De vuelta al ciclobús: así se está sintiendo la crisis energética en Cuba

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La crisis energética en Cuba ha dejado de ser un problema que se mide únicamente en horas de apagón. Se ha desplazado hacia la vida cotidiana, hacia el tiempo que una persona tarda en llegar al trabajo, hacia las colas interminables y hacia soluciones que parecían superadas. En La Habana, una de esas imágenes es el regreso del llamado “ciclobús”, una alternativa improvisada que vuelve a ocupar espacio en medio de la escasez de combustible.

Bien pudiéramos llamarlo «ciclocruz» o «siglocruz», si tomásemos como referencia que este, es una especie de cruz que arrastramos desde el siglo pasado.

Un reportaje de Associated Press documenta cómo la falta de diésel ha reducido significativamente la disponibilidad de transporte público. Rutas canceladas, frecuencias recortadas y una demanda que no deja de crecer han obligado a miles de personas a buscar otras formas de moverse. En ese contexto, estructuras adaptadas —bicicletas con capacidad para transportar pasajeros— reaparecen en puntos clave como el túnel bajo la bahía de La Habana, donde el tránsito diario se ha vuelto más lento, más precario y más dependiente de la improvisación.

La escena remite a otros momentos de crisis en la isla, donde la falta de combustible obligó a reconfigurar la movilidad urbana. La diferencia ahora es que ocurre en un contexto donde el deterioro del sistema energético lleva años acumulándose, con menos margen de maniobra y mayor presión sobre la infraestructura existente.

Esa lectura aparece desarrollada en una columna de The Wall Street Journal, que sostiene que los apagones actuales responden a un problema estructural más profundo. Según ese análisis, el sistema eléctrico cubano arrastra décadas de falta de inversión, dependencia de combustibles importados y una escasez crónica de divisas que limita cualquier intento de modernización. Desde ese enfoque, los cortes de electricidad no serían un fenómeno puntual, sino la manifestación visible de un modelo que ha llegado a un punto de desgaste sostenido.

Cuando se conectan ambos planos —el de la columna y el de la calle— la imagen se vuelve más clara. La falta de energía no solo se traduce en apagones prolongados, sino en menos transporte, menor capacidad logística y una presión constante sobre los servicios básicos. El resultado es una cadena de efectos donde cada carencia amplifica la siguiente.

En paralelo, el discurso oficial comienza a reflejar esa presión. De acuerdo con un reporte de Bloomberg, el presidente Miguel Díaz-Canel afirmó recientemente que Cuba estaría abierta a aceptar inversión de Estados Unidos en exploración petrolera. La declaración introduce un elemento poco habitual en un sector históricamente controlado por el Estado y apunta a la necesidad de encontrar nuevas fuentes de energía en medio de la crisis.

Sin embargo, esa señal de apertura aparece acompañada por el mismo lenguaje de confrontación política. En la misma intervención, Díaz-Canel insistió en que el país está preparado para resistir presiones externas, manteniendo un discurso que no ha variado en lo esencial. Esa coexistencia de mensajes —apertura económica por necesidad y retórica de resistencia— refleja el equilibrio que intenta sostener el Gobierno en un momento de escasez.

Mientras tanto, en las calles de La Habana, la respuesta es más directa y menos discursiva. La gente se adapta. Ajusta horarios, recurre a alternativas y reorganiza su día en función de lo que hay, no de lo que debería haber. El ciclobús, en ese contexto, no es una solución estructural, pero sí una señal clara de hasta dónde ha llegado la crisis: cuando la energía falta, todo lo demás empieza a moverse más lento.

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