Casas de contenedores en Cuba: la solución que no convence a quienes más la necesitan

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Cuba promueve viviendas modulares con contenedores ante déficit de 800,000 hogares, pero las primeras entregas llegan con fallas graves. Entre derrumbes en La Habana y contenedores con goteras en Guantánamo, la crisis de vivienda en Cuba no encuentra salida

Cuba tiene un déficit de más de 800,000 viviendas y la respuesta oficial es convertir contenedores marítimos en casas. El fin de semana, Díaz-Canel y el primer ministro Manuel Marrero Cruz se fotografiaron con las dos primeras beneficiarias en La Habana. Lo que no salió en las fotos es lo que ya saben las familias de Guantánamo que recibieron los suyos meses antes: goteras desde el primer día, plomería inservible, instalaciones eléctricas peligrosas y una deuda de casi un millón de pesos que tardarán más de dos décadas en pagar.

Un acto oficial, dos casas y 800,000 familias esperando

El sábado, la cúpula del gobierno cubano se reunió en La Habana para entregar las dos primeras viviendas modulares de la capital. Las beneficiarias fueron dos madres solteras: una había pasado más de trece años en un albergue estatal con su hijo y su madre anciana, otra vivía en un cuarto con dos hijos adolescentes. Ambas recibieron una caja de acero reciclada de un buque carguero, convertida en vivienda en aproximadamente un mes, según informó la agencia AP.

Marrero Cruz reconoció en el acto que el programa no avanza al ritmo deseado. La directora de Vivienda del Ministerio de la Construcción indicó que más de 2,000 contenedores han sido aprobados para convertirse en viviendas y que unos 700 están en proceso de transformación. Con un déficit oficial de 800,000 hogares, y contando solo Cuba completó el 22% de su plan anual de construcción el año pasado, la matemática no da.

Mientras tanto, en La Habana la situación es urgente de una forma que ningún acto oficial puede maquillar. AP recogió el testimonio de Yurieska Artunet Martí, una esteticista de 29 años embarazada de cuatro meses que vive con tres hijos pequeños en un edificio del que ya evacuaron todos los pisos superiores por riesgo de derrumbe. El yeso cae sobre la cama donde duermen sus hijos. Tuvo que cerrar su negocio porque los clientes dejaron de subir las escaleras erosionadas. No puede permitirse vivir en otro lugar.

A pocas cuadras, un ingeniero de 60 años vio colapsar parte del tercer piso de su edificio mientras veía televisión. Sin poder costear otra vivienda, reconectó él mismo el agua y la electricidad y se quedó. «Siempre vas a tener miedo», le dijo a AP.

En Guantánamo, los que ya recibieron los contenedores cuentan otra historia

El programa de viviendas con contenedores no comenzó en La Habana. Guantánamo lleva meses a la vanguardia del proyecto, con entregas destinadas a familias que perdieron sus hogares en los huracanes Oscar en 2024 y Melissa en octubre de 2025.

Pero los testimonios de quienes recibieron esas unidades en la zona de Carretera 3 Sur, cabaña Mariana Grajales, contradicen la narrativa oficial. Unas 20 familias denunciaron ante el medio independiente CubaNet que sus viviendas llegaron con goteras, tuberías que no funcionan e instalaciones eléctricas que representan un riesgo diario. Y todo eso a un precio que ronda el millón de pesos cubanos por unidad, cuatro veces el valor tasado de una vivienda convencional. A razón del 50% de un salario promedio, una familia tardaría 22 años y medio en terminar de pagar.

El gobierno presume de una inversión estatal de 24.5 millones de pesos en el programa habitacional para damnificados en Guantánamo. Las familias que viven en esas estructuras metálicas no sienten que ese dinero llegó hasta sus paredes.

Lo que Cuba enfrenta no es un problema de creatividad arquitectónica ni de falta de iniciativa. Es un déficit estructural de décadas, agravado por la crisis energética, la escasez de cemento y materiales, y un modelo económico que no genera los recursos para resolverlo. Convertir contenedores en casas puede ser una solución parcial en contextos de emergencia. Pero entregarlos con fallas, cobrarlos a precios inalcanzables y presentarlos como un triunfo, mientras decenas de miles de familias siguen esperando en albergues o durmiendo bajo techos que se caen, es otra cosa.

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