La madrugada del jueves, media Cuba se quedó a oscuras tras una desconexión parcial que afectó desde Ciego de Ávila hasta Guantánamo. Brigadas de la Unión Eléctrica trabajaron sin pausa para restablecer la red provincia por provincia, mientras Granma, Santiago y Guantánamo permanecían en microsistemas de isla. El esfuerzo humano es real, pero el problema de fondo sigue intacto: Cuba no tiene diésel, no tiene fueloil y en lo que va de 2026 apenas dos buques tanqueros han descargado combustible en la isla.
Cuba concentra como nunca antes la atención del mundo. Bueno, la concentró cuando la crisis de octubre; un poco cuando se derrumbó el campo socialista, y otro poco cuando se murió Fidel Castro. Ahora el asunto es otro, aunque tiene algo que ver con el primero.
El colapso del comercio hacia Cuba en marzo agrava la crisis energética y social, en medio de una creciente presión de EE.UU. bajo la administración Trump.
Este cargamento petrolero sería un salvavidas momentáneo para el régimen cubano que está contra las cuerdas por la agudización de la crisis por lo que según el presidente Donald Trump estarían dispuestos a llegar a un acuerdo con EEUU.
La ONU alertó sobre un posible colapso humanitario en Cuba en medio de apagones, escasez de combustible y presión de EE.UU. sobre el suministro petrolero.
Trump aseguró que Cuba “fracasará muy pronto” y firmó una orden que declara a la Isla como amenaza. Desde La Habana, medios y funcionarios denuncian una nueva escalada de agresión económica y política.
El choque entre Bruno Rodríguez y Carlos Giménez refleja una guerra de relatos alrededor de Cuba, mientras Trump mantiene una puerta entreabierta a negociar si hay alineación política.
Trump abrió dos frentes: aranceles a países que suministren petróleo a Cuba y amenazas comerciales contra aeronaves canadienses. En La Habana preocupa el efecto indirecto sobre el turismo de Canadá, principal mercado emisor hacia la Isla.