Un hombre enciende un trozo de isopor para hervir agua. Su mujer sostiene una olla sobre la llama negra y tóxica. Eso es el desayuno en Cuba en mayo de 2026.
Cada donación que llega es una confesión pública del fracaso del modelo, y cada vez que el régimen la recibe con aplausos está admitiendo, sin decirlo, que en 65 años no construyó nada que pudiera sostenerse solo.
Un hombre en Holguín enciende un trozo de isopor para hervir agua. Su mujer sostiene la olla sobre la llama negra y tóxica mientras el humo le entra en los pulmones. No es una escena de hace cincuenta años. Es esta semana. Es el desayuno en Cuba en mayo de 2026, según reportó O Globo, y resume mejor que cualquier discurso lo que le ha pasado a un país que alguna vez se jactó de tener el mejor sistema de salud del hemisferio: la gente quema plástico para comer porque no hay gas, no hay electricidad, y el Estado que prometió resolverlo todo lleva décadas sin resolver nada.
La crisis energética no cayó del cielo. Cuba necesita alrededor de 100 mil barriles de petróleo al día para mantener su economía funcionando y produce menos de la mitad. Venezuela dejó de vender cuando Maduro cayó preso. México anunció el fin de sus ventas bajo presión de Washington. Rusia mandó un cargamento que duró hasta principios de mayo y después el petrolero se fue. Lo que quedó son apagones de 20 a 22 horas diarias en La Habana, más en el interior, y una población que aprendió a despertarse a las tres de la madrugada — el único momento en que a veces hay luz — para lavar, cocinar y cargar el celular antes de que vuelva la oscuridad. En Holguín el saco de carbón que costaba 1,200 pesos subió a 1,800 de un mes al otro, hasta que el carbón también desapareció y quedó la leña, y cuando la leña escaseó quedó lo que hubiera: plástico, isopor, lo que arde.
El escritor Norberto Fuentes, que conoce Cuba desde adentro y desde afuera como pocos, lo dijo en entrevista con La Repubblica sin buscarle la vuelta: «Cuba está en la miseria.» No dijo «situación compleja». No dijo «momento difícil». Dijo miseria, la palabra que en la isla está prohibida pronunciar en voz alta, la que el régimen sustituye por «limitaciones objetivas» y «recrudecimiento del bloqueo». Fuentes lleva años en el exilio pero no ha perdido el pulso de lo que pasa, y lo que pasa es que el modelo colapsó y el régimen lo sabe y no tiene ni la voluntad ni la capacidad de cambiarlo, porque cambiarlo significaría repartir el poder que lleva 65 años concentrado en las mismas manos.
Esas manos son las de GAESA, el conglomerado militar que controla hoteles, tiendas, gasolineras, importaciones y exportaciones. Cobra en dólares. Paga en pesos. Acumula la diferencia mientras el país se hunde. Marco Rubio fue directo cuando dijo que la verdadera razón de los apagones no es el embargo sino el saqueo — miles de millones de dólares extraídos de una economía que ya no tiene más que dar, que alimentan a una élite de uniformados con palcos en el béisbol y casas en Miramar mientras en Holguín queman isopor para hervir agua. El embargo existe y tiene un costo real, pero ningún embargo obliga a un gobierno a robarle la electricidad a su propio pueblo.
Y sin embargo Cuba sobrevive de limosna. Brasil donó medicamentos para tratar a mil pacientes con tuberculosis. El Programa Mundial de Alimentos entregó 106 toneladas de carne en conserva a Villa Clara. Cataluña anunció 440,000 euros en ayuda humanitaria. Cada donación que llega es una confesión pública del fracaso del modelo, y cada vez que el régimen la recibe con aplausos está admitiendo, sin decirlo, que en 65 años no construyó nada que pudiera sostenerse solo. Un país con tierra fértil, sol todo el año, gente con una inteligencia y una creatividad que el mundo entero reconoce, necesita que Cataluña le mande euros para comer. Eso no lo causa un bloqueo. Lo causa un sistema diseñado para extraer, no para producir.
Ante todo eso, Díaz-Canel no abre — aprieta. Los activistas del 11J siguen presos cumpliendo condenas de 20 y 25 años por haber gritado «libertad» en la calle. Los que intentan organizarse en redes sociales encuentran que el internet se cae justo cuando más se necesita, porque el régimen apaga el wifi igual que apaga la luz, con la misma lógica: si no hay flujo, no hay protesta. La represión en Cuba ya no necesita tanques. Le basta con el silencio.
Lo que hace más difícil de procesar todo esto es que el pueblo que lo aguanta no es un pueblo rendido. El saxofonista Ariel Brínguez lo dijo desde afuera en entrevista con La Voz de Galicia: «Quiero recordar que Cuba emana belleza entre tanta precariedad y frustración.» No lo dijo para tapar nada. Lo dijo porque es verdad, y porque la tragedia de Cuba es exactamente esa — que es un país con una cultura, una música, una energía humana extraordinaria, y ese pueblo extraordinario lleva décadas en manos de un régimen que no lo merece. Fuentes también lo capturó cuando advirtió que, a pesar de la miseria, si alguien intentara entrar por la fuerza la gente se opondría. No porque ame al régimen. Sino porque es cubana, y el orgullo cubano es lo último que queda cuando ya no queda nada más.
Eso es lo que el régimen explota hoy en día. Sabe que puede seguir hundiéndose, seguir apagando la luz, seguir quemando el futuro de sus propios hijos, y una parte del pueblo defenderá el territorio por instinto. Lo llaman patriotismo. Es el último recurso de quienes no tienen otro argumento. Entre tanto, en Holguín, una mujer espera que «este mes comiencen a vender gas» — no sabe si es verdad, escuchó el rumor — y mientras tanto enciende lo que tiene. Y lo que tiene es isopor.
Fuentes: O Globo, La Repubblica, La Voz de Galicia, CNN Brasil, Gazeta do Povo.





