Granma anuncia que Cuba está “más segura” frente a dengue y chikungunya. Un alivio que costó miles de muertes

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No hay dudas que, una vez más, el Granma nos vende humo y nos lo disfraza con neblina

Granma ha afirmado hoy, con bombos y platillos, que el país entró en “zona de seguridad” por la caída de síndromes febriles y de arbovirosis. Dijo que “el canal endémico del síndrome febril” se mueve en una “zona de seguridad” y que, en la tercera semana del año, los casos bajaron 29,3% respecto a la semana anterior, con tres semanas consecutivas de declive en confirmados y sospechosos de dengue y chikungunya.

Lo dijo una viceministra, se reforzó con modelos matemáticos y se remató con el recordatorio de siempre: no bajar la percepción de riesgo y sostener el control “autofocal” y los tratamientos adulticidas. Y no. El problema no es alegrarse por una tendencia: es venderla como estabilidad, sin hablar de lo que impide medir, prevenir y tratar con normalidad en la Cuba real.

Y por supuesto sin hablar de por qué se llegó ahí y cómo.

Hasta ahí, el texto se comporta como el parte que el país necesita oír para no caer en pánico, y eso sería razonable si el periodismo oficial no tuviera la costumbre de usar cualquier curva a la baja como prueba de que el sistema “funciona” incluso cuando lo que funciona es la manera de contar. Porque la primera pregunta que el artículo esquiva no es técnica, es social: qué significa “zona de seguridad” en un país donde la seguridad cotidiana depende de cosas básicas que hoy no están garantizadas de forma sostenida, desde agua para limpiar un depósito hasta electricidad para conservar un suero, desde combustible para una pesquisa hasta un simple insecticida disponible sin inventos.

Granma sí menciona algo clave, pero lo usa como sello de autoridad, no como transparencia: las cifras “caen” y los modelos “confirman”, sobre todo en Occidente y Centro, con Oriente bajando menos.

Sin embargo, en el mismo país donde la gente aprende a administrar la vida por horas de corriente, el dato duro sin contexto termina sonando a consigna estadística. ¿Cuántos febriles se quedan en casa porque saben que ir al policlínico es perder el día para que te manden “dipirona si aparece” y reposo? ¿Cuántos sospechosos se confunden en el saco de “virosis”, “alergia”, “algo que está dando”, porque el sistema de diagnóstico no llega a donde tiene que llegar o llega tarde? La caída puede ser real, pero también puede ser una fotografía con sombras: la foto no miente, pero tampoco enseña lo que quedó fuera del encuadre.

O peor aún: ¿qué pudo haberse hecho que no se hizo antes? Y esta otra: ¿Por qué no dicen que esa estabilidad costó miles de muertes y se ha logrado en buena medida por la llamada inmunidad de rebaño? Eso tiene respuesta: manipulación informativa.

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El artículo añade una promesa tranquilizadora: que los recursos para la campaña antivectorial del primer semestre “están garantizados” y que se “gestionan” insumos para el segundo semestre. En Cuba, esa fórmula (“garantizado”/“gestionando”) ya no es un dato, es un género literario. No describe disponibilidad, describe intención. Y la intención, en un país donde la prevención depende de logística y la logística depende de energía, transporte y combustible, no sirve como sustituto de resultados medibles en barrio, cuadra y solar.

Lo más revelador del texto aparece cuando Granma cambia de tema sin cambiar de tono: de mosquitos a biosimilares, de dengue a BioCubaFarma, de “no descuidarnos” a “boom internacional”.

Ahí el artículo explica qué es un biosimilar y enumera productos que ya se elaboran en Cuba, además de afirmar una estrategia 2025–2035 con 19 biosimilares y genéricos, con objetivos dobles: facilitar entrada de productos nuevos al Sistema Nacional de Salud y ampliar el portafolio exportable.

Ese doble objetivo es la confesión involuntaria: la salud pública aparece como argumento, pero la exportación aparece como motor. Y en el país del “sacrificio”, el riesgo es que la “zona de seguridad” sea, otra vez, un titular para administrar ánimo mientras el sistema se acostumbra a convivir con la excepción como norma: menos casos, sí, pero una población obligada a prevenir con lo que no tiene y a enfermar donde el Estado insiste en narrar control.

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