La reciente apertura del mercado farmacéutico cubano a negocios privados comienza a hacerse visible en La Habana, donde establecimientos particulares ofrecen medicamentos, vitaminas y suplementos que durante años resultaban difíciles de encontrar fuera del mercado informal.
La disponibilidad, sin embargo, llega acompañada de otro problema más serio: los precios.
Un recorrido divulgado esta semana por una de estas farmacias mostró productos que alcanzan aproximadamente los 3.000 pesos cubanos, cantidades que pueden representar una parte considerable de los ingresos mensuales de trabajadores y jubilados.
El establecimiento visitado ofrece diferentes artículos importados y productos naturales y, según explicó una de sus empleadas, también realiza determinadas entregas gratuitas a ancianos o personas vulnerables que carecen de recursos.
Esa ayuda corresponde a una iniciativa del propio negocio y no debe confundirse con un programa estatal general.
La aparición de establecimientos de este tipo es consecuencia de una de las reformas económicas más significativas adoptadas por el gobierno cubano durante 2026.
A finales de julio, las autoridades permitieron una mayor participación privada en actividades que durante décadas habían estado reservadas fundamentalmente al Estado, incluida la comercialización de determinados medicamentos y productos relacionados con la salud.
La decisión respondió a una realidad imposible de ocultar: muchas farmacias estatales llevan años con estantes prácticamente vacíos.
Cubanos con enfermedades crónicas han tenido que depender de familiares en el extranjero, grupos de ayuda, redes de intercambio o vendedores informales para conseguir medicamentos que anteriormente estaban disponibles mediante el sistema nacional de farmacias.
Incluso quienes poseen el llamado tarjetón para medicamentos controlados no siempre consiguen las medicinas prescritas cuando llegan a su establecimiento correspondiente.
La entrada del sector privado puede aliviar una parte del problema de abastecimiento porque permite importar y vender productos que el Estado no está logrando garantizar.
Pero introduce una diferencia fundamental respecto al antiguo modelo: disponibilidad no significa necesariamente accesibilidad.
Un medicamento puede estar físicamente sobre el mostrador y continuar fuera del alcance de una persona cuyo salario o pensión no le permite pagarlo.
Eso genera el riesgo de una medicina a dos velocidades: quienes reciben remesas, poseen negocios privados o tienen mayores ingresos pueden encontrar alternativas, mientras otros continúan dependiendo exclusivamente de una red estatal desabastecida.
También existen preguntas sobre regulación, conservación, trazabilidad, recetas y control de calidad que las autoridades tendrán que supervisar a medida que el mercado se expanda.
La transformación resulta especialmente simbólica porque durante décadas la comercialización privada de medicamentos habría resultado incompatible con el modelo económico cubano.
La gravedad de la crisis ha llevado ahora al gobierno a permitir precisamente aquello que antes rechazaba.
Las nuevas farmacias pueden llenar estantes que estaban vacíos. La cuestión que queda abierta es cuántos cubanos podrán pagar lo que contienen.
Fuentes: AP, Local 10 y reportes desde establecimientos privados de La Habana.





