El nombre Castro, combustible y miseria: un déjà vu cíclico de 67 años en Cuba

Havana
lluvia moderada
29.2 ° C
29.2 °
29.2 °
70 %
4.6kmh
75 %
Dom
29 °
Lun
30 °
Mar
30 °
Mié
31 °
Jue
32 °

Castro es un apellido que, a pesar de todo, sigue marcando la conversación en Cuba. Lo mismo «en Palacio» que en las redes sociales

Basado en la entrevista de Sandro Castro con CNN y en la llegada de un petrolero ruso en 2026, el texto examina las similitudes con el Período Especial y cuestiona si la política cubana puede romper este ciclo.

Hay apellidos que definen épocas. En Cuba, Castro es sinónimo de poder, ideología y, en las últimas décadas, crisis. La reciente entrevista de Sandro Castro con CNN reavivó ese eco. En plena crisis energética y económica, el nieto de Fidel dijo que “la mayoría de los cubanos quieren ser capitalistas, no comunistas” y que cree en la apertura económica.

El nieto preferido de Fidel también criticó públicamente a Miguel Díaz‑Canel, aseguró que su apellido no le da privilegios y confesó que la Seguridad del Estado lo citó por sus videos y posts irónicos, pero salió con una advertencia. A diferencia de cientos de jóvenes que han sido encarcelados por menos, él pudo contar esa historia ante una cámara internacional. En redes y medios independientes, muchos compararon su caso con el de cubanos comunes que han sido detenidos por críticas menores al régimen, subrayando que la inmunidad del apellido que porta le permitió “tirarse con la guagua andando”.

tal vez quieras leer: Sandro Castro se tira con la guagua andando en entrevista con la CNN

De la revolución al “período especial”: ciclos de escasez

La historia que hace 67 años inició con el derrocamiento de Fulgencio Batista se sostiene sobre dos constantes: dependencia de combustible importado y un discurso de igualdad que no se cumple. Tras 1959, Fidel Castro instauró un modelo de planificación centralizada y nacionalización total. Esa economía se sostuvo gracias a subsidios de la Unión Soviética, incluida la entrega de petróleo a precios preferenciales. Con ese combustible se montó un entramado de termoeléctricas soviéticas que aún hoy constituyen la columna vertebral del sistema eléctrico.

El derrumbe de la URSS en 1991 dejó a Cuba sin su principal proveedor. Según la revista Time, tras la desaparición soviética el producto interno cubano se desplomó en torno a 35 % y los apagones se volvieron habituales; la comida comenzó a racionarse y el gobierno introdujo reformas limitadas. Fue el llamado período especial, en el que se produjeron largas esperas para conseguir transporte, cortes de electricidad de hasta 16 horas y pérdidas de peso generalizadas. La miseria y el hambre fueron tan profundas que el propio Fidel se vio obligado a permitir pequeños mercados privados y parcelas familiares, pero mantuvo el control político. La falta de energía obligó a relocalizar la agricultura y a reducir drásticamente el uso de combustibles fósiles. Aquel ciclo de penuria surgió de la misma causa que hoy: la dependencia de un proveedor externo que, al caer, dejó sin gasolina ni electricidad a un país de once millones de habitantes.

El salvavidas venezolano y el espejismo de la abundancia

La crisis de los noventa se amortiguó a finales de esa década cuando Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela. La alianza personal entre Fidel y Chávez, que se autodenominaban “una sola nación, Venecuba”, permitió a La Habana recibir petróleo subsidiado a cambio de médicos y asesores. Entre finales de 2024 y 2025 Venezuela suministraba a Cuba unos 70 000 barriles de crudo al día y productos refinados por un valor de 1 300 millones de dólares. El arreglo le dio un respiro a la isla, pero no eliminó su vulnerabilidad estructural: seguir dependiendo de un solo aliado para su matriz energética.

El desgaste de la relación Chávez–Raúl y las sucesivas crisis internas en Venezuela redujeron ese flujo. En marzo de 2026 la situación se agravó cuando Estados Unidos encabezó una operación militar para capturar a Nicolás Maduro, provocando que Caracas dejara de enviar petróleo. El presidente estadounidense Donald Trump amenazó con sancionar a cualquier país que ayudara al gobierno cubano. La isla dejó de recibir petróleo por casi tres meses, lo que disparó apagones diarios, paralizó el transporte público y obligó a racionar la gasolina de forma drástica. La crisis eléctrica se tradujo en mayores riesgos de mortalidad en hospitales y en un aumento del malestar social. Las comparaciones con el “período especial” volvieron a aparecer, demostrando que el ciclo de dependencia y penuria seguía activo.

La geopolítica de 2026: tanque ruso, concesión estadounidense

El panorama dio un giro inesperado hace unas horas cuando un petrolero ruso, el Anatoly Kolodkin, atracó en la bahía de Matanzas con 730 000 barriles de crudo. Estados Unidos permitió la entrada de la nave sancionada para atender “necesidades humanitarias”. La Casa Blanca subrayó que no se trataba de un cambio de política y que estas decisiones se evaluarían caso por caso.

Según Al Jazeera, el envío ruso es suficiente para cubrir nueve o diez días de consumo de diesel en la isla. El ministro cubano de Energía, Vicente de la O Levy, agradeció a Moscú y reconoció la “situación energética compleja”. Cuba no recibía un buque petrolero desde enero y esta entrega, aunque breve, representó un alivio simbólico y práctico. La misma cadena recordó que el sistema eléctrico cubano se sostiene sobre plantas obsoletas de la era soviética y que el país produce apenas el 40 % de la energía que consume.

En Washington, la portavoz de la Casa Blanca insistió en que Estados Unidos seguía reservándose el derecho a confiscar barcos que violaran sus sanciones. Aun así, el presidente Trump reconoció que permitir el barco ruso era un gesto de “humanidad” y dijo no tener problemas con que “un país quiera enviar algo de petróleo a Cuba”.

Esa aparente flexibilidad contrasta con la campaña de “máxima presión” que el mismo gobierno desplegó durante los últimos años, impulsando cambios de régimen en Venezuela e Irán y prometiendo hacer lo mismo con Cuba. La excepción humanitaria evidenció una paradoja: quien dice buscar el colapso del régimen cubano no quiere cargar con el costo humanitario de una crisis eléctrica total tan cerca de las costas de Florida.

La aparición del nieto: un síntoma, no una solución

En ese contexto de apagones y escasez, Sandro Castro abrió las puertas de su apartamento a CNN y dijo frases que habrían sido inimaginables en boca de un familiar directo de Fidel hace apenas unos años. Además de afirmar que los cubanos desean capitalismo y criticar la gestión de Díaz‑Canel, el influencer reconoció su interés en poner bares de cerveza y nightclubs. Negó privilegios pero admitió que la Seguridad del Estado lo citó y lo dejó ir con una simple advertencia. Sus detractores le recuerdan que puede bromear con “cristachhh” y con Donald Trump mientras otros jóvenes cumplen largas penas por publicar memes o convocar a manifestaciones.

El eco que tuvieron sus palabras revela varias capas: por un lado, muestran fisuras dentro de la élite o al menos la confianza de sus descendientes para criticar públicamente al presidente. Por otro, funcionan como una válvula de escape controlada: si alguien con apellido Castro dice lo que millones piensan, se canaliza el descontento sin que cambie la estructura de poder.

Finalmente, su retórica capitalista no se traduce en una agenda concreta de reformas; es más bien una mezcla de emprendimiento personal, sarcasmo y oportunismo. Que un Castro critique el comunismo no prueba el fin del ciclo; demuestra que las élites cubanas siguen ajustando su discurso para sobrevivir.

Miseria y combustible: el hilo que ata las décadas

Cuando uno repasa los ciclos desde 1959, encuentra un patrón claro: la economía cubana se define menos por las decisiones soberanas que por la disponibilidad de combustible externo. El petróleo soviético permitió la construcción de termoeléctricas que hoy son reliquias oxidadas. La pérdida de ese suministro en 1991 dejó al país en el “período especial”, con apagones, hambre y recortes de calorías. La generosidad venezolana de principios de siglo alivió temporalmente la crisis pero creó otra dependencia, y su fin dejó a la isla nuevamente a oscuras. Hoy, con Maduro capturado y la economía venezolana en ruinas, Rusia aparece como salvador ocasional. Y siempre, de fondo, la presión económica de Estados Unidos, ya sea mediante bloqueos o “excepciones humanitarias”.

En medio de esas oscilaciones, el apellido Castro ha garantizado continuidad política y un discurso nacionalista que culpa a Washington de todos los males mientras invisibiliza la ineficacia interna. Los hospitales colapsan por falta de electricidad, los agricultores no pueden cosechar por falta de combustible y los supermercados venden poco más que harina y azúcar. La población se acostumbra a recortar horas de sueño para cargar móviles o cocinar. Cuando llega un buque de petróleo, se celebra como si fuera el regreso del Mesías, a sabiendas de que durará solo unos días. La sensación de déjà vu es abrumadora: cada generación de cubanos ha vivido al menos un gran apagón nacional, una crisis alimentaria y una promesa de apertura que nunca se concreta.

El ciclo de miseria y combustible que ha marcado la historia reciente de Cuba no es una fatalidad geográfica, sino el resultado de decisiones políticas que priorizaron la fidelidad ideológica y el control sobre la diversificación económica y energética.

Mientras el apellido Castro siga siendo una marca de poder impune y los dirigentes en Cuba continúen apostando por aliados externos para sostener el sistema, la isla corre el riesgo de repetir su historia una y otra vez.

La llegada del buque ruso en marzo de 2026 a Cuba y las palabras de Sandro Castro no son eventos aislados; son capítulos de un guion que se repite. Para romper el déjà vu de 67 años hacen falta reformas estructurales y, sobre todo, voluntad política para reconocer que el modelo actual está agotado. Hasta entonces, los cubanos seguirán pendientes del próximo barco, de las redes sociales y de los chistes de un nieto privilegiado que, al fin y al cabo, son apenas distracciones en un país que necesita luz para salir de la oscuridad.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

¿Quieres reportar algo?

Envía tu información a: [email protected]

Lo más leído

Quizás te interese

Envíos a CUBA desde → $1.79 x LBENVÍA AQUÍ
+