Una delegación cubana vuelve a quedar expuesta en un foro internacional. Esta vez ocurrió en el Quinto Período de Sesiones del Foro Permanente de la ONU sobre los Afrodescendientes, celebrado en Ginebra, cuando el joven diplomático cubano Roberto Jacinto Cabañas Vázquez intentó frenar las denuncias de varias activistas cubanas sobre racismo, represión y exclusión en la isla. El resultado fue el contrario al que buscaba La Habana: la misión oficial terminó abucheada por asistentes y organizaciones presentes en la sala.
El funcionario que tomó la palabra en nombre de Cuba no es una figura cualquiera dentro del aparato diplomático. El “Blue Book” de la ONU en Ginebra lo identifica como segundo secretario de la misión cubana ante Naciones Unidas. Diversas publicaciones y referencias públicas lo sitúan, además, como hijo de José Ramón Cabañas Rodríguez, ex embajador de Cuba en Washington y hoy director del Centro de Investigaciones de Política Internacional (CIPI), un dato que importa no por chisme genealógico, sino porque ayuda a entender desde qué lugar de poder habló quien intentó ponerle freno a las voces que llegaban desde la sociedad civil independiente.
La primera que provocó su arrebato fue la periodista y activista cubana, afrodescendiente, María Matienzo Puerto. Según Diario de Cuba, Matienzo cuestionó el Programa Nacional contra el Racismo y la Discriminación Racial aprobado por el régimen en 2019, al considerar que no ha producido “resultados palpables”, y denunció además la criminalización de practicantes de la religión Abakuá y otras formas de discriminación racial persistentes en Cuba. Fue entonces cuando el representante oficial cubano pidió que fuera llamada al orden por supuesto “lenguaje irrespetuoso”. No logró callarla, obvio, pero intentó marcar el tono de lo que vendría después.
Horas más tarde, el episodio más tenso ocurrió durante la intervención de Oraisa Estrada Vellma, activista cubana radicada en España. Estrada habló sin rodeos de represión, presos políticos y racismo estructural. Mencionó nombres y su lenguaje no fue tan académico como el de Matienzo Puerto; fue más bien una especie de desgarro personal a partir de lo vivido durante toda su vida.
“Como una mujer afrodescendiente, libre, cubana, hoy levanto mi voz por aquellos a quienes se les ha intentado arrebatar todo, su libertad, su dignidad y hasta su humanidad”, dijo ante la sala. Añadió además que en Cuba disentir “no es un derecho, es un riesgo y un castigo, y para los afrodescendientes ese riesgo ha sido históricamente mayor”. Cuando estaba en esa línea de denuncia, la delegación cubana pidió la palabra para denunciar también un supuesto “lenguaje irrespetuoso” e intentar que la activista fuera llamada al orden.
Estrada no se echó atrás. Continuócon el mismo tono y remató con una frase que terminó de inclinar la sala a su favor: “Han explotado nuestra imagen para proyectar igualdad mientras en la realidad reprimen, encarcelan y marginan”. También habló de Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Castillo Pérez, presos políticos y artistas negros convertidos en símbolo de esa doble carga entre disidencia y racialización. Antes de cerrar, definió su intervención como “un grito desesperado de ayuda” y “un llamado a la conciencia del mundo”, porque, sostuvo, “ningún sistema puede llamarse justo mientras encierren a quienes sueñan, a quienes crean, a quienes luchan por soltar el lastre de 400 años de esclavitud”. La respuesta del auditorio fue una ovación de casi 20 segundos.
El funcionario cubano volvió al final de la sesión. Esta vez no para disculparse por su actitud, sino para desacreditar a las activistas. Según 14ymedio, pidió perdón “en especial a las organizaciones y a los participantes en el foro, porque han tenido que escuchar la vergonzosa sarta de mentiras dichas en esta sala sobre mi país por tres personas que se han acreditado falsamente como ONG”. También las llamó “conocidos asalariados de la maquinaria de cambio de régimen financiada desde Estados Unidos” y aseguró, sin presentar pruebas, que se les paga viaje, hotel y dinero —como si él se pagara lo mismo con dinero de su bolsillo— a cambio de “denigrar con falsedades a la realidad cubana”. Fue ahí cuando se escucharon los abucheos.
Denigrar, de hecho, es una palabra racista, pero de eso sabe muy poco este joven blanco cubano, privilegiado e hijo de una casta elitista y también elitista él, por sí solo; así que los abucheos le cayeron muy merecidamente. En un momento en el cual una activista estadounidense recordó que el foro debía ser “un espacio seguro” para que personas afrodescendientes pudieran confrontar al poder sin sentirse amenazadas, un joven blanco, hombre, alza su voz a nombre de un estado para decirle a mujeres afrodescendientes cómo es que tienen que hablar y que si no lo hacen, él exige que se vayan de la sala.
Laritza Diversent, directora de Cubalex, resumió el problema con una frase dura: el Estado cubano “quedó al desnudo” al presentar mociones e interrupciones para limitar la libertad de expresión de activistas negras que estaban hablando de racismo estructural en Cuba.
En esta especie de «rifirrafe diplomático», no se vio solo a un funcionario protestando por el reglamento. Se vio a un representante del poder estatal cubano diciéndoles a mujeres negras cómo debían hablar, qué podían decir y en qué tono podían denunciar. Y eso ocurrió precisamente en un foro creado para escuchar a afrodescendientes hablar de discriminación, exclusión y racismo. El contraste fue demasiado visible como para que pasara inadvertido, pero esa parte ellos no la tienen estudiada. Resultó muy llamativo el hecho de que al menos dos activistas de organizaciones de otros países usaran parte de su escaso tiempo de intervención, no para hablar de lo que sucede en sus países, sino para recriminar la conducta del diplomático cubano y exigirle que se disculpara.
La isla llega a estos organismos cada vez más denunciada por organizaciones de derechos humanos y por activistas que han conseguido sacar el debate racial del marco complaciente con que el régimen lo ha presentado durante años. La versión oficial, la que defiende este jovenzuelo diplomático, blanco, privilegiado y de élite, insiste en que la Revolución resolvió el problema o, al menos, lo neutralizó institucionalmente. Las intervenciones de Matienzo, Estrada y Kirenia Yalit Núñez empujaron exactamente en la dirección contraria: que el racismo no es un residuo ya superado, sino una estructura que sigue atravesando el castigo político, la vigilancia, la cárcel y la marginalización.
María Matienzo lo dijo después con una frase que explica por qué los abucheos importan: era la primera vez que veía al Estado cubano terminar rechazado de esa manera por la sociedad civil en un evento de este tipo.
No le falta razón a la activista cubana. En espacios multilaterales, el régimen cubano suele moverse con un repertorio conocido: negar, corregir, acusar de mercenarismo y desplazar la discusión hacia el embargo o la soberanía, pero esta vez la estrategia no le funcionó. Esta vez la sala vio lo que estaba ocurriendo en tiempo real y es tal cual lo describimos párrafos encima: vio a un representante del poder estatal cubano diciéndoles a mujeres negras cómo debían hablar, qué podían decir y en qué tono podían denunciar.
Lo ocurrido en Ginebra dejó una escena políticamente costosa para La Habana: un hombre del aparato diplomático, formado dentro de una estructura heredada del privilegio estatal, intentando disciplinar a mujeres negras que denunciaban racismo y represión, y terminando abucheado en un foro internacional creado para amplificar justamente esas voces.




















