

Lo que conecta el caso de Yixi con el de Rosy, más allá de la tragedia individual de cada una, es exactamente eso: la disposición inmediata de una parte de la sociedad cubana a convertir a la víctima en acusada, a desplazar la atención desde el hecho hacia la conducta de quien lo sufrió, a encontrar en el comportamiento de la muerta la coartada que alivie la incomodidad de mirar el hecho de frente. Es más fácil decir que Yixi consumía drogas o que Rosy fue infiel que preguntarse qué tipo de sociedad produce estas muertes, qué tipo de hombre llega de Estados Unidos y mata a su pareja en lugar de hablar con ella, qué tipo de crisis acumula tanta desesperanza que una droga más barata que el azúcar se convierte en la única salida que algunos jóvenes encuentran, y qué tipo de conversación pública merecen esas preguntas.

La familia de Yixi merece que el espacio donde la despidieron hubiera sido exactamente eso: un espacio de duelo, de nombres propios y de dolor honesto, no de rumores construidos en caliente por personas que no sabían nada y que aun así encontraron suficiente material para juzgar. Rosy merece que su muerte sea recordada como lo que fue: un feminicidio, no una consecuencia. Y la pregunta que queda, incómoda y sin respuesta fácil, es cuántas mujeres cubanas van a tener que morir antes de que algo, en la manera en que nos relacionamos con ellas, con su dolor y con su memoria, empiece a cambiar.

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