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Animales

Los peleadores de perros en Cuba: crónica en primera persona

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Texto y fotos: María Carla Prieto

En Cuba, las apuestas de los peleadores de perros rebasan los 10 mil pesos cubanos. Una crónica en primera persona escrita desde La Habana

“El egocentrismo es un trastorno de la personalidad -me dijo-, vete al médico para que te lo atiendan. En definitiva esa perra es mía”, sentenció. Nunca lo había visto así. No recuerdo haya sido violento conmigo, exceptuando aquella nalgada, prometida cuando era una niña, y  deshecha ya en mi memoria.

El muchacho llamó insistentemente durante la tarde. No paró hasta obtener la aprobación de mi padre para venir a casa. Fue entonces cuando empezó todo. Encerraron a la otra perra en la casa y mi mamá subió el volumen de la música para que yo no escuchara. Una sinfonía triste, de cuando dos animales se están haciendo daño, invadió el espacio.

El llanto de las mascotas

Las vallas clandestinas han perdido el interés de las autoridades.  Sencillamente, el asunto se enfrió. Eso hace seguras las profundidades del kilómetro 60 de la Autopista Nacional.

Cerca de las cinco de la mañana se reunían todos allí, algunos con sus mujeres. Las apuestas se recogen a esa hora y el tope empieza al amanecer. La lucha siempre es a muerte, pues la sangre no basta. El luchador canino debe matar en el menor tiempo posible para convertirse en una verdadera máquina de ganar dinero.

Llegada la hora, los dueños se sitúan en cada esquina del ring. Desde sus posiciones, comienzan a zarandear a los perros, mientras les gritan frases agresivas para aumentar su furia.  A la cuenta de tres ambos abren las manos. A continuación, lo que se verá no tiene precedentes. Los canes se muerden en medio del bullicio. “Según los viejos, los mejores se enganchan en las paletas porque así le tumban las patas al contrincante, dejándolo sin empuje; aunque he visto verdaderos campeones pelear desde abajo”.

Solo el llanto de una de las mascotas o que “se huya” pueden detener el angustioso espectáculo. “Los minutos transcurren y la pelea se enfría, por lo cual se separan para refrescarlos y soltarlos otra vez. Si uno de ellos no sale, el dueño pierde”.

Las apuestas siempre rebasan los 10 mil pesos cubanos, si no es una simple “charanguita”. El propietario vencedor gana una considerable suma para su séquito, mientras el perdedor adquiere únicamente experiencia.

Por el contrario, el campeón mordedor pierde la oportunidad de demostrar su ineficacia para esa vida y, por tanto, seguirá en ella. Aquel otro animal cuya sangre tiñó el  cerco en mayor cuantía, pierde la vida. “A veces el perro termina casi muerto, no vale la pena esforzarse en salvarlo; pero otras los mismos cuidadores son quienes los rematan por sentir impotencia luego de perder su dinero”.

Para Alain, las lides son “un estilo de vida. Muchas veces tratas de quitarte, pero reporta mucho dinero, además uno se hace adicto a la sensación. Tus éxitos dependen de la calidad de tus entrenamientos, o los de tus amigos”.

La práctica, para muchos desalmados, es un mero lugar de socialización. Es precisamente en estos espacios donde encuentran a viejos conocidos e intercambian nuevas técnicas de cuidado. “Aunque la tentación es enorme, muchas veces no apostamos, pero se reúnen los grandes del gremio. Los Padilla, por ejemplo, se han dedicado a cuidar desde siempre, incluso fueron los primeros en importarlos desde Estados Unidos y Argentina. ¡Son una escuela!”, exclama Alaian.

Mi papito ha peleado perros

Bastó en aquel entonces un sonoro: “Voy a llamar a la policía”. En pocos minutos todo había terminado. Se fueron a hurtadillas -como quien tiene conciencia de que algo está mal hecho- y llevándose a mi progenitor con ellos.

Mi mente fue hasta ese muchacho. Joven, de dinero, y según el Comité de Defensa de la Revolución  “un vecino ejemplar”. No parece un delincuente. Tal como Ted Bundy no se asemejaba a un asesino.

Siempre sentí un amor especial por mi padre, mas ahora, cuando empuja la puerta y amenaza con golpearme, despierto de un sueño profundo. El amor cultivado durante veinte años pierde un poco de fuerzas, porque “mi papito lindo”  ha peleado perros.


 

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