Cuba se muere entre una epidemia y otra, pero la Viceministra de Salud habla de «enseñanzas»

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La viceministra de Salud de Cuba habla de «enseñanzas del Covid» ante el hantavirus. Pero el Covid dejó 55.000 muertes sin explicar, fosas comunes y cadáveres confundidos. El sistema sigue igual y ya no engañan a nadie con sus mentiras y manipulaciones

El 13 de mayo de 2026, en el Palacio de las Convenciones de La Habana,la viceministra de Salud Pública, Dra. Carilda Peña García, compareció ante la prensa para hablar del hantavirus. El mundo estaba siguiendo un brote en un crucero zarpado desde Ushuaia el 1 de abril con 147 personas a bordo procedentes de 23 países. Para el 8 de mayo, la OMS había confirmado ocho casos del virus Andes —seis confirmados, dos sospechosos— y tres fallecidos. Las alarmas sanitarias internacionales estaban encendidas.

La doctora Peña García habló con el tono sereno y didáctico que el régimen reserva para estas ocasiones. Habló de vigilancia epidemiológica en fronteras, de inspección a buques y aeronaves, de roedores y de protocolos bien determinados. Y en un momento de su intervención, recogida por el diario oficial Juventud Rebelde, soltó la frase que resume con precisión brutal el estado del sistema de salud cubano en 2026: «Nosotros tenemos en el país las enseñanzas de la Covid.»

Las enseñanzas de la Covid… Conviene detenerse ahí.

Durante la pandemia de Covid-19, Cuba registró 167.645 muertes en 2021, frente a 112.441 en 2020, un aumento de 55.000 fallecidos en un solo año, según datos de la propia Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI). El MINSAP informó oficialmente 8.177 muertos por Covid-19 ese año. La diferencia entre ambas cifras —más de 46.000 personas— nunca fue explicada. Las autoridades sanitarias, según documentó el investigador José Gabriel Barrenechea en la revista Foro Cubano de Divulgación, hicieron todo lo posible para que se extendiera la menor cantidad de certificaciones de defunción por Covid-19. Los cementerios crecieron de urgencia en múltiples localidades. Los hospitales colapsaron. Y el propio Díaz-Canel tuvo que reconocer, el 12 de agosto de 2021, que la pandemia «sobrepasó las capacidades del sistema cubano de salud.» Esas son las enseñanzas.

Pero el Covid no es la crisis más reciente. Lo es la epidemia de dengue y chikungunya que azotó la isla a partir de julio de 2025 y que el gobierno tardó meses en reconocer oficialmente. Cuando lo hizo, en noviembre, los casos se contaban por millones. El MINSAP informó 50.101 casos de chikungunya entre julio y diciembre de 2025. La OPS registró para todo 2025 un total de 81.909 infectados y 65 muertos, más de la mitad menores de edad. El Observatorio Cubano de Auditoría Ciudadana (OCAC), en un informe publicado en diciembre de 2025 y citado por Diario de Cuba e Infobae, estimó que el número real de fallecidos era 185 veces mayor que la cifra oficial, con un mínimo de 8.700 muertos y más de tres millones de contagios. Médicos consultados para ese informe describieron una práctica sistemática: omitir las infecciones virales como causas de muerte en los certificados de defunción para reducir el costo político del desastre.

La causa estructural de esa epidemia no es un misterio. Solo el 68% de los residuos sólidos se recogía diariamente en La Habana en ese período, según el propio OCAC. El resto permanecía en la vía pública, acumulándose en solares, esquinas y portales, generando los focos perfectos para la proliferación del mosquito Aedes aegypti. Sin agua corriente —los apagones de 20 horas diarias paralizan las bombas—, sin fumigación suficiente por falta de equipos y combustible, y con un sistema hospitalario sin medicamentos básicos, la isla era terreno fértil. El MINSAP reportó en enero de 2026 que más del 64% de los medicamentos que debía suministrar la industria farmacéutica estatal se encontraban en falta. Desde entonces, no ha publicado actualizaciones.

El Hospital Provincial Dr. Gustavo Aldereguía Lima de Cienfuegos es un retrato en pequeño de ese colapso general. Cuballama documentó en octubre de 2025 que en ese centro no había ambulancias disponibles, que apenas tres carros fúnebres funcionaban en toda la provincia y que los entierros se realizaban con demoras de días. El mismo hospital ya tenía un historial que ningún comunicado oficial ha podido borrar: en 2021, durante el pico de la pandemia, el locutor y periodista cienfueguero Osvaldo Aguilera llegó enfermo a ese centro, fue colocado «temporalmente» en un pasillo y allí lo olvidaron. Lo encontraron muerto tres días después. No estaba registrado en los récords del hospital. Por eso no lo encontraban, según relataron fuentes locales a Cuballama. En abril de 2026, un cortocircuito en el sótano del mismo hospital provocó un incendio que obligó a evacuar pacientes de áreas críticas. El sistema eléctrico del hospital, como el del país, opera al límite.

El caos no se detiene en los vivos. En el 2021, en pleno pico pandémico, una familia de San Antonio de los Baños, Artemisa, lloró y enterró a un cadáver equivocadom, lo cual sin dudas es otra de las «enseñanzas» que nos dejó la COVID-19, a juzgar por lo dicho por la Dra. con nombre de poetisa.

Sucedió en agosto, según la denuncia hecha por Mildre Insua en su perfil de Facebook cuando relató que el personal sanitario le entregó un cuerpo que no era el de su abuela.

«Me entregaron un cadáver que no era mi abuela. La lloramos y le dedicamos toda la familia el descanso en paz, y resulta que al llegar a casa nos llega la verdadera familia del ser que enterramos, y mi abuela, que pensamos que estaba allí, aún permanecía en la morgue», dijo.

Hubo que desenterrar el cadáver —que en realidad era el de un hombre llamado Roberto Lázaro Rodríguez— y «enterrar a la abuela» María Magdalena Almira por segunda vez. Dos familias devastadas por la misma negligencia.

No fue la única familia a la que le sucedió esto. Ese mismo mes, pero en los días finales, otra cubana denunció que el Hospital Nacional de La Habana le entregó el cadáver de un desconocido en lugar del de su padre. Ambas confusiones — perdón, enseñanzas — se debieron a que los muertos por Covid eran entregados en ataúdes cerrados, lo que impedía cualquier verificación.

Lo que describe Insua no es la excepción sino el patrón de un sistema desbordado que ocultaba su propio colapso.

Ese mismo verano, en Santiago de Cuba, Roberto Alejandro Ibarra Ruiz publicó en Facebook un video en el que mostraba el enterramiento de su abuela en el cementerio de Juan González junto a otro cuerpo.

«Yo vi en el noticiero que estaban diciendo que en Cuba no había enterramientos en fosas comunes. Eso me indignó, porque el día 24 habíamos enterrado a mi abuela en una fosa común en Santiago de Cuba, donde están poniendo a todo el mundo mezclado», declaró.

El vocero oficialista Humberto López había asegurado días antes en el Noticiero de la televisión estatal que las imágenes de fosas comunes que circulaban en redes «no eran de Cuba». Granma tuvo que reconocer después la autenticidad del video. El director provincial de Servicios Comunales de Santiago, por su parte, negó expresamente el extravío de cadáveres, lo cual equivalía a confirmar que el rumor existía y que llegaba desde dentro, según documentó Diario de Cuba en un recorrido por la ciudad.

Imágenes tomadas por eso días en Cienfuegos, llegaron a mostrar a trabajadores de la funeraria trasladando cadáveres de madrugada y devolviendo los ataúdes vacíos al hospital. En Villa Clara, una familia consiguió un ataúd en el mercado negro a las dos de la mañana y transportó el cuerpo de su abuelo por sus propios medios porque no había carros fúnebres.

Esas son las enseñanzas de la Covid que la viceministra Peña García tiene en mente que no solo impactan en el «mercado nacional». En esta historia de «aprendizajes», hasta los extranjeros han cogido lo suyo, como sucedió en abril de 2024, cuando el gobierno cubano tuvo que pedir disculpas formales a Canadá después de que la familia del ciudadano canadiense Faraj Allah Jarjour, fallecido en Varadero, descubriera al recibir el ataúd repatriado que el cuerpo que llegó no era el de su pariente. Según la cadena pública CBC, el cuerpo enviado era el de un ciudadano ruso. La cancillería cubana abrió una investigación y el paradero del cuerpo de Jarjour seguía sin determinarse semanas después, aunque presumiblemente había sido enviado a Rusia.

Sin dudas, todo este contexto de «aprendizaje» es lo que hizo hablar el 13 de mayo a la viceministra Peña García, cuando abordó el tema de las condiciones «creadas» para enfrentar el hantavirus. Dijo que Cuba tiene «un sólido sistema de vigilancia epidemiológica.» Que las condiciones para atender enfermedades respiratorias agudas «las tenemos creadas.» Que los científicos cubanos podrán «ir dando pasos para buscar soluciones.» El lenguaje es el de siempre: firme, técnico, optimista en la medida exacta en que la situación no lo justifica, pero los hechos anteriormente expuestos la desmienten categóricamente y el pueblo cubano lo sabe.

Por eso, es que se encuentran comentarios en la publicación oficial de Juventud Rebelde sobre esa comparecencia, en el que un ciudadano identificado como Beko escribió lo único que hacía falta decir: «Sobre todo la prevención, evitar las aglomeraciones. ¿Y la basura acumulada, la higienización, la recolección de desechos sólidos? A esa tarea hay que darle prioridad más temprano que tarde.»

La basura sigue ahí. El mosquito también. Y el hantavirus si llega, se va a poner las botas.

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