Un camión de pasajeros que cubría la ruta entre Camagüey y La Habana logró completar su trayecto el pasado 7 de abril tras recurrir a una solución improvisada: mezclar aceite de cocina con el poco diésel disponible para poder seguir en marcha, según un reporte ciudadano difundido por el medio independiente El Toque.
De acuerdo con la información publicada, los propios viajeros reunieron alrededor de 30 pomos de aceite vegetal —comprados a 1500 CUP cada uno— que fueron vertidos en el tanque del vehículo como combustible alternativo. La persona que reportó el hecho aseguró que la decisión se tomó ante la imposibilidad de conseguir diésel suficiente en el camino y con el objetivo de no quedar varados en plena carretera. El testimonio añade que el argumento era directo: el petróleo escasea y su precio supera ampliamente al del aceite.
El episodio, registrado en video y compartido con el citado medio, muestra cómo se realiza la mezcla en un camión diésel, en una escena que deja ver tanto la precariedad del momento como el margen de decisión que queda en manos de choferes y pasajeros cuando el combustible desaparece de la ecuación. No se trata de una práctica institucional ni de un protocolo de emergencia definido, sino de una respuesta improvisada en tiempo real ante la falta de alternativas.
Desde el punto de vista técnico, la práctica tiene una base concreta que explica por qué el vehículo pudo seguir avanzando. Los motores diésel no funcionan con chispa, como los de gasolina, sino por compresión: el aire se comprime dentro del cilindro hasta alcanzar temperaturas muy elevadas, y cuando se inyecta el combustible, este se enciende por sí solo. Ese principio permite que no solo el diésel pueda arder, sino también otros líquidos combustibles, incluidos los aceites vegetales, siempre que se den las condiciones de temperatura y presión adecuadas.
En ese contexto, el aceite de cocina puede actuar como combustible parcial porque también es capaz de inflamarse dentro del motor. Sin embargo, no lo hace de la misma manera ni con la misma eficiencia. El aceite es mucho más viscoso que el diésel, lo que dificulta su atomización al ser inyectado. En lugar de pulverizarse en partículas finas, entra de forma más densa, lo que afecta la combustión. Por eso la mezcla con diésel resulta clave: el diésel facilita la ignición y ayuda a que el proceso no se interrumpa, funcionando como base sobre la cual el aceite puede quemarse.
Aun así, el funcionamiento es imperfecto y con consecuencias. La combustión incompleta genera residuos que se acumulan en los inyectores y en la cámara de combustión, aumentando el desgaste del motor. La bomba de inyección, diseñada para trabajar con un combustible más ligero, también sufre al mover un fluido más espeso. En el corto plazo, el vehículo puede avanzar; en el mediano, empieza a pagar el costo mecánico de esa decisión.
Más allá del aspecto técnico, el hecho refleja las dificultades que enfrenta el transporte interprovincial en Cuba en medio de la inestabilidad en el suministro de combustibles. En los últimos meses, la isla ha experimentado interrupciones en la distribución de diésel y gasolina, lo que ha impactado tanto al transporte estatal como al privado, obligando a cancelar rutas, reducir frecuencias y recurrir a soluciones de emergencia.
El uso de aceite de cocina como sustituto parcial del diésel no forma parte de ninguna política oficial ni de un programa energético estructurado. Es una práctica que emerge en el terreno, cuando la alternativa es no moverse. Su aparición en rutas de pasajeros no es anecdótica: indica hasta qué punto el sistema de transporte opera con márgenes mínimos y depende de decisiones improvisadas para sostener servicios básicos. Y es práctica porque, un litro de aceite de cocina cuesta dos veces menos que un litro de diesel, que la pasada semana estaba a 2500 CUP en La Habana. Si tenemos en cuenta que el combustible aparece menos que el aceite de cocina, ya las matemáticas «cuadran» perfectamente.
El reporte de El Toque se suma a otros testimonios recientes que documentan largas esperas en terminales, vehículos detenidos por falta de combustible y un aumento sostenido en los costos del transporte, en un contexto donde la movilidad deja de ser una garantía y pasa a convertirse en un problema a resolver sobre la marcha.




















