La noche del 13 de mayo de 2026, mientras el ministro de Energía comparecía en la televisión estatal para explicar por enésima vez por qué el sistema eléctrico cubano estaba al borde del colapso, los cubanos de varios municipios de La Habana tomaron las calles. No esperaron el análisis oficial. Llevaban semanas —meses— esperando luz, y la luz no llegaba.
Los primeros reportes de manifestaciones llegaron desde Marianao. Después desde San Miguel del Padrón. Luego desde Luyanó, Boyeros, Playa, Guanabacoa, Regla, Habana del Este, Vedado y Santos Suárez, entre otros.
En varias esquinas aparecieron fogatas improvisadas y barricadas. Los vecinos golpeaban cazuelas, gritaban desde los balcones, bloqueaban calles. Las consignas que se escuchaban eran directas: «¡Corriente y comida!», «¡No se aguanta más!», «¡Abajo la dictadura!».
Según reportaron, la presencia de patrullas policiales y agentes de la Seguridad del Estado se hizo visible en las zonas donde ocurrieron las protestas.
El Estado, al menos en La Habana, respondió con su medida preferida —aparte de reprimir— cortando la internet.
No fue una noche aislada. Fue la noche más intensa de una oleada que lleva semanas creciendo. El Observatorio Cubano de Conflictos registró 1,133 protestas en todo el país durante abril de 2026, un 29,5% más que en el mismo mes del año anterior. Desde el 6 de marzo, según seguimiento de medios independientes, al menos 14 personas habían sido arrestadas en La Habana en el contexto de las movilizaciones por los apagones.
Lo que detonó las protestas del 13 de mayo fue la acumulación. Los apagones en la capital habían superado las 20 horas diarias durante varios días consecutivos. En algunos circuitos, la electricidad llegaba en ventanas de dos horas, a veces menos. Sin luz no hay agua, porque las bombas no funcionan. Sin agua no hay higiene ni cocina. Sin refrigeración se pierden los alimentos en un país donde conseguirlos ya es una odisea. El umbral de tolerancia, que los cubanos han demostrado históricamente ser muy alto, llegó a su límite.
La ironía del momento no pasó desapercibida para nadie. Mientras el ministro Vicente de la O Levy explicaba en cadena nacional que la situación era «extremadamente tensa» y que los meses de julio y agosto serían aún peores, los cubanos de Marianao y San Miguel del Padrón estaban en la calle con cazuelas y fogatas. Un comentario en redes sociales lo resumió con precisión: «Salió el ministro a hablar ayer, y se cae el sistema en oriente.»
Esa frase no es solo un comentario irónico. Es el retrato de una brecha que el régimen cubano ya no puede cerrar con palabras. Durante décadas, el gobierno cubano administró la escasez con discurso. Con la narrativa del bloqueo, con la promesa de la resistencia, con el argumento de que la culpa siempre viene de afuera. Esa narrativa sigue funcionando para algunos. Para los que están en la calle golpeando cazuelas en la madrugada, ya no.
Telemundo 51 documentó que vecinos de Marianao, San Miguel del Padrón y Luyanó protagonizaron los episodios más intensos de la noche. En varios puntos se levantaron barricadas.
Las protestas en San Miguel, por ejemplo, comenzaron a plena luz del día.
Residentes bloquearon vías públicas. El tono no era de petición sino de exigencia. Numerosos internautas, activistas e influencers, reportaron escenas de vecinos gritando desde balcones en varios municipios de la capital, con el sonido de las cazuelas como fondo constante.
El contexto político añade una capa adicional de tensión. El gobierno de Donald Trump ofreció el 13 de mayo distribuir 100 millones de dólares en ayuda humanitaria directa al pueblo cubano a través de la iglesia. El régimen lo rechazó.
Marco Rubio, secretario de Estado de origen cubano, lo describió desde China, donde acompañaba a Trump en una visita de Estado: «Este es un país donde la gente literalmente come basura de las calles, pero esta empresa —GAESA— tiene 16 mil millones de dólares.»
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La respuesta oficial cubana fue la habitual: condena al bloqueo, denuncia de la agresión imperialista, llamado a la resistencia; pero esas palabras no encienden las luces ni mantienen girando los ventiladores.
Díaz-Canel publicó ese mismo miércoles un mensaje en redes sociales en el que atribuía la crisis íntegramente a las sanciones estadounidenses y se declaraba «dispuesto siempre al diálogo en igualdad de condiciones.» Fue un mensaje dirigido hacia afuera, hacia Washington, hacia la comunidad internacional. No hacia los cubanos que esa noche estaban en la calle en Marianao con cazuelas y sin luz desde hace veinte horas.
Las protestas del 13 de mayo no son las primeras de 2026 ni serán las últimas. Son parte de una secuencia que comenzó con los cacerolazos del 6 de febrero en Arroyo Naranjo y que ha ido escalando en intensidad y extensión geográfica a medida que la crisis energética se profundiza. La diferencia entre estas protestas y las del 11 de julio de 2021 —que sacudieron al régimen y al mundo— es hasta ahora una sola: la ausencia de una chispa que las unifique y les dé dirección nacional simultánea. Esa chispa no ha llegado todavía. Pero el combustible lleva meses acumulándose.
Lo que el régimen enfrenta hoy no es solo una crisis eléctrica ni solo una crisis económica. Es una crisis de legitimidad construida sobre décadas de promesas incumplidas, infraestructura abandonada y una población que aprendió a sobrevivir con poco pero que ahora no tiene ni eso. Las cazuelas que sonaron en La Habana la noche del 13 de mayo no piden reforma. Piden luz. Piden comida. Piden que pare.
Fuentes: Unión Eléctrica UNE (Facebook, 13 de mayo de 2026), Mario J. Pentón (Facebook, 14 de mayo de 2026), Telemundo 51 (13 de mayo de 2026), Cuba en Miami (14 de mayo de 2026), Diario Las Américas (13 de mayo de 2026), Observatorio Cubano de Conflictos, Periódico Cubano (13 de mayo de 2026).




















