Cubanos indignados por el safari turístico de la miseria protagonizado por la izquierda internacional en Cuba

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La indignación crece en las redes sociales, al mostrar imágenes del recibimiento oficial, que conviven paralelamente con videos y testimonios en los que cubanos describen otro país: uno donde faltan medicinas básicas, donde la gente hace colas interminables, donde niños son exhibidos en actividades propagandísticas para agradecer galletas o donativos, y donde la escasez se convierte en decorado sentimental para visitantes extranjeros que regresan luego a Europa o América con la conciencia limpia y una épica prestada.

La crítica que ha circulado en estas últimas 72 horas, desde medios como 14ymedio, Diario de Cuba y CubaNet, va en esa dirección: no cuestiona el alivio material que pueda entrar, sino la obscenidad política de una solidaridad que termina fotografiándose con el poder que ha contribuido a fabricar la calamidad.

La llegada a Cuba del Convoy Nuestra América, presentado por sus organizadores como una misión solidaria con ayuda humanitaria, ha provocado en las últimas horas una reacción de rechazo entre muchos cubanos dentro y fuera de la Isla, que no discuten la necesidad real de medicinas, alimentos o insumos, sino el modo en que una parte de esa izquierda extranjera ha convertido la tragedia cubana en escenografía política, con hoteles, actos oficiales, fotos de recibimiento y discursos grandilocuentes en medio de una crisis que ya no admite folclor.

Según AP, unos 650 delegados de 33 países y 120 organizaciones comenzaron a llegar a Cuba entre el 20 y el 21 de marzo con unas 20 toneladas de ayuda, en una operación coordinada por grupos de solidaridad internacional. Pero… ¿cómo es posible que miles de cubanos, tal vez millones, se hayan indignado con una «ayuda humanitaria»?

El malestar no nace de la ayuda en sí, sino del contraste. Mientras el Gobierno cubano capitalizó la llegada del convoy con una recepción en el Palacio de las Convenciones y la presentó como prueba de respaldo político internacional, en la calle el país sigue marcado por apagones, escasez, hospitales sin recursos y barrios donde la vida diaria se ha vuelto una secuencia de supervivencia. El diario 14ymedio, pionero del periodismo independiente en Cuba, describió precisamente ese uso político del desembarco y cómo La Habana volvió a montar uno de esos actos donde la retórica oficial intenta imponerse a una crisis cada vez más difícil de disimular.

En ese contexto, una de las críticas más repetidas en redes y medios cubanos es que muchos de esos visitantes llegan a “ver” la crisis, a narrarla desde fuera, a posar junto a ella y a confirmar sus prejuicios ideológicos, pero sin tocar el nervio del problema: que la miseria cubana no es una abstracción romántica ni un símbolo de resistencia para consumo europeo, sino la consecuencia concreta de un sistema cerrado, represivo y fallido, que lleva décadas administrando ruina y control. Diario de Cuba recogió este sábado una de las formulaciones más duras de ese rechazo, al resumir las críticas a la “folklorización” de la crisis y a la visión de Cuba como “parque temático de la resistencia”.

El episodio tomó más fuerza después de las declaraciones de Pablo Iglesias desde La Habana. La polémica estalló cuando el exlíder de Podemos restó dramatismo a la situación del país y desató una ola de reproches por hablar desde un entorno de privilegio ajeno a la vida del cubano común. Diario de Cuba reseñó este 21 de marzo que las palabras de Iglesias provocaron una avalancha de críticas centradas en su desconexión con la realidad cotidiana de la Isla.

No ha sido la única respuesta. CubaNet publicó este 22 de marzo la reacción del humorista Ulises Toirac, quien ironizó con la idea de dejar a esos activistas viviendo durante un mes con 4.000 pesos cubanos, una libreta de racionamiento y una casa abandonada, para comprobar si su solidaridad sobrevive cuando desaparecen el aire acondicionado, el hotel, el transporte asegurado y la salida de regreso. La burla de Toirac conectó porque condensó algo que muchos cubanos vienen diciendo desde hace años: la solidaridad que no se deja atravesar por la realidad material del país corre el riesgo de convertirse en turismo político.

La propia dimensión del convoy ayuda a explicar el choque. AP informó que entre los participantes hay dirigentes, activistas y figuras políticas de varios países, y 14ymedio ya había adelantado días antes que el operativo movería más de 20 toneladas de ayuda por aire, mar y tierra, además de delegaciones llegadas desde distintos puntos del mundo. Pero mientras esa movilización se presenta como un gesto moral contra el embargo o las sanciones, buena parte de la crítica cubana insiste en que el problema no termina en Washington ni empezó allí: el Estado cubano controla la distribución, monopoliza la escena pública, reprime la discrepancia y utiliza cada gesto externo de apoyo para reforzar su legitimidad interna y externa. 14ymedio y Diario de Cuba coinciden en mostrar que el aparato oficial no recibió el convoy como una operación neutra de auxilio, sino como un acto político de respaldo.

En ese sentido, las palabras de la investigadora, crítica musical y musicógrafa cubana Rosa Marquetti completan muy bien la idea de que lo que ha molestado a tantos cubanos no es la existencia de ayuda, sino la teatralización de esa ayuda. Marquetti no habla desde un activismo improvisado ni desde la consigna, sino desde una voz reconocible dentro del campo cultural cubano, con una trayectoria dedicada a la investigación y documentación de la música y la cultura de la Isla.

Lo primero que hace Marquetti es desmontar la falsa novedad del gesto. Su punto de partida es simple: en Cuba la ayuda no empezó con esta flotilla ni con este convoy. Lleva décadas entrando por canales discretos, sobre todo a través de iglesias, comunidades religiosas, redes de apoyo y vínculos personales. Incluso, de gente que el propio Estado cubano reconocería como «enemigos». Gente que, por ejemplo, abogan por el desmantelamiento de ese mismo estado pero que, desde el humanismo, participan activamente en el envío de ayuda humanitaria a Cuba. El señalamiento de Rosa, es importante porque le quita a la operación actual el aura de acontecimiento excepcional, recordándonos que la solidaridad verdadera casi nunca llega con altavoces. Llega sin espectáculo, sin propaganda y sin un dispositivo político montado alrededor.

Su segundo punto es todavía más incómodo para el oficialismo: no toda ayuda recibe el mismo trato. Marquetti subraya que cuando la ayuda viene de actores sin filiación ideológica útil para el poder, esa ayuda suele pasar en silencio, sin cámaras ni agradecimientos públicos. En cambio, cuando los organizadores son “de los suyos” o al menos funcionales a la narrativa del Gobierno, entonces la maquinaria mediática se activa y convierte una entrega puntual en un acto de reafirmación política. Esa observación encaja de manera directa con lo ocurrido estos días, porque la llegada del Convoy Nuestra América fue amplificada por el aparato oficial y capitalizada por Miguel Díaz-Canel como un gesto de respaldo internacional en medio del colapso interno.

El tercer núcleo de su crítica es un tema ya viejo y analizado hasta la saciedad: la confusión interesada entre pueblo y Gobierno. Marquetti denuncia que muchas de estas iniciativas se presentan como ayuda “a Cuba” o “al pueblo cubano”, pero terminan siendo empaquetadas en una puesta en escena que beneficia simbólicamente al Estado. Un punto especialmente sensible y peligroso, porque borra una diferencia esencial: una cosa es auxiliar a la población y otra muy distinta contribuir, aunque sea de manera indirecta, a la legitimación de quienes administran el desastre. Su frase sobre la “confusión inducida entre gobierno y pueblo” va justo al centro de ese problema.

Uno de los puntos tocados por Marquetti aterriza muy bien en un aspecto que a menudo el disenso evoca y es, la preferencia del poder por entenderse con los amigos de afuera —e incluso dialogar con el gobierno de los Estados Unidos, el enemigo que ellos demonizan— antes que hacerlo con sus propios ciudadanos. Marquetti no lo plantea solo como un rasgo de protocolo o de imagen, sino como una conducta estructural. El régimen cubano prefiere el reconocimiento internacional de quienes le son afines a abrir un diálogo real con la diversidad interna del país. Lo que denuncia no es únicamente hipocresía, sino una jerarquía moral: el aplauso extranjero vale más que la voz del cubano común, incluso del cubano que ha sostenido durante años a su familia o a su barrio con remesas, medicinas, paquetes, plantas eléctricas y ayuda directa.

Varios comentarios que acompañaron su publicación confluyen en ese sentido. Daniela Peral cuenta que mientras ese grupo internacional desfilaba con su banderita cerca de la Catedral, otros cubanos estaban allí mismo dando comida a la gente vulnerable, y ninguno de ellos se acercó, no ya a ayudar, siquiera a mirar de cerca lo que hacían.

Manuel Alejandro Yong lo resume de forma más seca: “El turismo político para ellos es más importante que nuestro pueblo y los derechos humanos”. Y Alejandro Sautié introduce un contraste demoledor al decir que todas las ayudas valen, pero valen más las que se hacen sin comparsa. Los tres comentarios, leídos juntos, aterrizan la tesis de Marquetti: no se está discutiendo la utilidad de un saco de arroz o de una medicina, sino el uso simbólico de la miseria ajena.

Luego Marquetti ensancha su crítica y la lleva del terreno político al terreno visual y moral. Cuando habla de la “folklorización de nuestra miseria”, está señalando algo más profundo que una simple molestia estética. Está diciendo que la ruina cubana se ha convertido para cierta izquierda internacional en decorado, en postal ideológica, en prueba material de una resistencia romántica que solo existe para quien no tiene que vivirla. Los derrumbes, la delgadez de la gente, la basura acumulada, la ciudad rota: todo eso deja de ser tragedia concreta y pasa a funcionar como escenografía para fotógrafos, influencers, académicos y visitantes que consumen Cuba como experiencia.

Su texto es especialmente duro porque desmonta la épica del visitante solidario.

“No los quiero paseándose bajo los balcones apuntalados haciéndose los héroes”, escribe. Esa frase no va solo contra una flotilla puntual, sino contra toda una manera de mirar a Cuba desde afuera. Una manera que necesita la pobreza cubana como símbolo, pero no como realidad. Que la celebra como resistencia, pero no la asumiría ni una semana, como se expresaría Toirac en modo sarcástico. Marquetti ridiculiza justamente esa comodidad moral cuando menciona a “la nórdica” —Greta Thunberg— o “el político que vive en su chalet de Galapagar” —Pablo Iglesias—, figuras que condensan la distancia entre el discurso heroico y la vida real.

Otro punto central de su intervención es que la responsabilidad por el desastre cubano no puede reducirse a una sola causa. Ella no exonera la presión externa y reconoce el peso del cerco y las sanciones, pero rechaza que toda la culpa se descargue sobre “el vecino guaposo del norte” mientras se absuelve a “la casta mandante” cubana. Marquetti evita caer en una simplificación inversa; no sustituye una propaganda por otra; lo que hace es devolverle complejidad al problema y recordar que la victimización del régimen también ha sido una herramienta de poder.

Varios comentarios empujan esa misma línea. Marta Olga Carreras Rivery recuerda el contraste obsceno entre los hospitales sin recursos y la Torre K levantándose en La Habana para la élite de GAESA. Ernesto Morales observa que el mensaje del Gobierno al pueblo parece ser este: siéntanse orgullosos de ser visibilizados por estos “turistas izquierdosos de la caridad”, como si esa mirada exterior pudiera dotar de legitimidad ideológica a privaciones que un Estado no ha sabido ni querido resolver. Y María del Pilar González Fernández remata con una imagen brutal: “somos un zoológico humano que recibe visitas y donaciones”. Son comentarios duros, pero necesarios de decirse.

Hay también en su publicación un elemento de hartazgo acumulado. No habla solo de esta semana ni de este convoy. Habla del cansancio de una sociedad usada una y otra vez como soporte material de relatos ajenos. Cuando dice que nadie preguntó a los cubanos si querían inmolarse para satisfacer a “izquierdosos nostálgicos” o a las “groupies” de guerrilleros nonagenarios, lo que está cuestionando es la apropiación simbólica de la experiencia cubana por parte de otros. Cuba, en esa lectura, deja de pertenecerle a quienes la padecen y pasa a pertenecerle a quienes la necesitan como mito.

Tanto ella, como otros que en igual sentido se han expresado, han logrado nombrar con precisión algo que muchos otros venían sintiendo sin encontrar la fórmula exacta para decirlo: que la solidaridad convertida en performance puede terminar siendo otra forma de menosprecio. Eso, en un país agotado, pesa casi tanto como la propia escasez.

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