Un reciente recorrido por los mercados informales de Bayamo, en la provincia de Granma, ha revelado precios exorbitantes para productos básicos. El cartón de huevo se vende a 4.000 pesos, la libra de azúcar a 400 y el litro de aceite a 1.500, cifras que superan el salario mensual de muchos cubanos. La situación refleja una creciente presión inflacionaria en el país, que afecta la capacidad de compra de la población.
Aunque China declara su solidaridad con Cuba, los expertos coinciden en que su apoyo concreto es escaso y cauteloso. La relación comercial es frágil, Beijing no quiere irritar a Washington y el factor Taiwán complica aún más el vínculo.
Los dueños de botes en Estados Unidos también están sintiendo el impacto del aumento de la gasolina. En Florida, donde hay más embarcaciones registradas que en cualquier otro estado, el encarecimiento del combustible puede reducir paseos, velocidad y distancia durante el verano. En Miami-Dade, el dato político añade ironía: el 68% de los votantes cubanoamericanos probables apoyaba a Donald Trump en 2024, según la encuesta FIU Cuba Poll.
The Atlantic, AP, TIME, Politico y Detroit News publicaron el 23 y 24 de abril textos que, leídos juntos, componen el retrato más completo de la Cuba de 2026: un pueblo que rasura rutinas para sobrevivir, una diplomacia llena de cartas confiscadas y plazos ignorados, y un debate abierto sobre si asfixiar al régimen salva o destruye al pueblo.
En 2024 Trump supo capitalizar el descontento de muchos votantes, especialmente en la comunidad cubano‑americana de Florida, con mensajes sobre una economía “roaring” y gasolina barata. Hoy el precio del combustible roza los US$4 en su segundo año de mandato. La guerra con Irán, los riesgos en el estrecho de Ormuz y la frágil oferta mundial han eliminado cualquier margen para reducir los precios a la mitad. Mientras el presidente pide paciencia y apela al patriotismo ante un conflicto que él mismo promovió, empiezan a aflorar reclamos entre quienes esperaban llenar el tanque por menos de US$2.
La advertencia por escasez de agua y el aumento del costo de vida en Miami están llevando a expertos a cuestionar la viabilidad de jubilarse en la ciudad.
Manuel Marrero Cruz encabezó reuniones extraordinarias en Granma, Guantánamo y Santiago para exigir “proactividad” y más producción en plena crisis. En Bayamo, el tono de convocatoria vuelve a convertir el sacrificio cotidiano en programa de gobierno.
Aunque el decreto utiliza el lenguaje de la descentralización y la autonomía empresarial, su diseño mantiene una fuerte dependencia del aparato financiero y político central
Cuba carga con décadas de deterioro, pero su futuro podría ser radicalmente distinto si cambia las reglas que hoy frenan cualquier progreso. La isla posee ventajas estratégicas —posición geográfica, capital humano, diáspora conectada— que han permitido a otros países similares transformarse tras abandonar modelos cerrados. Vietnam, Polonia o Panamá muestran que, con instituciones estables, propiedad privada y apertura al mundo, la recuperación es posible. El potencial de Cuba no es una fantasía; es una oportunidad concreta que depende de decisiones internas, no de milagros externos.
Cuba oficializó una redolarización parcial que reconoce el colapso del peso en medio de apagones, escasez y derrumbe productivo. Mientras el Estado busca controlar cada dólar que entra al país, los mangos se pudren en plantaciones estatales y las iglesias se llenan de personas que buscan refugio espiritual. Entre economía, abandono agrícola y fe, la isla vive un cierre de año marcado por la incertidumbre.
El enfriamiento del mercado inmobiliario en Miami no solo obedece al fin del boom pandémico y al encarecimiento de las hipotecas: también influye la ralentización migratoria. Con menos recién llegados asentándose, un teletrabajo en retroceso y un clima político menos favorable para los inmigrantes, la demanda pierde presión y los precios comienzan a ceder después de años de escalada.
en notas del Banco Central, en conceptos que suenan científicos con promesas del pronto establecimiento de un mercado cambiario estable. Pero ahí afuera la vida transcurre en otra dimensión: la del salario que se evapora, la del huevo que dobla su precio en una semana, la del aceite que aparece dos días y luego se esconde un mes. Lo que el Estado llama “moderación” es, en la vida real, una especie de agónico sostenimiento a base de inventos.