Bruno Rodríguez rompe récord de Alarcón: peor inglés, peores respuestas y una «democracia diferente»

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Hay momentos en que la diplomacia cubana no necesita enemigos. Se basta sola para hacer el ridículo; y el caso más reciente lo ha protagonizado el canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla. El también y bien llamado «Condeneitor», concedió una entrevista al periodista Whit Johnson de ABC News desde La Habana, con la intención declarada de defender al régimen ante la opinión pública estadounidense en el momento de mayor presión internacional sobre la isla en décadas. El resultado fue tan catastrófico que, si el Partido Comunista tuviera un departamento de relaciones públicas funcional, Bruno estaría esta mañana sin trabajo.

Tres minutos de tartamudeos y evasión

Johnson le preguntó directamente qué reformas estaría dispuesto a hacer el gobierno cubano con tal de superar esta crisis geopolítica, socio económica y hasta militar si se quiere; y Bruno empezó a patinar desde la primera pregunta.

Cuando el periodista le mencionó presos políticos, elecciones libres y derechos humanos, respondió que «disputaba» esas acusaciones y recomendó buscar «evidencias concretas», sin aportar ninguna propia. Cuando Johnson le preguntó qué teme que pasaría si hubiera elecciones libres en Cuba, Bruno no respondió. Literalmente no respondió. Acusó al periodista de tener «prejuicios» y giró hacia otro tema. Johnson, sin alterarse, se lo señaló en vivo: «Usted no respondió la pregunta.»

El momento más surrealista llegó cuando Bruno, después de no poder defender el sistema electoral cubano —un solo partido, candidatos únicos, sin observadores independientes, sin competencia real desde 1959—, decidió no llamarlo dictadura. Lo llamó «democracia diferente.» Una democracia. Diferente. En Cuba.

Johnson, con la paciencia de quien ya ha visto mucho, respondió lo obvio: «Cuba no es una democracia diferente. Cuando la gente va a las urnas, normalmente hay un solo candidato, un solo partido. No hay elección.»

El inglés: nivel «San Vincen an de Granadins»

Pero si las respuestas fueron malas, el inglés fue memorable por las razones equivocadas. Bruno decidió hacer la entrevista en inglés, aparentemente para conectar mejor con la audiencia estadounidense. El efecto fue el contrario. Tartamudeó, se perdió en mitad de las oraciones, repitió «I… I… I…» en bucle antes de cada respuesta y pronunció el inglés de alguien que lo estudió en un libro soviético de los años 70 y nunca lo practicó con un hablante nativo.

La comunidad cubana en redes no tardó en compararlo con el episodio más viral de idiomas del régimen: cuando Díaz-Canel intentó pronunciar «Saint Vincent and the Grenadines» en un discurso en diciembre de 2022 y produjo algo que los cubanos describieron como «mandarín», «marciano» y «San Vicen an de Granadins.» Aquello generó una avalancha de memes que duró semanas. El inglés de Bruno este lunes fue, si cabe, más consistentemente malo: no fue un error aislado de pronunciación, fue una actuación sostenida de alguien que no domina el idioma y aun así eligió usarlo ante millones de espectadores.

A decir verdad, los diplomáticos cubanos tienen un historial documentado de inglés deficiente que contrasta llamativamente con el rol que se les asigna. Carlos Fernández de Cossío, viceministro de Relaciones Exteriores, ha dado entrevistas en inglés con resultados igualmente modestos. Johana Tablada, también del Minrex, es otro caso recurrente. El canciller interino de facto durante años antes de Bruno, Felipe Pérez Roque, era conocido por evitar el inglés siempre que podía. Recientemente «Soberoncito» — Ernesto Soberón Guzmán, el representante permanente de Cuba ante las Naciones Unidas en Nueva York—, el cargo diplomático más visible del régimen en territorio estadounidense, ha dado declaraciones en inglés con resultados que, encajan perfectamente en el molde de todos los anteriormente mencionados.

En un país donde el sistema educativo paga salarios de miseria y los profesores de idiomas emigran en masa, no sorprende que el aparato diplomático tenga este problema. Lo que sí sorprende es que envíen a sus funcionarios a entrevistas en cadenas de alcance mundial sin un intérprete.

El fantasma de Alarcón y Mas Canosa

Un nombre que circuló en redes al día siguiente de la entrevista de Bruno no fue el suyo. Fue el de Ricardo Alarcón de Quesada. A fuerza de ser sinceros hay que decir que si bien su inglés no era perfecto era bastante fluido. Sin embargo, en septiembre de 1996, Alarcón —entonces presidente de la Asamblea Nacional cubana— aceptó debatir en vivo por CBS con Jorge Mas Canosa, fundador de la Fundación Cubano-Americana, transmitido a más de 20 países de América Latina. Y en inglés.

Fue el único debate de ese tipo en la historia entre un alto funcionario del régimen y un líder del exilio. Mas Canosa insistió en la necesidad de celebrar elecciones libres dentro de Cuba como único camino posible hacia la prosperidad, mientras Alarcón respondía con ironía que todo eran «novelas inventadas por el exiliado.» No gagueó como Bruno, pero hubo momentos en los que — dicho en buen cubano— cancaneó. Dicen que eso, la tontería que dijo ante estudiantes de la UCI en la memorable intervención del activista y por entonces estudiante, Eliécer Ávila, y una maleta con $2 millones de dólares perteneciente a Raúl Castro perdida, le costaron el puesto.

Alarcón era infinitamente más hábil que Bruno. Era un dialéctico formado, con doce años de experiencia como embajador en la ONU en Nueva York, con dominio fluido del inglés y un conocimiento profundo de la política estadounidense. Y aun así, muchos en el exilio sintieron que Mas Canosa lo puso en evidencia: Alarcón defendía lo indefendible, pero al menos sabía cómo argumentarlo. Bruno, en 2026, no alcanzó ese nivel ni de lejos. Donde Alarcón tenía respuestas elaboradas —aunque falsas—, Bruno tuvo tartamudeos, evasiones y el eufemismo más torpe de la diplomacia cubana reciente.

Por qué lo hacen igual

La activista y analista política cubana Amelia Calzadilla, cuyo canal de YouTube tiene más de 30.000 seguidores entre cubanos dentro y fuera de la isla, graduada como Licenciada en Lengua y Literatura Inglesa en la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de La Habana, ofreció este lunes su lectura del momento, aunque por cuestiones ética no se refirió al pésimo nivel mostrado por Bruno, sino a lo que dijo.

Para ella, el régimen no da estas entrevistas para convencer a los cubanos de adentro —que ya no consumen la prensa oficial—, sino para apelar directamente a sectores de la sociedad estadounidense: los antitrumpistas que, sin conocer profundamente Cuba, podrían sumar presión interna contra las políticas de la administración. Que Bruno hablara en inglés, por macarrónico que fuera, era parte de esa estrategia de engagement directo con la audiencia norteamericana.

El problema es que la estrategia tiene un fallo estructural: en el mundo libre, la prensa no es una foca. Whit Johnson no respondía a ningún partido. No tenía miedo. No necesitó que nadie le mandara las preguntas. Y cuando Bruno intentó esquivar, Johnson simplemente lo señaló y siguió adelante. Esa diferencia —entre un periodista libre y un funcionario acostumbrado a las ruedas de prensa del Granma— fue visible en cada segundo de los tres minutos que duró el intercambio.

Johnson cerró su crónica para ABC con una frase que resumió lo que Bruno no quiso decir: los cubanos con los que habló en La Habana, gente que vive con un salario que no alcanza para un cartón de huevos, que paga 40 dólares por un galón de gasolina en el mercado negro porque las gasolineras están cerradas, quieren un cambio. Muchos cubanos están desesperados. Eso lo dijo un periodista americano de familia cubana desde La Habana, frente a las cámaras, sin que nadie lo censurara.

Eso, precisamente eso, es lo que en Cuba se llama democracia. No «la diferente» que mencionó Bruno. La de verdad.

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