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Cuba

El Jalisco Park: un sobreviviente entrañable para los habaneros

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Entre quienes viven en La Habana es usual escuchar: mis abuelos me llevaban al Jalisco Park y ahorita yo llevo a mis nietos

“La montaña rusa, la estrella polar, los carritos locos, todo un paraíso de metal”, así describe en una canción el trovador cubano Carlos Varela al Jalisco Park, uno de los parques recreativos emblemáticos de La Habana.

La mayoría de los citadinos dicen que ya existía desde que nacieron, por eso la fecha exacta de su fundación es contradictoria. Las suposiciones se aproximan a 1927, pero estaba en otra localización: en los terrenos que hoy ocupa el Hotel Habana Libre. El de ahora, ubicado en la avenida 23, esquina a 18, del Vedado, constituye uno de los sitios de visita obligatoria para los habaneros con niños.

“Imagínate, mi abuelo me llevaba a mí, yo a mis hijas y ahora, si Dios quiere, pronto llevaré a mi nieta”, cuenta Maritza Rodríguez, vecina de la calle 14, cercana al Jalisco Park.

Cualquiera que años atrás hubiese visto los aparatos sucios, el herraje oxidado y la desolación dentro del perímetro que lo delimita, habría asegurado que este, como muchos otros sitios, cerraría para siempre.

Sin embargo, según una de las encargadas del local, en el año 1990 tuvo una primera reparación. “La última fue en el 2018. Se quería dejar listo para el verano. Fue una decisión del gobierno provincial y municipal, pero también partió de las peticiones del público para que no se dejara perder el espacio”.

Aunque tiene nuevos colores, pegatinas, dibujos llamativos, y ahora es administrado por la empresa de turismo y recreación Recreatur, la antigüedad de su maquinaria es sorprendente, y constituye uno de los elementos que lo hacen entrañable.

“Todo es muy parecido a cuando venía de niña. Existen otros en la ciudad como el Coney Island, el Parque Lenin, Expocuba, pero siempre insisto en regresar aquí con mi familia”, expresa Danay Torriente.

“Para mí es como el ave fénix, porque, oye, mira que lo he visto feo, depauperado, y aun así vuelve a llenarse de niños los fines de semana. Eso es algo de lo que me alegro muchísimo”, dice Paulo Cepero, y agrega que “por encima de su valor de ocio para los pequeños, tiene una carga sentimental para quienes hemos crecido mirándolo”.

Texto y foto: Lucía Jerez

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