La crisis energética en Cuba ha alcanzado un punto en el que ya no solo afecta la generación eléctrica o el transporte, sino también la distribución de ayuda básica. La escasez de combustible está limitando la capacidad de organizaciones humanitarias para entregar alimentos y suministros en distintas zonas del país, en lo que actores vinculados a la Iglesia Católica describen como una situación cercana al colapso.
Un reportaje de USA TODAY recoge testimonios directos sobre cómo esta crisis está impactando la logística humanitaria. El arzobispo de Miami, Thomas Wenski, quien ha coordinado envíos de ayuda a Cuba durante décadas, explicó que incluso cuando los suministros logran llegar a la isla, distribuirlos se ha vuelto extremadamente difícil. En uno de los casos recientes, un cargamento de pollo enviado desde el sur de Florida tuvo que ser repartido con medios improvisados, ante la falta de combustible para transporte regular.
Según Wenski, la situación es tan limitada que lo que su comunidad logra enviar resulta “muy poco” frente a las necesidades reales. La dificultad no está solo en reunir la ayuda, sino en moverla una vez dentro del país. Organizaciones como Caritas Cuba, vinculadas a la Iglesia, se ven obligadas a recurrir a soluciones rudimentarias para completar su trabajo, en un contexto donde el transporte depende cada vez más de alternativas no motorizadas.
Ese escenario ha llevado a algunos actores a utilizar términos más contundentes. El propio Wenski señaló que, según los testimonios que recibe desde la isla, Cuba se acerca a una especie de “hora cero”, una expresión que apunta a un posible colapso humanitario si las condiciones actuales se mantienen.
El origen inmediato de esta situación está en la falta de combustible, pero el texto sitúa ese problema dentro de un contexto político más amplio. La administración de Donald Trump ha intensificado las sanciones económicas contra Cuba, incluyendo restricciones a los envíos de petróleo. Estas medidas forman parte de una estrategia orientada a presionar al gobierno cubano para provocar cambios políticos, pero en la práctica han profundizado las limitaciones del país para sostener su sistema energético.
Las sanciones no solo afectan el suministro directo de combustible, sino también a terceros países. Washington ha advertido sobre posibles represalias contra naciones que continúen enviando petróleo a Cuba, lo que reduce aún más las opciones del gobierno cubano para cubrir sus necesidades energéticas. El resultado es una escasez que se traduce en apagones prolongados, transporte reducido y, ahora, dificultades para distribuir ayuda básica.
En paralelo, el artículo describe un clima de tensión política sostenida entre La Habana y Washington. Aunque ambas partes han reconocido contactos iniciales para explorar una posible salida a la crisis, no está claro hasta qué punto existe voluntad de compromiso. En una entrevista citada en el reportaje, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel afirmó que no renunciará bajo presión externa y pidió que cualquier diálogo se produzca sin condiciones previas.
Mientras tanto, el tono desde Estados Unidos se mantiene firme. Trump ha sugerido en declaraciones recientes que podría “tomar” Cuba “de alguna forma”, reforzando una retórica que añade incertidumbre al escenario diplomático.
En ese contexto, la Iglesia Católica vuelve a aparecer como un actor intermedio. El Vaticano, bajo el liderazgo del papa Leo XIV, ha abogado por un diálogo “sincero y efectivo” entre ambas partes, con el objetivo de evitar un agravamiento de la situación. Históricamente, la Iglesia ha desempeñado un papel relevante en momentos de distensión, como ocurrió durante el restablecimiento de relaciones diplomáticas en 2015.
El reportaje también apunta a un deterioro creciente dentro de Cuba. La crisis económica, agravada por la escasez de combustible, ha incrementado la presión social. Se mencionan aumentos en las detenciones de opositores y temores a nuevas protestas similares a las registradas en 2021, cuando miles de personas salieron a las calles en varias ciudades del país.
A nivel cotidiano, los efectos ya son visibles. Personas que acuden a comedores sociales llevan recipientes para transportar alimentos a sus hogares, reflejando tanto la escasez como la necesidad de maximizar cada recurso disponible. En situaciones anteriores, como tras el paso de huracanes, la distribución de ayuda ha dependido incluso de carretas tiradas por animales, una imagen que ilustra el nivel de deterioro logístico.
La crisis energética en Cuba, por tanto, ha dejado de ser un problema técnico limitado al sistema eléctrico. Se ha convertido en un factor que condiciona el funcionamiento general del país, desde el transporte hasta la asistencia humanitaria. Y en ese escenario, la falta de combustible no solo apaga luces en las casas y en las calles, sino que también limita la capacidad de respuesta ante necesidades básicas.




















