Se autodeportó de EEUU por ser I-220A y ahora se gana la vida en Cuba con un triciclo eléctrico

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Después de pasar cinco años tratando de construir una vida en Estados Unidos, conseguir trabajo como electricista y mantener la esperanza de reunir algún día allí a sus hijas, el cubano Liexer De La Cruz terminó regresando a la misma isla de la que había salido en busca de mejores oportunidades, tras recibir un plazo de 120 días para abandonar territorio estadounidense.

Su historia, documentada por Associated Press, muestra las consecuencias personales del limbo migratorio que afecta a una parte importante de los cubanos liberados en Estados Unidos con el formulario I-220A. De La Cruz no fue subido inmediatamente a un avión por las autoridades migratorias, sino que, ante la posibilidad de permanecer en el país expuesto a una deportación posterior, decidió regresar a Cuba antes de que venciera el plazo concedido por el tribunal.

De La Cruz había cruzado la frontera entre México y Estados Unidos por Texas en agosto de 2021 después de una travesía que comenzó mucho antes. Él y su esposa salieron de Cuba a finales de 2019, intentaron establecerse en Surinam, Guyana y Brasil y, al no conseguir estabilidad económica ni migratoria, emprendieron en mayo de 2021 una ruta de tres meses hacia Estados Unidos que incluyó el peligroso Tapón del Darién.

Una vez en territorio estadounidense, la pareja se instaló en el sur de Florida cerca de familiares. Su esposa comenzó a trabajar como cocinera, mientras De La Cruz consiguió certificarse como electricista y llegó a desplazarse por trabajo hasta Kentucky y Nebraska. Con sus ingresos podía enviar zapatos y otros productos básicos a las dos hijas que había dejado en Cuba, mientras él y su esposa planeaban llevar algún día a las tres adolescentes de la familia a vivir con ellos.

El I-220A terminó cambiando sus planes en Estados Unidos

El objetivo final era obtener la residencia permanente mediante la Ley de Ajuste Cubano, pero el formulario I-220A con el que De La Cruz había quedado en libertad terminó siendo un obstáculo decisivo. El problema no es exclusivo de su caso: durante los últimos años, miles de cubanos con I-220A han permanecido en una situación migratoria incierta mientras intentan encontrar una vía para solicitar la residencia en Estados Unidos, debido a la disputa sobre si la forma en que fueron liberados puede considerarse parole a efectos de la Ley de Ajuste Cubano.

El punto de inflexión para De La Cruz llegó el 9 de enero de 2026, cuando entró a una corte federal de Miami pensando que asistiría a otra audiencia rutinaria de su proceso migratorio. Según contó a AP, allí se vio obligado a tomar en cuestión de segundos una decisión que cambiaría por completo la vida que había construido: regresar a Cuba o permanecer en Estados Unidos bajo el riesgo de ser deportado posteriormente.

No tuvo oportunidad de consultar primero con su esposa y su hermana, que se encontraban esperando fuera de la sala. Cuando salió, ellas comprendieron lo ocurrido con solo mirarlo: había decidido volver a Cuba.

La situación era especialmente frustrante porque su hermana y una sobrina, que habían entrado a Estados Unidos de una manera similar, sí habían recibido parole y posteriormente pudieron obtener sus residencias permanentes. De La Cruz, en cambio, recibió 120 días para marcharse del país, una diferencia que ilustra hasta qué punto el documento recibido al ser liberado puede determinar el futuro migratorio de una persona.

Los casos tampoco han tenido resultados idénticos. En mayo, por ejemplo, un juez de inmigración de Florida concedió la residencia permanente a un cubano que había sido liberado con I-220A, aunque los abogados advirtieron que aquella decisión respondía a las circunstancias particulares del expediente y no significaba que todos los portadores de ese documento pudieran obtener automáticamente una green card.

Su esposa decidió regresar con él a Cuba

A medida que se acercaba la fecha límite para abandonar Estados Unidos, varios amigos trataron de convencer a De La Cruz de que viajara a México o Canadá y comenzara nuevamente en otro país. Después de años de emigración, de haber pasado por varios países y de completar una peligrosa travesía hasta la frontera estadounidense, él estaba cansado de volver a empezar y sentía cada vez con más fuerza la necesidad de regresar al pueblo donde había crecido.

Durante sus años en Estados Unidos había muerto su madre y De La Cruz quería visitar su tumba. Su esposa, en principio, permanecería en territorio estadounidense para seguir trabajando y ayudarlo económicamente desde la distancia, pero una semana antes del vuelo terminó revelándole que también había comprado un boleto para Cuba y que viajaría el mismo día, en el mismo avión y sentada a su lado.

Su caso se suma a otros retornos protagonizados recientemente por cubanos con situaciones migratorias complejas. En agosto, Estados Unidos ejecutó la salida voluntaria de otro cubano con I-220A que había permanecido detenido en Texas, después de que las autoridades de La Habana se negaran inicialmente a admitirlo en un intento anterior de retorno.

De La Cruz y su esposa finalmente aterrizaron en La Habana y se instalaron en la casa que pertenecía a su madre, en Las Minas, una localidad rural de la provincia habanera donde él había crecido. La vuelta, sin embargo, significó enfrentarse a una realidad económica muy diferente de la que había dejado años antes y también muy distante de la estabilidad que había conseguido alcanzar trabajando en Estados Unidos.

De electricista en Estados Unidos a taxista en Cuba

La pareja compró un triciclo alimentado con energía solar y De La Cruz volvió al oficio de taxista que ya había ejercido antes de emigrar. En un país afectado por la escasez de combustible, el vehículo podía parecer una ventaja, pero los prolongados apagones terminaron creando una dificultad adicional, ya que cargar completamente el triciclo puede requerir alrededor de ocho horas.

Cuando los cortes de electricidad se prolongan durante más de un día, explicó a AP, puede perder prácticamente una jornada completa de trabajo. A esas dificultades se suman los elevados precios de los alimentos y los problemas con el suministro de agua, que llevaron a la familia a comprar depósitos para poder almacenarla.

Pese a sus propias limitaciones económicas, De La Cruz contó que algunas veces transporta gratuitamente a pasajeros que no pueden pagar el viaje, mientras trata de adaptarse nuevamente a una economía en la que sus preocupaciones diarias son muy distintas de las que tenía como electricista certificado en Estados Unidos.

El endurecimiento de la política migratoria también ha dejado a otros cubanos con I-220A ante escenarios difíciles. Uno de ellos recuperó la libertad después de pasar cerca de tres meses detenido por ICE, después de haber sido arrestado durante una cita migratoria, otro ejemplo de las enormes diferencias que pueden producirse entre expedientes de personas que inicialmente recibieron documentos similares.

La batalla de los I-220A continúa en los tribunales

La historia de De La Cruz se conoce además en un momento especialmente importante para los cubanos que siguen peleando en Estados Unidos por el reconocimiento de sus liberaciones migratorias.

Uno de los procesos más relevantes reúne a 992 cubanos que sostienen que determinadas formas de liberación documentadas mediante I-220A deberían tener efectos equivalentes al parole a efectos de la Ley de Ajuste Cubano. El litigio ha atravesado varias audiencias y aplazamientos mientras los demandantes intentan conseguir un pronunciamiento favorable.

El 10 de septiembre, la jueza federal Jacqueline Becerra rechazó el intento del Gobierno estadounidense de poner fin anticipadamente al caso, lo que permite que el proceso continúe. La decisión no concede automáticamente parole ni residencia permanente a los demandantes, pero mantiene viva una disputa que podría tener consecuencias para otros cubanos que fueron procesados de manera semejante al entrar en Estados Unidos.

Para De La Cruz, sin embargo, esa batalla jurídica continúa ahora desde la distancia. De vuelta en Las Minas, asegura haber recuperado cierta tranquilidad cuidando sus gallinas y gallos, viviendo nuevamente rodeado de la vegetación de su pueblo y compartiendo la casa con su esposa, aunque esa tranquilidad convive con los apagones, la escasez de agua y las dificultades para conseguir alimentos a precios asequibles.

Cuando AP le preguntó por su futuro, señaló que preferiría permanecer en Cuba si las condiciones del país cambiaran, aunque su descripción del presente fue mucho menos optimista. “Estamos pasando muy mal”, afirmó al hablar de la situación que atraviesa la isla, antes de resumir quién considera que termina soportando sus peores consecuencias: “Al final, el pueblo es el que más siente el golpe”.

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