El precio de la gasolina en Estados Unidos lleva semanas acercándose a territorio históricamente doloroso para cualquier presidente, y Donald Trump lo sabe. El galón de gasolina alcanzó esta semana un promedio nacional de 4,52 dólares según la AAA, más de 1,50 dólares por encima del precio que tenía antes del inicio de la guerra con Irán, hace ya once semanas. La respuesta de la Casa Blanca: proponer la suspensión temporal del impuesto federal a la gasolina.
Trump anunció el lunes que quiere suspender el impuesto «por un período de tiempo» y lo reintroduciría «cuando la gasolina baje.» Cuando los periodistas le preguntaron en el Despacho Oval cuánto duraría la suspensión, respondió: «Hasta que sea apropiado.»
El problema es que Trump no puede hacerlo solo. Suspender los impuestos sobre combustibles —18,4 centavos por galón para gasolina regular y 24,4 centavos para diésel— requiere un acto del Congreso, y pausarlos le costaría al gobierno federal aproximadamente 500 millones de dólares por semana. Ese dinero financia el Highway Trust Fund, el principal fondo federal para construir y reparar carreteras y proyectos de transporte público en todo el país. Los críticos ya tienen un nombre para lo que viene si el fondo se agota: los baches de Trump.
El antecedente más reciente no es alentador. En 2022, cuando los precios de la gasolina se dispararon por la invasión rusa de Ucrania, el entonces presidente Joe Biden pidió al Congreso una pausa similar en el impuesto federal. Los legisladores la rechazaron, argumentando que la medida sería ineficaz para resolver el problema de fondo.
Esta vez, algunos republicanos se han apuntado rápidamente a la propuesta con vistas a las elecciones de mitad de mandato de noviembre. El senador republicano Josh Hawley anunció que presentará legislación para suspender el impuesto, y la representante Anna Paulina Luna, de Florida, dijo que hará lo mismo en la Cámara esta semana. Pero el entusiasmo legislativo choca con una aritmética incómoda: solo el 25% de los estadounidenses aprueba la gestión económica de Trump, mientras el 69% la desaprueba, según una encuesta reciente de The Economist y YouGov. Eliminar 18 centavos del galón cuando el precio ya supera los cuatro dólares y medio difícilmente cambiará esa percepción.
El telón de fondo es el Estrecho de Ormuz. Irán ha paralizado efectivamente ese corredor marítimo, por donde transita normalmente una quinta parte del petróleo mundial, desde el inicio de los bombardeos conjuntos con Israel. Trump calificó este lunes la última propuesta de paz iraní de «basura» e indicó que el alto al fuego está «en respiración asistida.» Mientras la guerra siga abierta, ningún recorte fiscal cambiará la causa real del problema en los surtidores.
El gobierno anunció en paralelo la liberación de más de 53 millones de barriles de la Reserva Estratégica de Petróleo como parte de un esfuerzo coordinado con más de 30 países para añadir 172 millones de barriles al mercado internacional. Es una medida de mayor calado que la suspensión del impuesto, pero tampoco resuelve el nudo de fondo: el Estrecho de Ormuz sigue cerrado, y el verano de conducciones largas ya está a la vuelta de la esquina.




















